Indigestión petrolera en Venezuela y más allá

Uno de los hechos más aludidos estos días cuando se habla de Venezuela, y al que menos importancia se le da, es el de que el país cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (casi el 18% del total). El poder e influencia que ha otorgado y otorga y este recurso a los gobiernos venezolanos es inmenso. Al tratar la crisis de este país no se pueden obviar los intereses geopolíticos en juego por el control del oro negro –que involucran a superpotencias, multinacionales, bancos y militares–, así como la importancia ajedrecística de piezas como Citgo Petroleum Corporation, la filial estadounidense de Petróleos de Venezuela (PDVSA).

En 1960, el país caribeño fue uno de los cuatro países fundadores de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep). Esta organización, que aumenta y reduce la producción de petróleo y el número de sus miembros en virtud de vaivenes geopolíticos, controla más del 70% de las reservas probadas del mundo, y produce unos 39 millones de barriles al día (MBD). El poder geopolítico de la Opep está supeditado a los intereses de sus miembros y las cuotas de producción que éstos determinan de acuerdo con sus intereses.

Pocos países han hecho últimamente un uso político tan explícito de esta organización como Venezuela. El uso del petróleo como instrumento de política exterior (la petro-diplomacia) era uno de los ejes centrales de la de Hugo Chávez y Nicolás Maduro lo mantiene.

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La Opep cuenta con miembros dispares e incluso en conflicto abierto, como Irán o Arabia Saudí. Sin embargo, cualquier decisión que tome tiene un gran impacto en la industria, en los mercados y en los consumidores. Recientemente, se tomó una de gran calado geopolítico al incorporar –no formalmente– a Rusia como uno de sus pares a Rusia, creando lo que se conoce como Opep+.

Rusia es el segundo mayor productor de petróleo del mundo –casi 12 MBD, sólo por detrás de EE.UU.– y desarrolla una diplomacia energética en la que el petróleo tiene un papel central. Moscú y Venezuela han ido estableciendo una alianza estratégica, inicialmente forjada bajo la visión de Hugo Chávez de configurar un mundo multipolar en ámbitos como la defensa y la energía.

Sin embargo, el componente financiero ha cobrado gran importancia en los últimos años. El limitado acceso del Gobierno de Venezuela, y de la empresa estatal PDVSA, a los mercados financieros ha minimizado su capacidad para pagar las deudas adquiridas con diferentes acreedores. En consecuencia, el Gobierno de Maduro se ha visto obligado a usar Citgo como garantía de pago (collateral en inglés) ante los acreedores.

Venezuela exporta a día de hoy a Estados Unidos poco más de 500.000 barriles diarios, uno de los niveles más bajos de su historia. A pesar de ello, es el cuarto mayor proveedor de petróleo después de Canadá, Arabia Saudí y México. Este petróleo de tipo pesado y ultra-pesado se exporta a refinerías estadounidenses del Golfo de México y de la costa de Houston para ser refinado y convertido en gasolina diésel y en otros productos derivados. De entre todas las empresas que refinan el crudo en EE.UU., la más importante con gran diferencia es Citgo, que recibe casi 200.000 barriles diarios.

La Corporación Petrolera Citgo, creada en 1910, fue adquirida por el Estado venezolano en 1990. Constituye, sin lugar a dudas, una de las joyas más importantes del sector petrolero del país. Cuenta con más de 5.000 gasolineras, casi 50 refinerías de petróleo, tres oleoductos propios y seis compartidos; todo ello en territorio estadounidense, a lo largo de un área que va desde Illinois hasta Texas pasando por la costa este.

Más allá del tamaño de Citgo, su importancia estratégica para Venezuela radica en una combinación de diferentes factores geopolíticos, financieros y energéticos. Por un lado, compra petróleo venezolano de forma continuada, lo que proporciona al Gobierno una fuente permanente de entrada de divisas. Por otro lado, también sirve como garantía de pago de los diferentes créditos a los que, de otra forma, el Estado venezolano difícilmente podría hacer frente. Es decir, Citgo es el único activo atractivo para los mercados financieros que ostenta el Gobierno venezolano, por lo que se usa para garantizar que, si en un momento determinado Venezuela no puede hacer frente a los compromisos adquiridos con sus acreedores, éstos podrán apropiarse de una parte de la filial de PDVSA. Fue así como Rosneft –empresa petrolera del Estado ruso– poseerá una participación del 49,9% de Citgo en caso de impago por parte de Caracas a los créditos otorgados al Gobierno venezolano.

Finalmente, el hecho de que Citgo sea un activo físico en suelo estadounidense le otorga una importancia geopolítica central, por los temores que produce en la Casa Blanca una hipotética apropiación por parte de Rusia. Esto explica la importancia de la batalla para controlar la filial de PDVSA, en la que también participan otras multinacionales como ConocoPhillips o Crystallex.

Otro elemento importante para entender la importancia del conflicto venezolano es que el petróleo venezolano es la savia principal para que empresas como Chevron, Valero o la propia Citgo puedan producir gasolina. Gasolina que acaba en los depósitos de millones de coches y camiones en Estados Unidos. De ahí la reticencia de algunos sectores norteamericanos a las sanciones petroleras a Venezuela.

Todo lo anterior encaja cuando uno se pregunta: ¿por qué la Casa Blanca no decidió con anterioridad imponer sanciones a Venezuela? ¿Por qué las sigue considerando como la última baza? El Gobierno Trump no ha bloqueado la importación de petróleo venezolano por la gran importancia que tiene para su economía y para ciertas empresas, sino que ha bloqueado el pago directo a Caracas de las compras petrolíferas. El dinero se irá depositando en cuentas norteamericanas sin llegar a Venezuela para que el nuevo Gobierno de este país las tenga a su disposición. Esto explica que uno de los primeros compromisos de Guaidó haya sido redactar una nueva Ley de Hidrocarburos y abrir la gestión a empresas privadas.

Evidentemente, la capacidad de negociación que el petróleo otorga al régimen de Maduro no es sólo de ida, ya que la dependencia de Venezuela de EE.UU. es igual o mayor. Las sanciones estadounidenses cortan la única puerta de entrada de divisas al país con las que financiar su Presupuesto y hacer frente a los pagos que adeuda, e impiden el uso de Citgo en las negociaciones con los acreedores. Todo esto cierra la principal vía de exportación del petróleo venezolano y limita la capacidad de las refinerías del país de procesar el petróleo pesado proveniente de la franja del Orinoco, puesto que éste se diluye con productos provenientes de Estados Unidos.

La cuestión venezolana, que incluye dos de las principales potencias mundiales –incluso tres, si contamos China– presenta un tablero de ajedrez complicado en el que movimiento de una sola ficha, por insignificante que sea, puede llevar a la derrota o a la victoria. A un lado del tablero, el Gobierno de Maduro puede confiar en la importancia estratégica de su petróleo para ciertos sectores empresariales de EE.UU. y para los consumidores e incluso el papel de Rusia, pero no puede obviar la dependencia de su industria de los productos derivados del petróleo ni el daño que causa en su economía y en su proyecto nacional. El Gobierno de Trump, por su parte, puede confiar en que apuntando a Citgo y a los dividendos petroleros provenientes de su país Caracas acabará cediendo, pero difícilmente puede obviar el papel que Rusia desempeña en esta partida ni el daño que puede causar en los mercados petrolíferos y en su economía.  

Con todo lo dicho, es evidente que en la crisis política venezolana no se puede obviar el papel que ejerce la geopolítica del petróleo. No hacerlo deja el análisis huérfano del componente que convierte al país caribeño en una de las mayores potencias energéticas de la historia y define las relaciones entre EE.UU. y Venezuela.

El venezolano Juan Pablo Pérez Alfonso, conocido como el padre de la Opep, ya se refirió en los años 70 al petróleo como «el excremento del diablo», expresión que reflejaba tanto el magnetismo que producía como los problemas para gestionarlo. También introdujo el concepto de la «indigestión económica» que generaba el petróleo en Venezuela. El tiempo le ha ido dando la razón.

Parece, sin embargo, que la indigestión no sólo afecta a Venezuela, sino que se ha extendido y perdura en varios rincones y capitales del mundo.

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