Italia: el redescubrimiento de la territorialidad política

Entre el domingo 20 y el lunes 21 de septiembre Italia ha vivido un momento de inflexión interesante para su vida política: además de un referéndum constitucional para confirmar la reducción del número de los parlamentarios, siete de sus 20 regiones han votado para elegir a sus presidentes –en Italia, son elegidos directamente por los ciudadanos– y sus respectivas asambleas legislativas.

Pese a que no han sido comicios nacionales, es imposible no darse cuenta de su peso específico para tratar de comprender en qué dirección se mueve un sistema político en constante transformación como el italiano. En efecto, casi 18 millones y medio de electores (el 36,25% del electorado) y la distribución geográfica de estas siete regiones (tres en el Norte, dos en la Italia central y dos en el Sur) son factores de importancia suficiente para poner en marcha unos reajustes que pueden determinar el camino de la política italiana en los próximos dos años y medio (el fin de la actual legislatura está programado para marzo de 2023). En otras palabras, podemos considerarlas como unas elecciones de medio mandato.

Para empezar, ¿quién ganó? La respuesta puede parecer un sinsentido, pero su esencia es fundamental para entender la política italiana: ‘todos’; oficialmente ganaron todos. A primera vista, de hecho, se trata de un empate: la coalición de centro-derecha (hoy la oposición del Gobierno de Giuseppe Conte) resultó vencedora en tres regiones (Liguria, Marcas y Véneto), al igual que la de centro-izquierda (Apulia, Campania y Toscana). También el tipo de victoria se distribuye de manera muy equitativa: si en el caso de Luca Zaia, en Véneto, y Vincenzo De Luca, en Campania, se trata de un verdadero triunfo con porcentajes plebiscitarios, para Giovanni Toti, en Liguria, Francesco Acquaroli, en las Marcas, Eugenio Giani, en Toscana y Michele Emiliano, en Apulia, la victoria ha sido clara y rotunda. Un resultado que, en su totalidad, no cambia si incluimos también al Valle de Aosta, donde ganó el centro-derecha, una región muy peculiar debido tanto a su reducido tamaño (125.000 habitantes, poco más de Ceuta o Melilla) como a su amplia autonomía política y sus características demográficas distintivas.

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Sin embargo, los matices suelen ser siempre lo más importante. Una lectura más completa de los resultados electorales debe hacer hincapié en la diferencia entre las expectativas que se generaron en las semanas anteriores al voto y las papeletas efectivamente cosechadas por los partidos, las coaliciones y los candidatos a presidente. En efecto, como decía Lee Atwater, el todopoderoso spin doctor de Ronald Reagan, «en política la percepción es realidad».

Para el centro-izquierda –manera simplista de definir la coalición entre el Partido Democrático (PD), el populista 5 Estrellas (M5E) y varias fuerzas menores–, el resultado ha sido más positivo de lo esperado: a pesar de haber perdido un histórico bastión rojo como las Marcas y no haber vuelto a ganar en Liguria –otra región tradicionalmente de izquierdas, de donde procedía el antiguo presidente de la República Sandro Pertini–, el miedo a una posible derrota en Apulia y, sobre todo, en Toscana, ha transformado el ganar por la mínima en un fuerte y liberador suspiro de alivio; ¡algo impensable hace sólo unos años!

Con una participación al alza con respeto a los anteriores comicios regionales, el PD se mantiene como la lista más votada en las tres regiones donde gana su coalición, con sus propios presidentes, y, como se ha dicho, supera todo tipo de sondeos en Campania. Por otro lado, el M5E queda muy debilitado, con una sangría generalizada de votos y una incapacidad evidente para estructurarse en los territorios. Sin embargo, el éxito perentorio del ‘sí’ en el referéndum constitucional, objetivo primario del M5E, refuerza a Luigi di Maio y, por supuesto, al presidente del Consiglio, Giuseppe Conte. Así que, paradójicamente, el Gobierno sale reforzado y se despeja del horizonte la amenaza de nuevas elecciones o de un nuevo Ejecutivo presidido por Mario Draghi.

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Para el centro-derecha –liderado por la Lega de Matteo Salvini, pero caracterizado por una fuerte competición interna, sobre todo por parte de Hermanos de Italia (HdI), liderado por Giorgia Meloni–, el resultado ha sido agridulce. A pesar de haber vuelto a ganar donde ya gobernaba y haber conquistado las Marcas, las expectativas eran más altas: fue el mismo Salvini quién declaró que su objetivo era ganar 7 a 0. Algo exagerado, pero para muchos un escenario realista. Si, en efecto, Campania ha estado siempre fuera de su alcance, Apulia y Toscana parecían posibles: pero la contienda se ha saldado con nuevas derrotas tras la de Emilia-Romagna, la región roja por excelencia, el pasado mes de enero. Y todo ello en un contexto de pérdida generalizada de apoyos electorales. Por último, el Véneto: abrumador triunfo leghista, por supuesto; pero no de Salvini, sino de Zaia, su principal competidor interno, cuya lista triplica los apoyos de la propia Liga Norte. Ninguna spallata (empujón) al Gobierno, el abordaje ha fracasado.

Entonces, ¿qué consecuencias se pueden sacar de estas elecciones? Son sobre todo tres y están acomunadas por el redescubrimiento de la territorialidad de la política; un concepto y, a la vez, un fenómeno nada nuevo en el mundo occidental pero que ahora, y especialmente en Italia, adquiere un significado más claro y de mayor impacto.

Primero, un enfoque sobre la relevancia y la especificidad de los territorios pone de manifiesto el gran valor que sigue teniendo la lección de politólogos del calibre de Lipset y Rokkan sobre una interpretación cultural a largo plazo de los fenómenos políticos. Una explicación, la de los ‘clivajes’ sociales, imprescindible para comprender los aspectos más profundos de las dinámicas electorales en Véneto (la aplastante victoria de leghismo serenissimo, que es cosa diferente del leghismo lombardo, y su relación histórica con el dominio de la Democracia Cristiana en la primera republica), la resiliencia aunque en declive de los partidos de centro-izquierda en las regiones rojas como la Toscana o el tradicional clientelismo electoral del Mezzogiorno. En este sentido, el libro de Ilvo Diamanti ‘Mappe dell’Italia politica’ sigue siendo un punto de referencia fundamental para el que quiera adentrarse en el estudio de la política y la sociedad italianas a través del origen histórico de sus culturas políticas.

El segundo corolario de estas elecciones regionales, en relación directa con el anterior, se refiere a la creciente división, dentro de cada región, entre mundo urbano y mundo suburbano y rural. Es decir, entre las áreas más abiertas a lo internacional, más ricas y sensibles a los valores posmodernos y, por el otro lado, todos aquellos lugares más afectados por los efectos perversos de la deslocalización productiva y distritos industriales demasiado pequeños para competir contra los chinos, más desilusionados con Europa y el euro, y más asustados por la xenofobia desenfrenada que caracteriza a muchos medios de comunicación. Las primeras son las que más votan al PD y al centro-izquierda, inclusive los electores más desencantados del M5E, y están impulsados por un aún vivo sentimiento antifascista, y acusados de haberse convertido en partidarios del statu quo. Las segundas son las que en estos últimos años han estado apoyando más a aquellos movimientos y líderes que se han lanzado en contra de las élites romanas y europeas, alimentando un cabreo ya existente; un producto, en gran medida, del populismo berlusconiano.

En tercer lugar, estas elecciones han puesto en evidencia una representación política más multi-dimensional. Si, por un lado, parece que el sistema político italiano está mutando hacia un tipo de competición parecida a la que Duverger llamó «cuadrilla bipolar» (dos coaliciones, una de centro-derecha y otra de centro-izquierda, cada una compuesta por un partido principal y uno menor), por otro lado los partidos nacionales (PD y Lega, sobre todo) tienen dificultades en aglutinar un consenso que ya no es local, sino localista. Es decir, con intereses e identidades aún más diferentes y distintas. Debido también al tipo de sistema institucional y electoral, más presidencialista a nivel local que nacional, estas elecciones regionales se caracterizan por un renovado fenómeno de notabilismo y particularismos de los partidos. A pesar de unas excepciones enraizadas en culturas políticas más fuertes y antiguas –es decir, la Lega en Véneto y el PD en Toscana–, los demás candidatos han podido y sabido construir verdaderas máquinas electorales alrededor de su personalidad.

Guicciardini y su teoría del particolare aún resuenan.

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