Irlanda: descongelamiento, descartelización y retos para después del Brexit

Todo lo que aparentemente había que saber de política irlandesa hasta hace apenas treinta años lo aprendí en un solo viernes de octubre de 1992. Yo era entonces un joven estudiante Erasmus en Siena y el gran politólogo Maurizio Cotta explicaba aquel día el funcionamiento comparado de los sistemas de partidos a partir del célebre trabajo de Seymour M. Lipset y Stein Rokkan sobre las cuatro grandes fracturas sociales en Europa a final de la Revolución Industrial (centro-periferia, Iglesia-Estado, campo-ciudad y burguesía-clase obrera) que están en la génesis de la competición partidista y que, por más que aquellos conflictos se hubieran luego mitigado o incluso resuelto, estarían congelados y seguían organizando la conducta de los votantes en torno a bloques.

El profesor Cotta mencionó entonces a Irlanda como un caso especialmente interesante. Primero porque, a diferencia del resto de Europa donde la división de clase se había impuesto a las demás en esa forma evolucionada que hoy conocemos como izquierda-derecha, la isla era el único caso donde triunfó otro tipo de “cleavage”: el territorial. Y, además Irlanda era el mejor ejemplo para entender la tesis del congelamiento: pese a haber transcurrido mucho tiempo desde que rompieron con Londres, allí seguían votando a dos partidos que básicamente se distinguían por odiar un poco al Reino Unido (Fine Gael, FG) o bien por odiarle mucho (Fianna Fail, FF).

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Aquella provocación suscitó la protesta de otra alumna de intercambio, en este caso irlandesa, que increpó al catedrático italiano diciendo que, al margen del conflicto que seguía vivo en el norte de la isla, era falso que ellos estuvieran tan políticamente obsesionados con los ingleses. Quizá tuviera algo de razón pero no podía tenerla toda porque, aquella misma noche, ella y sus compatriotas organizaban una fiesta Erasmus con el exótico pretexto de celebrar que, debido a la crisis del sistema monetario europeo, el tipo de cambio de la libra irlandesa había superado a la esterlina por primera vez en la historia.

La lección de ese día y de esa noche sobre la Irlanda de finales del siglo XX fue completa: una democracia ‘sui generis’ con respecto a toda Europa; con un sistema bipartidista pero sin que hubiera apenas izquierda, marcado por un viejo conflicto que había provocado más muertes en la guerra civil posterior (1922-1923) que en la de independencia (1919-1921); una sociedad desde luego festiva aunque también más recatada que la coetánea española; y, en fin, un país tan europeísta como nacionalista, incluyendo su irredentismo sobre el Ulster, que por aquel entonces luchaba por dejar de ser la eterna pobre de las islas británicas.

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Pero el cuarto de siglo posterior ha roto ese saber convencional y la votación de ayer confirma que Irlanda ya no mantiene ni uno solo de los rasgos que la caracterizaban hasta aquel otoño. El progreso fue muy rápido: en noviembre de 1992, en que también hubo elecciones, fue la primera vez que la suma de voto a los dos grandes partidos históricos bajó del 70% (desde los años cuarenta había oscilado siempre entre esa cifra y el 85%) y, como enseguida se dirá, no ha dejado de caer desde entonces. En 1996 legalizó el divorcio y, algo más tarde, hizo lo propio con el aborto y el matrimonio homosexual, siguiendo una dinámica parecida a España y Portugal, pero no tanto a Italia, Austria ni desde luego Polonia, por citar los casos más conocidos de países europeos de pasado tradicionalista. También se transformó por completo su relación con el gran vecino británico, tanto en lo político (los acuerdos del Viernes Santo encarrilaron en 1998 el conflicto de Irlanda del Norte y dejó de ser un problema de dignidad constitucional) como, sobre todo, en lo económico: en 2001, coincidiendo con la introducción física del euro, el PIB per cápita en la república superó por primera vez al del Reino Unido. Hoy es espectacular constatar que la renta de los irlandeses casi dobla a la de los británicos cuando hace tres siglos Jonathan Swift hacía la “modesta proposición” a los prolíficos padres católicos de que resolvieran sus eternas hambrunas vendiendo a sus propios hijos como comida para la rica élite anglicana de Dublín.

Un país cada vez más próspero y menos acomplejado con los ingleses no podía seguir manteniendo viva por mucho tiempo la vieja escisión entre el FG y el FF. La artificiosidad del enfrentamiento entre dos partidos ya muy parecidos en lo programático (ambos moderados, centristas, europeístas, partidarios de un modelo de relación con el mercado muy liberal) ayudó a Peter Mair, otro gran politólogo que no por casualidad era irlandés, a teorizar sobre la tendencia de los partidos occidentales a confabularse entre ellos para mantener su posición en el sistema político al margen del declinante apoyo social. Una pauta que genera desafección, a pesar de la bonanza, de modo que, cuando la crisis de deuda golpeó a Irlanda y los países de la UE tuvieron que rescatarle por culpa de su tóxico sector bancario, dejó de ser sostenible un modelo de funcionamiento democrático basado sobre una vieja fractura supuestamente congelada en torno a dos partidos cartelizados.

Si en 2007 los dos grandes partidos irlandeses aún sumaban el 69% de los votos, en 2011 bajaron al 53,5%, en 2016 al 49,8% y ayer quedaron en el entorno del 44%. El país europeo occidental que mejor había resistido la aparición de fuerzas de izquierda y de nuevos contendientes, asiste ahora al auge espectacular del radical Sinn Fein (SF) que incluso podría haber ganado las elecciones, a la emergencia de otros partidos pequeños (explícitamente socialistas o verdes) y a la elección de muchos diputados independientes gracias a un sofisticado sistema de voto transferible que, entre otros efectos, supone un recuento de varios días y un parlamento fragmentado tal vez ingobernable.

En 2016 resultó imposible formar una coalición y, tras meses de negociaciones frustradas, la única salida fue que el FF (al estilo del PSOE de la gestora absteniéndose con Rajoy) dejase gobernar desde la oposición al FG. En este tiempo ese enclenque equilibrio se ha mantenido por el miedo a no descabezar el país en pleno Brexit. Pero ahora, con el acuerdo de divorcio resuelto y con un triple empate a 22% entre FF, FG y SF ni siquiera es posible esa solución de compromiso. Cualquiera de las tres combinaciones posibles de gobierno entre la izquierda nacionalista y los dos partidos de centro son inéditas y supondrán la transformación definitiva de la política irlandesa con respecto a lo que la ciencia política predicaba en los lejanos años noventa.

No le ha ido mal a Irlanda en este tiempo pero no son menores los desafíos que tiene ahora. A nivel interno debe recuperar la legitimidad perdida y abordar el descontento porque la altísima riqueza teórica apenas se traslade a la calidad de los servicios públicos ni a la vida diaria. También tendrá que buscar un nuevo encaje en la UE a 27 porque, tras dos enormes muestras de solidaridad por parte del continente (en el rescate de 2010 y más recientemente en el tema de la frontera post-Brexit), muchos socios, sobre todo desde el Sur, se quejan de que esa generosidad no haya sido correspondida. Irlanda mantiene un sistema de impuestos de sociedades propio de paraíso fiscal y tiene la poca memoria de alinearse con los duros estados hanseáticos en cuanto al futuro del euro. Por todo esto también, y no solo por lo interesante que es como caso de estudio para los politólogos, nos debe importar lo que ayer pasó en Irlanda y lo que viene a partir de hoy.

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