La carrera por las monedas digitales públicas

En junio de 1967, en Enfield, un municipio de la región Gran Londres de Inglaterra, se instaló el primer cajero automático de la historia que entregaba efectivo a los particulares. Cinco años después, cada cajero automático se conectó a una red que permitía retirar efectivo tal y como lo hacemos ahora. Han pasado más de 50 años desde entonces y el mundo se ha visto inmerso en una pandemia impredecible cuyas secuelas tardarán en desaparecer. Ámbitos como la educación, la conciliación laboral y el turismo, entre otros, se han visto gravemente afectados. Los gobiernos han impuesto medidas nunca vistas en democracia y el temor al contagio se ha extendido en toda la sociedad. Tal ha sido el miedo de la ciudadanía que el uso del efectivo, es decir, de monedas y billetes de manera física, se ha reducido drásticamente. A pesar de que hasta la Organización Mundial de la Salud ha esgrimido que no existe evidencia plausible de que el dinero físico transmita el coronavirus y que las almohadillas de los datáfonos, objetos manipulados con frecuencia, lo podrían transmitir en mayor medida, el miedo al contagio parece imparable.

Sin embargo, la Covid-19 no ha hecho más que reforzar o impulsar una tendencia. El ocaso del efectivo estaba llegando –con mayor o menor intensidad dependiendo del país– en la mayoría de las economías desarrolladas. Según un informe de la Oficina Nacional de Auditoría (NAO) de Reino Unido, en 2019 ya se utilizaba en menos de tres de cada 10 transacciones. Asimismo, entre 2017 y 2019, como muestra la Figura 1, se produjo una reducción del 17% de los cajeros automáticos de libre disposición (aquéllos que no cobran comisiones). Estiman, además, que sólo entre el 20% y el 24% del valor de los billetes en circulación son utilizados en transacciones.

En la eurozona la tendencia no es diferente. En 2019, los pagos digitales –transacciones no realizadas en efectivo– superaron los 98 billones de euros (véase la Figura 2). De esa cuantía, cada vez son mayores los pagos con tarjeta, que representan actualmente el 48% del total. Por el contrario, cada vez se realizan menos transferencias bancarias, menos domiciliaciones bancarias y cheques. Asimismo, el número de terminales de puntos de venta (TPV), popularmente conocidos como datáfonos, ha experimentado un gran incremento desde 2013.

La progresiva desaparición del efectivo y la digitalización de los sistemas de pago ha estimulado desde hace una década la innovación en el sector. Numerosos individuos y compañías se lanzaron a la carrera de crear una moneda digital privada que se utilizara como medio de pago (por ejemplo, Bitcoin, Ethereum, etcétera). No obstante, quizás debido a su excesiva volatilidad, ninguna moneda digital privada ha penetrado lo suficiente. A su vez, los bancos centrales de una miríada de países tanto desarrollados como en desarrollo se embarcaron en proyectos de investigación sobre las monedas digitales públicas (CBDC, por sus siglas en inglés).

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Pero, ¿qué es una moneda digital pública? Para responder a esta pregunta es necesario saber que, actualmente, los bancos centrales emiten dos tipos de dinero: el efectivo y las reservas. Al primero tienen acceso todos los agentes económicos. Sin embargo, solamente un determinado grupo de agentes, las entidades financieras, que poseen cuentas en el propio banco central, tienen acceso a las reservas. Como tanto el efectivo como las reservas se crean fuera del sistema financiero, se los denomina outside money –el inside money es aquel dinero creado dentro del sector financiero. Una CBDC es una nueva forma de ‘outside money’ emitida por el banco central (para una descripción en mayor detalle de las características que podrían tener las CBDC, véase este artículo).

Según el último informe del Banco de Pagos Internacionales de Basilea (BIS), más de un 80% de las instituciones que participaron en su encuesta están trabajando en proyectos relacionados con las CBDCs; y, de ellos, casi un 10% ya están desarrollando proyectos piloto de implementación. Las motivaciones para emitir una CBDC van desde una mejora de la estabilidad financiera y de la eficiencia de los pagos internacionales hasta una mejor implementación de la política monetaria y una mayor inclusión –característica que preocupa mucho más a los bancos centrales de los países emergentes. Además, como apunta otro informe del BIS, el tono de los discursos sobre las CBDC se ha vuelto radicalmente distinto: mientras que durante 2017, 2018 y 2019 predominaron las connotaciones negativas en los discursos sobre monedas digitales públicas, la tendencia se ha ido revirtiendo desde el último tercio de 2019 y todo 2020 (véase la Figura 3).

De entre todos los participantes, son los países en vías de desarrollo los que dominan la primera parte de la carrera por la emisión de una CBDC. De hecho, la primera nación del mundo en lanzar una moneda digital respaldada por el Estado va a ser el archipiélago de las islas Bahamas. El archipiélago caribeño, con una población no superior a las 400.000 personas, anunció que lanzaría este mes una criptodivisa emitida por su banco central. El ‘sand dollar’ estará operativo, principalmente, a través de los teléfonos móviles de todos los ciudadanos.

Proyectos piloto análogos al sand dollar, aunque con algunas diferencias en cuanto a su implementación, se han lanzado en otros países del mundo. El Banco Central del Caribe Oriental, institución monetaria de la Organización de Estados del Caribe Oriental, lanzó el pasado 12 de marzo de 2019 el piloto de una versión digital –llamada ‘DCash’de su moneda, el dólar del Caribe Oriental (EC$).

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En cuanto a las potenciales mundiales, parece que China ha tomado la delantera en la carrera por la emisión de una moneda digital pública. El sistema monetario internacional, dominado por el dólar estadounidense, podría verse relativamente alterado. El Banco Popular de China lleva varios años desarrollando el yuan digital y, desde abril de 2020, confirmó la realización de pruebas piloto en ciudades como Shenzhen, Suzhou, Chengdu y Xiong’an. En Europa, debido principalmente a la no utilización del efectivo, el Banco de Suecia (Riksbank) está a la cabeza del desarrollo de una CBDC, la corona digital (‘e-krona’). Finalmente, países como Uruguay y Ucrania también han testado diversos pilotos de monedas digitales.

A pesar de tener propuestas desde 2014 –J. P. Koning, entre otros, propuso la creación de un dólar virtual, el Fedcoin, en Estados Unidos–, ni la Reserva Federal estadounidense ni el Banco Central Europeo (BCE) han optado por liderar la carrera hacia el nuevo mundo monetario digital. Solamente Lael Brainard –miembro de la junta de gobernadores de la Reserva Federal– y Benoît Cœuré –ex miembro del Comité Ejecutivo del BCE–, han destacado en diversas ocasiones la necesidad de que estas instituciones comiencen a evaluar la emisión de una CBDC. No obstante, no fue hasta el pasado 10 de septiembre cuando Christine Lagarde, presidenta del BCE, pronunció un discurso titulado Pagos en el mundo digital en el que confirmó que el organismo se incorporaba formalmente a la carrera de las monedas digitales públicas. La pandemia provocada por la Covid-19, argumentó Lagarde, ha supuesto la digitalización forzosa de numerosos aspectos de nuestra vida, impulsando, entre otros, el comercio electrónico y los pagos digitales.

Si el euro quiere seguir teniendo un papel relevante en el sistema de pagos internacional, es necesario un euro digital, algo que podría elevar la posición de la ‘eurozona’ en el comercio mundial. Son cuantiosas las propuestas sobre cómo llevar a cabo la implementación del euro digital. Una de ellas es la llamada ‘iniciativa de un euro digital programable’, firmada por un gran número de académicos y profesionales del sector (este servidor incluido). La iniciativa sugiere que el euro digital debería estar basado en la Tecnología de Libro Mayor Distribuido (DLT) y que su objetivo final no es reemplazar al efectivo, sino complementarlo. En la hoja de ruta propuesta, el BCE comenzaría a emitir el euro digital en 2024. A este respecto, en un reciente artículo de investigación científicos de la Escuela de Finanzas y Administración de Fráncfort (FSFM por sus siglas en inglés) entrevistaron a más de 50 expertos del campo de las monedas digitales. De todos ellos, el 75% afirmó que se necesita un euro digital programable para el público en general. En cambio, el mayor riesgo –estiman– es una desintermediación financiera a gran escala del sector financiero, y que se desencadenen quiebras bancarias digitales a velocidades sin precedentes.

En la era digital, los bancos centrales están navegando por aguas desconocidas. El tiempo de las monedas digitales públicas ha llegado y el BCE está obligado a tener un papel relevante. Como bien expresó el gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau: «No podemos permitirnos quedarnos atrás en la carrera por las CBDC”. No obstante, también debemos ser precavidos. Como suele ocurrir con la mayoría de las innovaciones en este campo, sobreestimamos su velocidad y subestimamos su impacto.

(Nota: el autor quiere agradecer la aportación del informe de la NAO a Enrique Benítez Palma)

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