Imamoglu, Erdogan y la (geo)política de las emociones

Hace 10 años, el intelectual francés Dominique Moïsi publicaba un libro de título más que sugerente: ‘La geopolítica de las emociones’. En él apuntaba que el miedo, la esperanza o la humillación estaban desigualmente distribuidos en el planeta. La ‘batalla de Estambul’, o lo que es lo mismo, la repetición de las elecciones locales en esa ciudad el 23 de junio, nos obliga a volver a prestar atención a las emociones, pues son un factor esencial para entender por qué se forzó la repetición electoral y por qué Ekrem Imamoglu ha emergido como ‘esperanza blanca’ de la oposición

Miedo. Fue el agudo sentimiento de vulnerabilidad lo que llevó a Erdogan y a sus asesores a apostar por la repetición electoral, tras el ajustado resultado del 31 de marzo que daba la Alcaldía a la oposición. Miedo a perder el poder en una ciudad que encumbró políticamente a Erdogan en 1994, que genera un tercio de la riqueza del país y donde se adjudican suculentos contratos públicos. Este sentimiento de vulnerabilidad no es nada nuevo. Se remonta a las protestas de Gezi de 2013, a la pérdida de la mayoría absoluta en las elecciones de 2015 –entonces también se repitieron las elecciones, pero la operación le salió bien al AKP –, al golpe de estado fallido de 2016 y a la pingüe y contestada victoria en el referéndum sobre el sistema presidencial en 2017. Puede parecer contra-intuitivo, pero justo cuando Erdogan acumula más poder, más teme perderlo y menos certezas tiene de poder preservarlo.

¿A quién teme Erdogan? En primer lugar, a sus propios ciudadanos, a que le den la espalda. También ve con temor la emergencia, por primera vez en mucho tiempo, de un líder opositor capaz de plantarle cara, unir a todos sus detractores y pescar en su propio caladero. Y le preocupan las divisiones que pueden surgir dentro de su propio partido. Hace meses, e incluso años, que surgen rumores de escisiones, nuevos partidos y retornos de viejas glorias agraviadas. El miedo no siempre es buen consejero, y en esta ocasión ha sido así. La repetición electoral era una operación de altísimo riesgo que sólo tenía sentido si el objetivo era hacerse con el control de la Alcaldía a toda costa. Hoy, Erdogan debe sentirse todavía más débil y más amenazado.

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Humillación. Así es como se sintieron muchos turcos al ver que no se aceptaba el veredicto de las urnas el 31 de marzo. Con la masiva participación en las elecciones, superior al 84%, ha quedado claro el enorme valor que los ciudadanos dan al derecho al voto. He aquí otra emoción: el orgullo. La decisión de repetir las elecciones en Estambul era la gota que colmaba el vaso. Sectores muy diversos de la sociedad han sentido que sus derechos estaban siendo pisoteados y que no se gobierna para ellos. Los casos de corrupción, las purgas y el tono paternalista de Erdogan han acabado pasándole factura.

Una de las claves de estas elecciones son los cambios de voto entre las dos convocatorias. Mientras que la diferencia de sufragios entre los dos candidatos no llegó a los 14.000 votos en marzo, tres meses más tarde se ha ampliado a 800.000. En parte, se debe a la movilización de los pocos que no habían acudido a las urnas y también al voto prestado de pequeños partidos que retiraron sus candidaturas. No obstante, hay algo más. Todo indica que una parte de quienes votaron por Yildirim, el antiguo primer ministro y candidato ‘erdoganista’, han decidido retirarle el apoyo. Es algo de lo que seguro que han tomado buena nota en la sede central del partido. Pero hay algo más. Si se producen transferencias entre bloques políticos quizás haya que revisar la idea de una sociedad turca polarizada, partida en dos mitades irreconciliables

Esperanza. Todo irá bien. Her şey çok güzel olacak. Éste ha sido uno de los lemas de la campaña de Imamoglu. Frente al miedo, la ira o a la frustración, el futuro alcalde de Estambul ha decido basar su campaña en la esperanza. En las elecciones de marzo, la oposición decidió cambiar de estrategia de movilización y adoptó una nueva campaña de comunicación política detallada en el ‘Libro del Amor Radical’. Imamoglu lo ha seguido a rajatabla. Ha optado por usar un tono pausado y conciliador. Ha aparecido como un político inclusivo, capaz de llegar a la vez a las bases más laicas de su partido, a votantes de clase trabajadora, a los kurdos que masivamente le han dado su voto e incluso entre sectores religiosos. 

La esperanza en Turquia es ahora mismo un bien escaso. Las perspectivas económicas no son buenas y podrían empeorar si continúan tensándose las relaciones con Estados Unidos o si aumenta la tensión en sus vecinos de Oriente Medio. La guerra en Siria tampoco ayuda, con la ofensiva del régimen contra la región de Idlib que está provocando nuevas llegadas de refugiados. Imamoglu o cualquier otro candidato habría podido optar por la estrategia opuesta: explotar la indignación y el malestar. Pero ha hecho algo distinto. Buscó el voto a favor de algo y no en contra de nadie. Ha ofrecido un relato nuevo y ha contagiado no sólo a los estambulíes y al resto de turcos, sino también a todos lo que habían perdido la fe en la democracia turca.

Turquía se está moviendo a ritmo de emociones. La combinación de miedo, humillación y esperanza explica el momento en el que estamos y va a continuar marcando los pasos a partir de ahora. Si el miedo de Erdogan es cada vez más visible, puede que algunos empiecen a abandonarlo. Pero atención, cuando alguien se siente herido y amenazado las respuestas pueden ser más violentas.

En cuanto a la oposición, es cierto que la humillación se ha tornado en esperanza. Pero ahora toca satisfacer expectativas y no se lo van a poner fácil. Muchos ven en Imamoglu el único capaz de plantar cara a Erdogan. Es inevitable especular si será su rival cuando haya elecciones presidenciales. Pero para eso falta mucho. Seguro que desde los sectores gubernamentales se opta por una política de desgaste, y vamos a tener la ocasión de ver si la esperanza y optimismo que Imamoglu ha contagiado a sus votantes le ayudan a resistir hasta que llegue ese momento.

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