Kosovo: la esperanza más europeísta de los Balcanes puede desvanecerse

En el calendario balcánico-europeo, 2018 será recordado como el año de Macedonia. Logrando sellar con la vecina Grecia el mayor avance diplomático de los últimos tiempos, el Gobierno de Zoran Zaev, con el ministro Dimitrov a la cabeza, se convertía en junio en el ejemplo a seguir para toda la región. En el mejor motivo para volver a creer en la ampliación.

Siguiendo la línea de buena vecindad y cooperación regional que iba marcando Skopje, Kosovo ratificaba su acuerdo fronterizo con Montenegro, una de las condiciones para poder siquiera pensar en la liberalización de visados. Cumplida ésta, y con suficiente progreso realizado en áreas como la lucha contra la corrupción o el crimen organizado, la Comisión Europea daba su visto bueno y llamaba a proceder a la revisión del régimen de visados al que están sometidos los kosovares, únicos ciudadanos de los ‘Balcanes Occidentales’ a los que se les sigue exigiendo este trámite. Incluso Ucrania y Georgia, dos países que no están incluidos en el programa de adhesión, consiguieron recientemente la exención. 

A pesar del ruido mediático que nos ha llegado últimamente desde Belgrado y Pristina en forma de zarpazos arancelarios, consumaciones de limpiezas étnicas disfrazadas de corrección de fronteras, ejércitos declarados a marchas forzadas y bloqueos varios, la máxima prioridad para el Estado más joven de Europa es lograr la liberalización del régimen de visados Schengen. Así se lo recordaba al comisario Hahn la pancarta que le esperaba en Pristina a su llegada el primer lunes del pasado diciembre, fiel reflejo de la frustración de la gente: “Bienvenido a Kosovo, Sr. Hahn. Aplicamos reciprocidad, así que necesita una visa para entrar. Para la visa necesita alrededor de 45 documentos diferentes y 35 euros”.

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Toda una generación de kosovares ha crecido al albur de la independencia; entre la incertidumbre y la esperanza, en Pristina y con la vista puesta en Bruselas, Berlín o Viena. Sin embargo, con uno de los pasaportes más débiles del mundo y sumido aún en un notable aislamiento internacional, hoy la sensación ciudadana es de reclusión en una utopía que no termina de llegar y ante una realidad que no deja de apretar.

Con la tasa de paro rondando el 30% y el nivel de desempleo juvenil estancado en el 52%, jóvenes y no tan jóvenes sueñan con marchar a la Unión Europea. Quieren estudiar y trabajar, pero no necesariamente quedarse. Con lo aprendido o lo ganado fuera, muchos desean volver para contribuir a construir el país en el que les ha tocado vivir. Sus ansias de emigrar son, en este sentido, proactivas y circulares.

Ante la imposibilidad de hacerlo como el resto de sus compatriotas albaneses o de la antigua Yugoslavia, los kosovares se aferran al proceso abierto por la Embajada de Alemania para conseguir permisos de trabajo. Las solicitudes se cuentan por decenas de miles y la diplomacia germana no da abasto. El volumen es tal que hasta las agencias de viajes hacen negocio con el sistema de expedición de citas, lo que acaba encareciendo el precio para el solicitante. En Pristina se dice que ganar la lotería es más fácil que conseguir el visado. 

Movidos por las promesas huecas de políticos que obvian la realidad y lo dilatado de los procesos en Bruselas, los kosovares habían depositado todas sus esperanzas en lograr la exención de visados antes del fin de 2018. Es cierto: ya cumplen los criterios para obtenerla y los mensajes que les llegan desde la Comisión y el Parlamento son más que prometedores. No en vano, la Eurocámara aprobó en septiembre el inicio de las negociaciones inter-institucionales. Luego, en su Resolución de 29 de noviembre reiteró que considera “vital” otorgar la liberalización de visados a Kosovo “sin retraso injustificado”. 

La pelota está en el tejado del Consejo, pero la tarea no se antoja nada fácil. Rumanía, uno de los cinco estados miembros que no le reconocen, acaba de asumir la presidencia rotatoria. No parece probable que vaya a situar esta cuestión en lo alto de las agendas ministeriales. Pero el calendario no es lo único que Kosovo tiene en contra: los números tampoco están claros. Si bien nadie tiene poder de veto, la mayoría cualificada que se requiere pudiera no estar garantizada. Descontando la previsible oposición de España, Grecia, Chipre, Eslovaquia o Rumanía, el verdadero disgusto podría llegar desde París y Ámsterdam, como ya les ocurrió a Macedonia y Albania en junio. Ignorando los llamamientos de la Comisión, Francia y Países Bajos (y Dinamarca) se negaron a aprobar el inicio de sus negociaciones de adhesión, dejando sin palabras a la plana mayor de la diplomacia europea. 

Ni en Skopje ni en Tirana, pero tampoco en Bruselas, podía entenderse cómo las batallas internas que libran Macron y Rutte con sus respectivas oposiciones nativistas les habían llevado hasta el punto de hacer peligrar los avances logrados en la región. Su negativa de tipo hoy no, mañana resultó especialmente sangrante en el caso de Macedonia. Muchos de sus ciudadanos se sintieron (de nuevo) despreciados y abandonados por la UE en su conjunto, lo que contribuyó a cimentar la abstención con que se topó luego el referéndum.

Desde la desintegración de Yugoslavia, las esperanzas de progreso de sus ciudadanos han estado muy ligadas a la Unión. La perspectiva europea es, precisamente, la que evita que los países que resultaron de ella retrocedan (aún más). Pero, por mucho que Comisión y Parlamento lo intentan, los repliegues nacionales y la estrechez mental de algunos estados miembros pueden acabar asfixiando al europeísmo en los Balcanes, como prueban las reacciones ciudadanas que se producen cada vez que algunas de nuestras capitales les niegan el acercamiento.

Kosovo es donde la bandera europea ondea con más fuerza. El joven país registró en 2018 el segundo mayor apoyo a la pertenencia a la Unión de todo el continente (84%), sólo por detrás de Luxemburgo (85%). Y en 2017 éste se situaba en el 90%. Con la retórica populista cotizando al alza, está en el interés de todos cuidar los sentimientos que reflejan estas cifras. Máxime cuando cada portazo europeo sirve a las élites locales como excusa para no avanzar en las reformas. Se crea, así, un círculo vicioso que genera ilusiones frustradas y un desencanto que no dudan en explotar los nacionalistas que viven de alimentar tensiones. 

En este contexto, corresponde a la Unión alzarse por encima de rifirrafes políticos domésticos y escuchar las peticiones de los ciudadanos; sobre todo cuando son justas y precisas, como las de los macedonios en junio y las de los kosovares ahora. Si, en vez de tener que hacer cola en las embajadas, los jóvenes kosovares pudieran estar adquiriendo experiencia en otros lugares, su poder transformador al volver resultaría mucho más eficaz que cualquier paquete de ayuda europea. La clave está en tratar cada caso como lo que es: el de Macedonia, urgente a riesgo de que se tambalee lo logrado; el de Kosovo, único y no extrapolable a ningún otro (léase Cataluña).

En su visita a Pristina, el comisario Hahn dijo que la fecha realista para la exención de visados es 2020. La realidad nos lleva a descontar este año que entra; pero sepamos que, si no reaccionamos al siguiente, la esperanza más europeísta de los Balcanes puede desvanecerse.

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