El riesgo de otro conflicto en Oriente Próximo

El reciente derribo de un dron estadounidense ha estado a punto de conducir a una nueva intervención militar americana en Oriente Próximo. Según algunas fuentes periodísticas, dicha intervención fue abortada en el último momento por Donald Trump, que lo justificó en términos de un error realizado por alguien “imprudente y estúpido”.

El derribo del dron estadounidense no es sino el último de una serie de acontecimientos que han elevado el nivel de tensión entre ambas potencias. Entre ellos, los ataques a petroleros de los que Estados Unidos y sus aliados responsabilizaron a Irán, el incremento de la presencia norteamericana con el envío de 1.000 nuevos soldados, la decisión iraní de superar los límites del uranio enriquecido que el acuerdo con la Administración Obama le permitía almacenar o las declaraciones del presidente Trump abriendo la posibilidad de un ataque para evitar que Irán se hiciese con armas nucleares.

En realidad, el problema viene de hace tiempo y está vinculado de manera directa con el abandono del acuerdo nuclear al que había llegado su predecesor y que estaba, precisamente, destinado a evitar un nuevo conflicto en el Próximo Oriente, a pesar de las consecuencias negativas que generó en las relaciones de la potencia norteamericana con sus aliados más estrechos en la región, para los que Irán no es sino una amenaza vital.

La intención de la Administración de abandonar el que Trump denominó como “el peor acuerdo de la historia” nunca estuvo relacionado con la intención de llevar a cabo un cambio de régimen ni una nueva intervención militar, sino con la consecución de un acuerdo ambicioso que incluyese la intervención de Irán en en conflictos regionales como los de Siria y Yemen y su programa de misiles balísticos. El secretario de Estado Pompeo puso de manifiesto en su discurso de mayo de 2018 dicho extremo al condicionar al cumplimiento de estas condiciones a que Irán pudiese evitar la re-imposición de las sanciones.

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Evitar un nuevo conflicto en Oriente Próximo ha sido uno de los grandes mantras de los dos últimos presidentes estadounidenses. El presidente Obama, que consideraba haber llegado a la Presidencia para evitar nuevos problemas como el que había supuesto la Guerra de Irak de 2003, se vio envuelto en una nueva intervención militar de tintes humanitarios en Libia que acabó por producir resultados indiscutiblemente negativos. El presidente Trump, que llegó considerando que Estados Unidos “no debería ser un constructor de naciones” y quería evitar nuevos y prolongados compromisos en el exterior, tal y como demostró el anuncio de retirada de las tropas estadounidenses de Siria, podría verse arrastrado a un conflicto similar a pesar de sus preferencias.

De hecho, el que esta guerra no se haya producido a pesar de la actitud irreflexiva de Irán o de las declaraciones enérgicas de algunos integrantes de la Administración estadounidense se ha debido, paradójicamente, al propio Trump, y básicamente por dos razones. La primera que explicaría dicha actitud sería la vulneración de los instintos y las promesas del presidente estadounidense, que quiere evitar un nuevo conflicto en Oriente Próximo que, indubitadamente, pondría en riesgo sus posibilidades de reelección y sería notablemente impopular entre sus bases. La segunda, su intención de reducir su presencia en la región y concentrarse en otros escenarios de mayor relevancia estratégica, como el ascenso de China o la propia política comercial, a los que ha concedido una mayor prioridad.

Una nueva guerra regional, por tanto, podría tener importantes costes políticos para él mismo y para su Administración, por no hablar de las consecuencias que tendría en términos de seguridad y estabilidad regionales. Una situación incierta que la reciente retirada por razones de índole personal y familiar del secretario de Defensa en funciones, Patrick Shanahan, de entre los posibles nombres a ocupar el puesto de forma permanente, no contribuye sino a aumentar.

Con todo, no sería la primera vez que un presidente estadounidense toma una decisión que prometió evitar. Este fue el caso de George W. Bush con los procesos de construcción estatal que tanto criticó hasta que, después del 11 de Septiembre, comenzó a realizarlos a una escala sin precedentes. Además, la decisión de actuar enérgicamente frente a Irán sigue teniendo partidarios influyentes en esferas destacadas del ‘establishment’ de Washington; en especial, en el Congreso estadounidense, y eso por no hablar de alguno de los representantes de la propia Administración, como es el caso de John Bolton.

El problema que se plantea era y es que un error o acontecimiento imprevisto en un contexto de elevada tensión entre ambos estados pueda alterar los equilibrios internos del proceso decisorio estadounidense, cambiar la posición del presidente y conducir a un nuevo conflicto desestabilizador en la región. Esto es precisamente lo que ha estado a punto de producirse con el ataque al dron estadounidense, haciendo imprescindible reducir el nivel de tensión para evitar un conflicto que no interesa a ninguna de las dos potencias.

A la vista de la situación, cabe constatar que la retirada del acuerdo nuclear no fue sino una mala decisión, que ha tomado como rehén a la política regional de la Administración, constreñiendo sus opciones estratégicas y, de nuevo, incrementado el riesgo de que un nuevo conflicto se cierna sobre una región demasiado acostumbrada ya a la inestabilidad política y social.

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