¿’Impeachment’ a Trump?

El impeachment surgió en Inglaterra en el siglo XV para juzgar a altos cargos de la Corona: la Cámara de los Comunes impulsaba la acusación y la Cámara de los Lores juzgaba. En la actualidad, es más propio de sistemas presidenciales, como Estados Unidos o Brasil (recuerden la destitución de Dilma Rousseff) que parlamentarios, como Gran Bretaña o España.

En Estados Unidos, le compete a la Cámara de Representantes impulsar el proceso, que en la actualidad tiene mayoría (demócrata) suficiente. Pero el juicio político tendría lugar en el Senado, controlado por los republicanos (53 senadores sobre 100), donde, para acordar la destitución de Trump, sería necesario sumar a los votos demócratas (45) e independientes (dos) al menos un buen número de republicanos (20 como mínimo). Esta mayoría cualificada, incluidos correligionarios del presidente, dificulta extraordinariamente que prospere un impeachment: el juicio contra Clinton comenzó después de la renovación del Senado, donde el Partido Republicano contaba con 55 senadores; en la votación final, 51 de ellos apostaron por  la remoción por obstrucción a la Justicia y 45 por falso testimonio; ningún senador demócrata votó por la destitución.

Dos expertos como Neal Devins y Louis Fisher recuerdan en su libro ‘The Democratic Constitution’ que el proceso a Clinton fue instructivo por varias razones: en primer lugar, se constató que es un instrumento constitucional frente a menoscabos graves al sistema de gobierno, pero no es imprescindible la comisión de un delito; así, varios senadores declararon que consideraban a Clinton culpable de falso testimonio y obstrucción a la Justicia, pero que estas infracciones no justificaban su remoción. En segundo lugar, en estos procedimientos se utilizan argumentos que poco tienen que ver con lo que se está juzgando: varios senadores demócratas cuestionaron a Kenneth Starr, autor del informe que recomendó el enjuiciamiento de Clinton; en tercer lugar, aprobar resoluciones de censura no es una alternativa a la decisión propia de los casos de impeachment.

[Recibe diariamente los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

En esta línea, Cass Sunstein insiste en su libro Impeachment: A Citizen’s Guide que no hay que confundir los motivos para no reelegir a un presidente –el caso de uno que, de manera constante, adopte medidas erráticas que conduzcan a la agitación nacional e internacional– con los que justificarían su destitución: por ejemplo, que un presidente tenga “admiración y simpatía por una nación extranjera que desea hacer daño a los Estados Unidos. . . [y el presidente] revele información clasificada a los líderes de esa nación” o, “un presidente que mienta, constantemente y en ocasiones importantes, al pueblo estadounidense con respecto a todo tipo de problemas”.

Alan J. Lichtman, el historiador que anticipó en septiembre de 2016 la victoria electoral de Trump, pronosticó poco después de su toma de posesión que sería objeto de un impeachment. Según él, el precedente en el que hay que fijarse para entender lo que puede ocurrir ahora no estaría en el fallido proceso contra Clinton, sino en la renuncia de Richard Nixon, mentiroso compulsivo, ante la evidencia de que sería destituido. Pudiendo encontrarse similitudes entre Nixon y Trump no parece, de momento, que exista una mayoría en el Senado proclive a la destitución ni, mucho menos, indicios de una eventual renuncia del presidente.

Autoría

Deja un comentario

X

Uso de cookies

Esta página utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle información relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.. Puede cambiar la configuración u obtener más información aquí.