La ANECA y el peregrinaje académico

Este mes de agosto se ha avivado el debate sobre la configuración de la carrera académica en España y, en particular, sobre el sistema de acreditaciones concedidas por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), al haberse conocido que prestigiosos investigadores españoles no habían sido acreditados como catedráticos al tiempo que recibían millonarios proyectos de investigación europeos y suculentas ofertas para trabajar fuera de nuestro país.

La ANECA fue implantada por la Ley Orgánica de Universidades (LOU) en 2001 con el objeto de crear “un nuevo sistema objetivo y transparente, que garantice el mérito y la capacidad en la selección y el acceso del profesorado” (Exposición de Motivos de la Ley). La revolución consistía en que para poder concursar a una plaza de profesor en una Universidad –son cuatro los niveles: ayudante doctor y contratado doctor (contratos laborales pero sólo el último es indefinido), y titular y catedrático (funcionarios)- los candidatos deben haber obtenido una “acreditación” por un órgano de evaluación externo (nacional o, según el caso, autonómico). A éste se debe enviar el currículum y toda la documentación acreditativa y entonces una comisión de expertos –que no tienen por qué ser del área de conocimiento del candidato- valora la idoneidad del mismo conforme a unos criterios objetivos.

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No creo que haya modelos perfectos que garanticen la pureza en el acceso y la promoción académica, ni en ningún otro empleo. Al final, siempre podrán surgir corruptelas y, por ello, entiendo que para enjuiciar la idoneidad de un sistema se debe valorar con precisión los incentivos negativos y positivos que genera y las garantías que presenta frente a las posibles desviaciones. Y, en este punto, he de reconocer que a un importante sector de la comunidad académica el modelo ANECA no nos satisface.

Empezaré, sin embargo, por lo que creo que ha aportado positivamente. El sistema ANECA ha permitido una alta dosis de independencia en el desarrollo de la carrera académica. Las “escuelas” que otrora pudieron enturbiar algunos procesos de oposición con repartos de plazas oligárquicos o ciertos “cabeza” de área que podían preterir a candidatos por puro nepotismo han disminuido su peso. Ahora un buen investigador puede ir consiguiendo sus acreditaciones y haciendo carrera con cierta independencia gracias a la ANECA. Eso sí, una vez acreditado le tocará luchar con el rectorado correspondiente para que salga “su” plaza a concurso.

Aún así, la balanza se descompensa hacia el otro lado, toda vez que el sistema actual se ha construido sobre la base de la valoración al peso de los méritos, excesivamente objetivizada, burocratizada y rígida, fuente de evidentes incentivos negativos. Algo que en ocasiones puede terminar convirtiendo la carrera académica en una vergonzante suma de “cromitos” (allí donde vamos hay que pedir el correspondiente certificado que luego deben ser introducidos en una tediosa aplicación), sin poder dejar ninguna casilla a 0: hay que dar un número mínimo de horas de clases y hacer x cursillos pedagógicos, publicar tantos libros, capítulos y artículos en revistas; haber cumplido con algún encargo de gestión académica… Quedando la valoración de la calidad de todo ello confiada a toda una serie de factores externos (reitero, en la mayoría de los casos no es ni siquiera un experto en la materia quien evalúa). Por poner algunos ejemplos, para la evaluación de la ANECA no hay que enviar las publicaciones íntegras ya que su valoración se realiza sobre factores como el prestigio de la editorial o el número de citas. Capítulo aparte merecen los indicios para valorar la calidad de la docencia (las notas de los estudiantes, realización de cursillos pedagógicos, encuestas…), los cuales desconocen lo que en mi opinión es la base para ser buen profesor: el tiempo que se dedica estudiar la materia para poder transmitir de forma pedagógica y comprensible a los alumnos un saber complejo y para preparar ejercicios y clases donde se desarrollen las adecuadas competencias.

En definitiva, un sistema que nos aboca, sobre todo a los más jóvenes, a una aceleración en la consecución de méritos y más méritos en lugar de fomentar el trabajo sereno y riguroso que debería ser propio de la academia, que promueve currículos prefabricados (adecuados a las exigencias ANECA) e impele a buscar cómo cumplir con esos indicios de calidad, muchos de ellos fácilmente falseables y comprables (publicar en ciertas editoriales de prestigio, por ejemplo, es cuestión de dinero), más que a cuidar la calidad de fondo de nuestros trabajos. Enfatizo, en cualquier caso, que estos son incentivos negativos porque mueven a seguir un camino desviado o recompensan inadecuadamente, aunque son muchos los que a pesar de ello siguen esforzándose por cuidar una carrera excelente pero quizá más lenta.

Además, la rigidez de los baremos para ser acreditado termina por suponer un obstáculo para la internacionalización de la Universidad que, como hemos visto, puede acabar dejando fuera del sistema a un investigador de prestigio porque le falten horas de docencia. Lo cual no es óbice para que se abra el debate, como ha hecho el profesor Presno Linera recientemente sobre si cabe un profesor universitario que sólo investigue, o si es necesario que desarrollemos ambas facetas, investigación y docencia; como también debemos pensar entonces si son suficientes los centros específicos de investigación de los que dispone nuestro país más allá de las universidades para no perder a ese talento fundamentalmente dedicado a la investigación.

Asimismo, la falta de transparencia del sistema se evidencia, por un lado, porque el candidato no sabe quién es el experto que valora su idoneidad y, por mucho que se han hecho esfuerzos en publicar baremos cada vez más objetivos, existen dudas fundadas de que luego se terminen aplicando algunos criterios aún más restrictivos que los publicados. A mayor abundamiento, sería conveniente apostar por la publicidad de los currículos de los candidatos, lo que podría prevenir prácticas fraudulentas en las que alguno engorda su currículum sabedor de que sólo el evaluador conocerá aquello que invocó para ser acreditado.

Más allá, el actual modelo no creo que haya ayudado a dar la necesaria estabilidad laboral a la todavía precaria carrera académica. Muy al contrario, considero que la ANECA ha sido uno de los factores que hoy por hoy lleva a ralentizarla mucho más de lo razonable. Hace unas décadas uno podía ser catedrático con treinta y pocos años, algo ahora impensable teniendo en cuenta los requisitos exigidos. Tanto es así que actualmente gran cantidad de profesores se acercan a los cuarenta años y no tienen ni una mínima estabilidad: contratos laborales ni siquiera indefinidos con salarios que pueden no llegar a los dos mil euros netos al mes para personas que, después de un máster y un doctorado, han superado acreditaciones y concursos públicos y acumulan varios años de experiencia como docentes e investigadores. Si se compara con cualquier otro empleo público, incluso con profesores de secundaria que hayan sacado su oposición, se podrá constatar la precariedad advertida.

Todo ello lleva a que cuando una persona logra ser acreditada se asume entonces su promoción como una exigencia, lo que termina por desnaturalizar los concursos posteriores que quedan en el mejor de los casos convertidos en un rito académico –en otros son pura farsa-, normalmente con candidato único. Y es que ya se habrán encargado los correspondientes departamentos de tomar las medidas proteccionistas para salvaguardar la promoción del candidato cuya plaza sale a concurso (perfiles para la plaza, elección amistosa de los miembros del tribunal…). Incluso los propios convenios colectivos llegan a prever en algunos casos medidas proteccionistas de dudosa legalidad como la consolidación en determinados puestos por la pura acreditación a niveles superiores. Todo por garantizar el justo fin de dar una mínima seguridad a la carrera académica. Los defectos de diseño se tapan con parches.

Por todo ello bienvenido sea el debate sobre el modelo de profesor universitario y, a la luz del mismo, urge replantear la carrera académica. Personalmente me atrevo a apostar por un sistema “ordinario” de acceso basado en un concurso-oposición a nivel nacional, competitivo, donde se valorara la idoneidad investigadora pero que también, al modo de las oposiciones a profesor de secundaria, incluyera un examen de conocimiento sobre la materia y una prueba donde hubiera que presentar la programación didáctica de una asignatura (unidades teóricas, actividades prácticas y formas de evaluación) y defenderla ante una comisión de expertos del área correspondiente. De esta manera los doctorandos a la par que realizan sus investigaciones deberían preparar esas otras pruebas, en lugar de estar dando clases prematuramente. Y es que, como recomendaba Don Rodrigo Fernández Carvajal a sus discípulos, no conviene olvidar las enseñanzas de aquel Fray Gerundio de Campazas, “alias Zotes”, que “aún no sabía leer ni escribir y ya sabía predicar”. Ello podría completarse, como ocurre con los magistrados, con un “cuarto turno” que diera posibilidad de acceso a personas con un currículum ya formado a través de un concurso de méritos. Y, una vez que se ha accedido, podría contemplarse un sistema de evaluación mixto para la promoción, que combinara una valoración de fondo de la labor investigadora y docente con factores objetivos evaluados siempre por expertos del área. Pero, sobre todo, no habrá buen modelo si aquellos que integramos el gremio académico no nos comprometemos por su adecuado funcionamiento.

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