La aversión a la pérdida en el comportamiento electoral guatemalteco

Guatemala es un país con procesos electorales que, en general, afrontan grandes desafíos democráticos. Desde 1985, momento en que entró en vigor la Constitución Política de la República y se puso fin a una larga etapa de presidentes militares de facto, el desarrollo hacia una construcción democrática se ha enfrentado a serios retos; sobre todo respecto a la construcción de un Estado de derecho y la estabilidad institucional. No obstante, estos procesos se han llevado a cabo periódica e ininterrumpidamente, con algunas características que muestran patrones y tendencias que podrían haber comenzado a cambiar recientemente.

Aquí analizamos los resultados de las elecciones presidenciales desde 1999 hasta 2011 y profundizamos en el proceso electoral de 2015, poniendo el énfasis en las prácticas de la contienda electoral tras una crisis política que implicó la renuncia del ex presidente y la ex vicepresidenta y su posterior proceso judicial, algo nunca antes vivido en la política guatemalteca. Sin embargo, proponemos que el resultado atípico en estas elecciones no significa un cambio en el comportamiento electoral.

Mediante la revisión de los principales supuestos de tres teorías de alcance medio, se desarrolla una reflexión en la que se plantea la continuidad de un patrón que está sustentado sobre tres pilares: 1) que el votante mediano vota por quien presente la política más deseable; 2) que toma su decisión tras evaluar los acontecimientos del pasado; 3) que se ha estructurado una lógica fundamental de aversión a la pérdida, que básicamente implica que los votantes tienen una fuerte tendencia a evitarla antes que conseguir una ganancia equivalente a lo que podría perderse. Una aversión a perder lo que se tiene, lo cual lleva a tomar decisiones para no perder antes que para ganar algo. Esta lógica fue catapultada por la crisis de 2015 y que el equipo del candidato ganador supo capitalizar.

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En ese año, tras la crisis política institucional, los resultados no fueron los esperados de conformidad con el patrón de los cuatro periodos presidenciales previos: desde 1999, había resultado electo el candidato que había obtenido el segundo lugar en la elección para el cuatrienio anterior. Pero eso no ocurrió en los comicios de 2015, con la elección de Jimmy Morales para el periodo 2016-2019.

Sin embargo, a pesar de que en 2015 no funcionó el patrón de elección del presidente, ello no quiere decir que haya habido un cambio sustancial en el comportamiento electoral guatemalteco. Y esto es así porque la forma de designar este cargo en el país no depende de los arreglos partidarios en un sentido moderno, así como tampoco de los momentos de crisis política exclusivamente. El cambio en la recurrencia obedece, principalmente, a cómo se configuró el personalismo reinante en el sistema político, la manera en que se estructuró la campaña presidencial y la percepción de cada candidato por parte del electorado.

Por tanto, la elección de Morales obedeció a la continuidad de un patrón que está sustentado sobre tres pilares: el primero, que el votante mediano en Guatemala se ha orientado por quien presenta la política más deseable (esto es, un cambio sustancial respecto del cuatrienio anterior, particularmente asociado al tema de la corrupción); el segundo, que las y los votantes toman su decisión en función de los acontecimientos del pasado; y tercero, que se ha estructurado una lógica fundamental de aversión a la pérdida, la misma que fue catapultada por la crisis de 2015 y que bien supo capitalizar el equipo del presidente Morales.

El primer pilar se explica desde la perspectiva teórica de un modelo espacial de Economía Política que incluye el Teorema del Votante Mediano (Przeworski, 2015). El segundo pilar se sustenta en los argumentos del Voto Retrospectivo (Ferejohn, 1986), y el tercero, el de Aversión a la Pérdida (Kahneman & Tversky, 1984). Cada uno de ellos ofrece elementos que orientan el análisis de los comportamientos electorales.

Se ha asumido que el cambio en la designación presidencial obedece fundamentalmente a una crisis política que determinó la renuncia del presidente y la vicepresidenta en funciones a raíz de una serie de protestas sociales contra la corrupción. Aquí proponemos que la crisis es una condición necesaria, pero no suficiente, de tal cambio, en el que la configuración de las ofertas de campaña con un discurso basado en la lógica de que el electorado vota arrepintiéndose de la elección anterior y que la mejor oferta es optar por un camino opuesto al ya recorrido tiene efectos. Esto mismo configura los patrones del comportamiento partidario, basados fundamentalmente en el personalismo, independiente de proyectos políticos estructurados a mediano y largo plazo.

En el caso del modelo del Teorema del Votante Mediano, el candidato que ofrezca en su eslogan la política más deseable para ese elector será el vencedor. Morales ganó con el eslogan ‘Ni corrupto, ni ladrón’.

Desde el modelo del Voto Retrospectivo, los votantes toman su decisión en función de los acontecimientos del pasado. Ello fue tan evidente en la elección de 2015 que Sandra Torres, aun a pesar de ser una candidata presidenciable que nunca antes se había presentado a la contienda electoral, y que las encuestas mostraban altas probabilidades para su victoria, no cumplió con el requisito que sí tuvo Jimmy Morales; esto es, presentarse como una alternativa a lo ocurrido.

Por el contrario, Torres, dada su relación familiar con un ex presidente, el electorado la asumió como parte integral de la vieja política y fue evaluada negativamente en función de los acontecimientos. Se la asoció con la corrupción, factor identificado como el mayor problema del sistema político guatemalteco en medio de la crisis política de aquel año electoral. En suma, se castigó a todo aquél que había participado previamente en política, favoreciendo así al ‘outsider’ que se presentó como la ‘nueva política’.

En el caso del modelo de Aversión a la Pérdida, que en cierta forma contrasta con el enfoque del modelo del votante mediano (ya que no se vota en función de la ilusión por la mejor opción, sino de lo que antes se perdió y no se desea seguir perdiendo), se demuestra que los votantes eligen en virtud de lo que consideran que han perdido; de esta manera, se apostó cuatro veces consecutivas por aquél que había quedado en segundo lugar como un voto arrepentido, tras los resultados de su pasada elección.

La misma lógica operó en 2015, cuando el enfoque de la pérdida se modificó, centrándose así en todos los actos de corrupción característicos de los políticos en general, por lo que la ‘aversión a la pérdida’ cambió de enfoque, pero siguió operando; esta vez, en función de la aversión a perder más recursos públicos por actos de corrupción, se eligió al candidato que prometió no ser corrupto ni ladrón, así como ser la cara de la nueva política, ya que nunca antes había participado en la misma.

El análisis general de estos tres modelos permite observar de manera diferente el problema analizado; permite considerar que el cambio en la recurrencia de designación del primer cargo institucional en el país no es más que una continuidad en la aplicación de un patrón de comportamiento electoral, cuyas lógicas que no se han analizado hasta el momento. De cualquier manera, el comportamiento electoral guatemalteco, comprendido desde estos tres enfoques, no cambió en la elección de 2015.

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