Israel tras las elecciones: otro sistema político trabado

Este martes, la sociedad israelí ha acudido a las urnas por segunda vez este año. Lo ha hecho porque tras las elecciones del 9 de abril pasado, Benjamín Netanyahu –Bibi–, líder del partido Likud y del bloque de derecha, no logró formar un Gobierno de coalición y convocó a la Knesset –Parlamento de Israel– para que votara por su auto-disolución. El sistema político israelí estaba trabado y ni partidos políticos ni bloques de partidos lograron desenredarlo.

Elecciones del 9 de abril

Fuente: Comisión Electoral Central (CEC) de Israel. Nota: para formar un Gobierno de mayoría se requieren 61 escaños, y el porcentaje mínimo para entrar en la Knesset es del 3,25% del voto válido.

Con los resultados de abril, el bloque de derecha, liderado por Netanyahu y compuesto por los parlamentarios elegidos del Likud, Shas, Judaísmo de la Torá Unido, Unión de Partidos de Derecha y Kulanu, llegaba a los 60 escaños. Avigdor Liberman, ex ministro de Seguridad, que con su renuncia meses antes había generado la crisis de Gobierno que llevó a esas elecciones, se negó a unirse a la coalición de Netanyahu y adoptó una posición secularista que lo enfrentó a los partidos ultra-ortodoxos, al exigir por ley el reclutamiento militar de los jóvenes estudiantes de los colegios rabínicos, la libertad de apertura de los comercios y el funcionamiento de transportes durante los sábados –el shabbat, día de descanso bíblico obligatorio.

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Esto imposibilitó una coalición de derechas que uniera a Israel Beiteinu –partido originario del voto de los inmigrantes ex soviéticos a Israel– con las formaciones ultra-ortodoxas. Incapaz de formar un Gobierno de coalición, Netanyahu convocó al Parlamento en vez de devolver al presidente de Israel el mandato de formar un nuevo Ejecutivo, para que éste pudiera encargar esta tarea a Benny Gantz, líder de Azul y Blanco, el partido opositor al Likud que también había logrado 35 escaños. 

En un país que mantiene una seria disciplina fiscal, pero en el que las decisiones en periodos pro-electorales generan fuertes presiones deficitarias, pagar en un año el coste de dos convocatorias puede acarrear graves consecuencias (cada elección cuesta 126 millones de euros). Siendo festivo el día de los comicios, para posibilitar la participación a todos los habitantes del país –aunque el voto no es obligatorio–, la pérdida en producción y salarios en un día no laborable se estima entre los 505 y los 650 millones de euros.

Por eso, muchos sectores consideraron un gasto inútil unas segundas elecciones ya que, aunque aumentase el porcentaje de votantes, los resultados no cambiarían radicalmente. Más aún: tras la convocatoria de abril, la llave de toda futura coalición no estaba en manos de los líderes de los dos grandes partidos (Likud y Azul y Blanco), sino en las de Avigdor Liberman (Israel Beiteinu), quien arrancó la campaña llamando a los dos grandes partidos a formar, junto al suyo, un Gobierno liberal secular que pusiera fin a la capacidad de las formaciones religiosas para imponer lo que en Israel se denomina la cohesión religiosa, así la adquisición-extorsión de presupuestos no proporcionales a su tamaño electoral y representativo.

A todo esto, y pese a su propio nacionalismo territorialista –habita en el asentamiento de Nokdim, en Cisjordania–, Liberman agregó un tono anti-mesiánico y exigencias de compensación social para los ex inmigrantes judíos de la Unión Soviética, la mayoría de los cuales no poseen derechos de jubilación y viven una vejez precaria y penosa en Israel por falta de recursos.

Sin embargo, el punto central de la la convocatoria de este mes no era ideológico, ni tampoco de satisfacción de necesidades o intereses de segmentos diversos de la sociedad israelí actual, sino la supervivencia en el poder de ‘Bibi’ Netanyahu. El primer ministro israelí, en ese cargo desde 2009, se enfrenta a graves problemas judiciales, ya que ha sido investigado por tres casos de corrupción. El 2 de octubre tiene audiencia con el fiscal general, tras la cual se decidirá si va o no a juicio.

Que obtenga o no inmunidad parlamentaria para evadir estos procesos depende directamente de los resultados electorales y de que Netanyahu logre formar Gobierno. El argumento central del líder de la derecha israelí es que las acusaciones de corrupción no tienen base real y su origen es puramente político. Pero la táctica de Bibi fue sacar otros temas, encabezados por el enfrentamiento con Irán y sus aliados (Hizbolá en Líbano, Hamás y Jihad Islami en Gaza) y los logros internacionales de Netanyahu en términos de buenas relaciones con Donald Trump, Vladimir Putin, Boris Johnson, Viktor Orbán, Jaïr Bolsonaro, Matteo Salvini y otros líderes de derechas en ocasiones nacionalistas con tintes populistas.

En este sentido, Bibi ha asumido estos tintes al atacar a las instituciones democráticas del Estado y a la separación de poderes, clamando que el zénit de la democracia radica en la imposición de la voluntad popular. Ha arremetido contra la Corte Suprema, el sistema judicial, las investigaciones policiales, la Contraloría y todo lo que limite el poder del Gobierno central y de su líder. A esto se sumó una fuerte campaña, por parte del Likud y la derecha en general, contra la participación democrática de la población árabe israelí, que aglutina potencialmente alrededor de 20% del voto, y por la deslegitimización de la izquierda israelí –judía y árabe– como traidora a los ideales sionistas.

El nacionalismo religioso mesiánico se unió bajo el liderazgo de Ayelet Shaked en un nuevo partido llamado Yemina. La derecha favoreció la entrada electoral de Otzmá, una formación de ultraderecha racista anti-árabe liderado por Itamar Ben Gvir, heredero ideológico de Meir Kahane, quien fue elegido para la Knesset hasta que la Corte Suprema prohibió su reelección en 1988 en virtud de la legislación antirracista.

En este caso, la derecha negoció con Ben Gvir pero, al llegar las elecciones, Netanyahu llamó a sus votantes a abandonarlo y hacerlo por Likud porque, según aquél, Otzmá no lograría superar el mínimo (el 3,25% de los votos válidos) para entrar en el Parlamento y sus votos se perderían para el bloque de derechas.

La principal traba del sistema político israelí, derivada de su fraccionamiento en pequeños partidos que conforman bloques-coaliciones de gobierno, reside en que para ensanchar un bloque es necesario incentivar el crecimiento de partidos pequeños del mismo espectro, pero eso resta votos al partido líder dentro su bloque. Como el presidente de Israel puede llamar al líder del partido con más votos, o al líder del bloque con más escaños, a formar el nuevo Gobierno, la contradicción entre partidos líderes y pequeños en el mismo bloque es irresoluble. Tampoco ayuda que el mínimo para entrar a la Knesset es alta para los partidos pequeños, pero no para los medianos. No es casualidad que su introducción fue impuesta a Netanyahu por su entonces canciller y socio de coalición, Avigdor Liberman, en diciembre de 2013.

En la izquierda israelí –la posible coalición contra Netanyahu– se produjeron tres alianzas. La principal fue la de los partidos árabes, que se han presentado con una lista unificada liderada por Ayman Odeh. También se produjo una alianza del laborismo, liderado por Amir Peretz con el Partido Guesher (Puente) de Orly Levi. Meretz, liderado por Nitzán Horowitz y los seguidores de Ehud Barak, formaron la Unión Democrática.

El punto más peligroso de la campaña electoral tuvo lugar la noche del 10 al 11 de septiembre, cuando durante un mitin de Netanyahu pre-anunciado –en contra de la norma de seguridad por la que se revelan sólo después de haberse producido las visitas de altas personalidades israelíes a zonas atacables con misiles desde Gaza–, sonaron las alarmas y el primer ministro fue retirado por su guardia a lugar seguro. Esa misma noche, Bibi promovió consultas para lanzar una operación contra Gaza que podía haber desencadenado una guerra. El jefe del Estado Mayor y el comandante del Servicio de Seguridad se opusieron, pero quien detuvo el proceso fue el fiscal general, Avijai Mandelblit, quien explicó a Netanyahu que era ilegal tomar una decisión de esa envergadura –que también postergaría las elecciones– sólo a base de consultas telefónicas, sin reunir siquiera al Gabinete.

Finalmente, la jornada electoral transcurrió con calma y las acusaciones de fraude, previas a la elección, parecen no tener base. De los 29 partidos que se presentaron, nueve lograron representantes.

Elecciones del 17 de septiembre (resultados provisionales)

Fuente: Comisión Electoral Central (CEC) de Israel.

El resultado no es definitivo, pues falta el recuento de los votos de los soldados y pueden darse cambios marginales. Habrá que esperar 24 horas.

Sin embargo, el resultado provisional demuestra lo trabado del sistema. Ni Gantz ni Netanyahu lograrán formar coaliciones de Gobierno de derecha o de centro-izquierda, y Liberman se ha convertido en actor central.

Nadie está interesado en una tercera convocatoria, lo que requeriría reformas profundas y también del apoyo de los partidos pequeños, que no están interesados en suicidarse políticamente. Por lo tanto, la propuesta de Liberman de establecer un gobierno de coalición que incluya al Likud y Azul y Blanco –y también a Israel Beiteinu– es una posibilidad. Pero el problema aquí reside en que Gantz y los líderes de Azul y Blanco han declarado repetidamente que no participarán en un Gobierno liderado por Netanyahu. Por otro lado, el Likud insiste en que Netanyahu es su líder elegido y que no hay motivo para reemplazarlo.

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