Hong Kong, China y el confucionismo

Las intensas protestas que están teniendo lugar en Hong Kong desde el pasado 9 de junio han resucitado, una vez más, el debate sobre la relación entre modernización y democratización. El descontento ciudadano en la antigua colonia británica se está interpretando como una evidencia de los límites de la estrategia del Partido Comunista de China para mantener su monopolio político sobre la base de un rápido y sostenido desarrollo socioeconómico. Esta visión del malestar en Hong Kong yerra el tiro, pues siendo innegables las ansias democratizadoras de parte de la población hongkonesa, las protestas sólo adquieren un carácter mayoritario cuando adoptan una orientación defensiva, centrándose en mantener la autonomía de Hong Kong y las libertades civiles a las que está habituada su población.

Desde que Lipset apuntara en 1959 que el desarrollo económico favorece la democratización de los países, esta idea ha generado un inabarcable torrente de literatura que ha llevado a gran parte de la opinión pública occidental a pensar que un país no puede alcanzar un altísimo nivel de desarrollo socioeconómico sin democracia y que las sociedades más desarrolladas se gobiernan democráticamente. Si acudimos al Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas entre los primeros 30 países y territorios analizados, sólo hay dos que no son democracias: Hong Kong, puesto 7, y Singapur, puesto 9. El siguiente país no democrático con un Índice de Desarrollo Humano más alto es Emiratos Árabes Unidos, en el puesto 35.

Desde esta perspectiva, protestas como las de Hong Kong son interpretadas como una manifestación de esa supuesta ley inevitable de las sociedades desarrolladas por establecer instituciones democráticas.

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El movimiento de los paraguas de 2014 encajaba perfectamente en esa narrativa. Dichas protestas que alcanzaron un gran eco mediático internacional, fueron detonadas por una reforma de la ley electoral que, de facto, dejaba en manos del Gobierno central la selección de los candidatos a la Jefatura Ejecutiva, que es la máxima autoridad de Hong Kong.

Sin embargo, este movimiento sólo consiguió arrastrar a la población más joven. Según una encuesta de la Universidad China de Hong Kong, el 68% de los hongkoneses de entre 15 y 24 años apoyaba el movimiento, porcentaje que caía al 37%, 28%, y 22%, respetivamente, entre las cohortes de edad entre 25 y 39 años, 40 y 59, y de 60 años en adelante.

Es más, la inmensa mayoría de los hongkoneses deseaba el fin de este movimiento y posteriormente se ha vivido una cierta apatía entre el pro-democrático. Valga de ejemplo que, según sus propias estimaciones, apenas se concentraron 60.000 personas en la marcha que convocaron el 1 de julio de 2017 con motivo del 20º aniversario de la retrocesión de Hong Kong bajo soberanía china.

Por el contrario, las protestas que se han sucedido en Hong Kong desde el pasado 9 de junio han movilizado a sectores mucho más amplios de población que los jóvenes estudiantes y los trabajadores de cuello blanco, que tradicionalmente protagonizan las protestas pro-democráticas. Para muchos de los cientos de miles de manifestantes que han tomado las calles de Hong Kong en estas semanas, no se trata de luchar por una democracia que no conocen, sino de defender unas libertades civiles, un imperio de la ley y una autonomía que ven en peligro por los deseos del Gobierno central chino de acelerar la integración de Hong Kong con el resto de China.

La Ley Básica de Hong Kong, el equivalente a su Constitución, marca 2047 como el año para la plena integración de Hong Kong dentro de la República Popular China. Hasta entonces, el principio de un país, dos sistemas garantiza un alto grado de autonomía para Hong Kong en todas las áreas, salvo defensa y asuntos exteriores. Los más optimistas pensaban que, para entonces, esta integración no sería traumática, pues en toda China se disfrutaría de un nivel de libertades similar al hongkonés. Sin embargo, cada vez son más los hongkoneses que consideran que se está acelerando la convergencia con China continental, pero no en un marco de mayores libertades para el resto de China, sino de deterioro de las libertades en la excolonia británica. Sucesivas ediciones del informe Freedom in the World de Freedom House parecen corroborar esta interpretación, habiendo menguado en cuatro puntos la calificación de Hong Kong entre 2016 y 2019.

Desde esta óptica, iniciativas que aparentemente pueden tener otras motivaciones y efectos positivos para Hong Kong, como el plan de desarrollo para la gran área de la bahía de Guagdong-Hong Kong-Macao o la controvertida ley de extradición, son recibidas con enorme recelo por los hongkoneses. De hecho, muchos de los manifestantes ni siquiera han leído el proyecto de la ley de extradición contra el que teóricamente se han movilizado y tienen una concepción bastante distorsionada de su contenido. No les hace falta porque esta propuesta de ley no es la causa del descontento. Estas movilizaciones son un síntoma de la preocupación sobre el deterioro de las libertades civiles y el imperio de la ley en Hong Kong, y de la pérdida de autonomía de sus instituciones políticas. Esto es lo que inquieta a los hongkoneses y así lo manifiestan también cuando citan este factor como su tercera mayor motivación para emigrar.

¿Por qué no hay entonces un mayor clamor por la democracia en Hong Kong? Esta pregunta también podríamos hacerla para referirnos a Singapur o a Macao que son, respetivamente, sociedades con un nivel de desarrollo humano equivalente al de Suecia y Japón. ¿Es por la represión que ejercen las autoridades sobre dichos movimientos liberalizadores? Sin duda, este es un factor a tener en cuenta, pero no es el único. Un estudio publicado en mayo de este año por la Project Citizens Foundation, organización en absoluto sospechosa de simpatizar con las autoridades de Pekín, evidenciaba que los hongkoneses dan bastante menos valor a la democracia que a otros indicadores sociales como el imperio de la ley, el orden público y la falta de corrupción.

El muchas veces denostado concepto de cultura política puede ayudarnos a comprender que sean precisamente tres sociedades confucianas (Hong Kong, Singapur y Macao) las que compatibilizan altísimos niveles de desarrollo humano con la falta de sólidos movimientos pro-democráticos. Sin caer en el determinismo culturalista del choque de civilizaciones de Huntington, resulta innegable que hay elementos de la cultura política confuciana, como una visión benigna del poder y una concepción colectivista y jerárquica de la sociedad, que favorecen la consolidación de gobiernos autocráticos paternalistas. Las movilizaciones en Hong Kong no son, por tanto, el preludio de una inevitable democratización de Hong Kong o de China, sino la evidencia de la capacidad de resistencia del ser humano ante el temor a perder derechos de los que disfruta.M

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