Innovación social, ‘apps’ y personas sin hogar

No falla: para cada problema, alguien inventa la app ideal para solucionarlo. ¿Eres un desastre llevando tus cuentas? ¿Necesitas ayuda para organizar las tareas del hogar con tu familia? ¿Tienes problemas para decidir qué cocinar cada día? ¿Quieres aprender un nuevo idioma y no tienes tiempo? Siempre hay una aplicación diseñada para hacerte la vida más sencilla.

Para los llamados problemas sociales también ha surgido un amplio catálogo de soluciones tecnológicas: existen aplicaciones que ayudan a las personas mayores a saber cuándo tienen que tomarse la medicación; otras que permiten a personas con principio de Alzheimer activar una alarma con geo-localización en caso de sentirse desorientados. Algunas te mantienen en contacto con los cuidadores de un familiar dependiente para darle instrucciones concretas y otras facilitan el seguimiento médico a personas con enfermedades crónicas.

Siguiendo la tendencia, hay aplicaciones que pretenden dar solución a los problemas de las personas que duermen en las calles. Startups europeas y estadounidenses han diseñado apps para donar las sobras de comida a las personas sin hogar, para hacer donativos a entidades o a personas sin techo concretas, para localizarlos y mandar la ubicación a servicios sociales o para encontrar albergues, alojamientos, duchas o servicios sanitarios.

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Aunque la conectividad y las tecnologías solucionan problemas, a veces el desarrollo tecnológico no responde tanto a las necesidades reales de sus potenciales usuarios como a necesidades percibidas por sus creadores. Es el caso de las aplicaciones que pretenden poner a disposición de las personas que duermen en la calle un catálogo de alojamientos y dar la posibilidad de reservar plaza en línea. Localizar albergues en un mapa o proporcionar un directorio de servicios que facilite la vida a quien se encuentra durmiendo en la calle no es nada nuevo. Los directorios de recursos para personas sin techo existen desde mucho antes que los smartphones: los hay oficiales, proporcionados por los servicios sociales, y los hay de entidades que crean guías muy exhaustivas y las distribuyen en papel y en formato digital (desde hace unos años, en forma de aplicación).

Para las organizaciones y los servicios especializados, que esta información llegue a las manos de las personas que la necesitan en formato digital no representa un salto cualitativo respecto a los folletos y las guías en papel. Por eso, algunos desarrolladores proponen ir más allá y proporcionar a los usuarios información en tiempo real sobre las plazas disponibles en centros residenciales, e incluso dar la posibilidad de reservar cama. Existen proyectos piloto en ciudades como Seattle o Chicago, y numerosas empresas están ofreciendo productos similares a las grandes ciudades europeas.

Relacionar camas libres con personas que duermen al raso puede parecer la solución para que no veamos a nadie durmiendo en las calles. Igual que los turistas buscan hotel en función de sus necesidades, los precios y la disponibilidad de camas, las personas sin techo podrían ver en qué albergue hay cama libre o incluso en qué ciudad hay plazas. También podrían consultar cuál de ellos dispone de ropero, de comedor o de servicio de lavandería. Con esta información, sabrían exactamente adónde dirigirse y se acabaría el problema. Pero depositar la confianza en este tipo de soluciones tecnológicas choca con la propia naturaleza de la problemática del ‘sinhogarismo’ y con obstáculos operativos importantes.

Reducir el sinhogarismo a un problema de camas libres en albergues es asumir que el problema se soluciona creando más albergues. Las grandes ciudades europeas y norteamericanas llevan más de dos décadas creando más y más centros residenciales y viendo cómo crece el número de gente que duerme en la calle. Cuando la preocupación se centra en conectar camas con personas se reduce el ‘sinhogarismo’ a su expresión más dura, la que se manifiesta en el espacio público, en los cajeros, en los bancos o en los parques, olvidando que el máximo problema para las personas sin hogar no es la acogida nocturna de emergencia, sino salir de esa situación. Si quienes se alojan en los albergues no encuentran una solución residencial estable, seguirán siendo personas sin hogar de forma indefinida.

Los propios servicios sociales y las organizaciones que gestionan centros residenciales tienen serios problemas para saber de manera actualizada el número de camas vacantes; no tanto por un atraso tecnológico en la gestión como por la propia naturaleza del recurso ofrecido. Hay personas que abandonan un centro de forma planificada, pero otras se marchan sin previo aviso porque les surge una oportunidad o porque así lo deciden. Resulta muy difícil gestionar la temporalidad de antemano.

A esto hay que añadir que las plazas en los albergues no son ocupadas siempre por orden de llegada, sino en función de la valoración que realiza un equipo profesional de los riesgos y las necesidades de las personas atendidas.

Comparar los servicios sociales con los sanitarios tiene riesgos, pero en ocasiones ayuda a situarse. ¿Qué pasaría si en las Urgencias de un hospital atendieran a los pacientes por orden de llegada? ¿O si los pacientes pudieran reservar camas de camino al hospital? ¿Dónde quedaría la capacidad del personal sanitario para organizar los recursos de acuerdo a criterios médicos y técnicos? En estos servicios el alojamiento es una actividad esencial, pero complementaria a la intervención médica.

Lo mismo ocurre en los servicios sociales. Sin la atención social y el acompañamiento, un centro residencial para personas sin hogar se convertiría en un hostal gratuito para pobres, asumiendo una utilidad meramente instrumental del espacio, las camas, las duchas y los baños. Estos centros no son hoteles donde puedes reservar con días o incluso meses de antelación usando una app como la de Booking. Ante la imposibilidad de ofrecer soluciones residenciales permanentes, el acceso y, sobre todo, la salida de los centros son parte esencial de la intervención social.

Pensar en soluciones tecnológicas parece fácil. El reto es pensar en soluciones tecnológicas que respondan a necesidades reales. Crear una aplicación que relaciona camas libres en albergues con personas que duermen en la calle es reducir y simplificar el problema de acceso a la vivienda, asumiendo que lo único que necesita la gente que vive en la calle es un techo bajo el que dormir cada día. Se ignoran también otras formas de sinhogarismo que no dejan de existir por ser menos visibles. Se asume, además, que con una cama caliente es suficiente, menospreciando el trabajo del equipo humano que hay detrás.

Lo más irónico es que, mientras los desarrolladores tecnológicos ofrecen a entidades sociales y ayuntamientos soluciones focalizadas en una respuesta superficial al problema de la exclusión residencial, existe un amplio consenso entre organizaciones, grupos de defensa de los derechos de las personas sin hogar, grupos de investigación y personas expertas, en que para luchar contra el ‘sinhogarismo’ hay que impulsar políticas de vivienda y de protección social que pongan el foco en la prevención; y en que para atender mejor a quien está en situación de calle o de exclusión residencial extrema, hay que ofrecer espacios estables para recuperarse con la mayor intimidad y dignidad posible y garantizar el acceso a una solución residencial asequible.

Dicho de otro modo, mientras los que están trabajando cada día para acompañar en su recuperación a las personas sin techo apuestan por programas Housing-led o Housing-first y por centros que las personas puedan considerar un hogar, los informáticos ofrecen formas más eficientes de acceder a los albergues de los años 90.

No se trata de obviar la utilidad de ciertas aplicaciones en el día a día de las personas, pero la innovación no pasa necesariamente por la creación de una aplicación, ni todas las aplicaciones son sinónimo de innovación.

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