La clarividente despedida de Rubalcaba

Miércoles, 20 de marzo, 21 horas. H10 Villa de la Reina. Madrid. Alfredo Pérez Rubalcaba fue el ponente de una de las cenas editoriales de Agenda Pública. Esta cena reúne a editores e invitados, alrededor de una mesa, con un ponente y un tema. En este caso quisimos debatir con él sobre «la vieja y la nueva política». Un artículo de Santos Juliá, que habíamos publicado unos días antes, era el punto de partida del debate.

Sin romper la discreción que se acuerda con los ponentes que asisten a las cenas editoriales de Agenda Pública, los tres autores quieren que este artículo sea un homenaje a Alfredo Pérez Rubalcaba.

Marc López, director de Agenda Pública

Elena García-Guereta

Tuve el privilegio de cenar con Alfredo Pérez Rubalcaba hace apenas unas semanas. El evento lo organizó Agenda Pública y reunió a un buen puñado de intelectuales y periodistas en torno a ese mantel. No era extraño: Rubalcaba era un personaje clave de la España democrática, una leyenda viva, y seguramente, el único hombre que ha estado en la primera línea política española desde los primeros años 80 hasta casi ayer.

Acudí a esa cena con tan sobresalientes referencias de Rubalcaba que no consideraba posible la sorpresa. Pero me equivoqué. Y mucho. Quedé impactada ante la talla política e intelectual de ese señor enjuto, frágil y duro a la vez. Quedé impactada por su sosiego, su brillantez, su rapidez mental, su tremenda humildad. Dedicó mucho más rato a reflexionar sobre los problemas de España, y a reconocer errores, que a reivindicar su gestión o sus logros. Quedé impactada por su generosidad. Le preocupaba hondamente la cuestión catalana. Tenía un diagnóstico certero, y brillante, de la misma, que había compartido con algunos miembros del actual gobierno. Quedé impactada, también, por su templanza y su clase.

Acababan de cerrarse las candidaturas al Congreso, y estaba molesto con lo que le estaba ocurriendo a los suyos, a quienes consideraba apartados de la primera línea política precisamente por ser próximos a él. Me pareció un hombre de una inteligencia sublime, una humildad incomprensible, y un enorme sentido de estado. No lo vi vencido, pero sí dolido, y un punto triste.

Aunque, si algo me impactó esa noche, y hoy me sobrecoge, fue las repetidas veces que Rubalcaba mencionó que se le acababa el tiempo. La cena pareció una despedida, y hoy me asalta la duda de si lo que allí transmitió fue una suerte de testamento político. Rubalcaba parecía saber que le quedaba muy poco para irse. Fue un grande. Para lo bueno y para lo malo. Lúcido e irónico. Clarividente y brillante. Hasta para marcharse. 

Ignacio Molina

Es bien conocido que Alfredo Pérez Rubalcaba tenía, además de la Química, dos pasiones: la política y el fútbol. En la hora de su partida, ante el reconocimiento generalizado por parte de amigos, enemigos y ‘compañeros’ de partido, he recordado aquel golazo que Cristiano Ronaldo marcó hace un año en Turín para el Real Madrid de sus amores. La afición italiana se levantó para aplaudir al jugador rival, que entonces aún vestía la camiseta blanca, y por un instante tan precioso como fugaz se impuso la honestidad al forofismo.

Ahora, antes de que vuelva el fragor vulgar de la crispación, merece la pena reflexionar por qué, como pasó hace cinco años con Adolfo Suárez, el recién fallecido ha suscitado la extraordinaria rareza de un juicio positivo tan unánime. Ambos eran seductores y, a pesar de que inevitablemente suene a pomposo, estadistas imbuidos de una misión histórica. Sin embargo, encarnaban estilos políticos muy distintos. A diferencia del líder de la Transición, Rubalcaba no era carismático (él mismo reconoció en 2011 su poco atractivo para cartel electoral). Tampoco era intuitivo, como demuestran sus erradas apuestas por Joaquín Almunia, José Bono o Susana Díaz en las distintas primarias socialistas. Y no se puede decir que fuera visto como símbolo de concordia entre ideologías distintas, pues más bien representó en el resto de partidos al temido adversario, capaz incluso de desarrollar una maldad certera. Pero sí que encarnaba casi todos los demás valores políticos que nunca pudieron atribuírsele a Suárez: sofisticado, implacable en la argumentación, de profunda formación, sin atisbo alguno de frivolidad y leal.

Esa lealtad (a España, al PSOE y a los suyos) fue lo que más me llamó la atención en la cena que compartimos con él hace mes y medio los editores de Agenda Pública. Sentado frente a él, era imposible no sentir cierta familiaridad (¡cuando yo era un jovencísimo Erasmus ya era ministro!) pero en aquella velada tuve también enorme empatía con el personaje. A algunos de los presentes les pareció frágil pero lo cierto es que fue el último en marcharse, cuando los más jóvenes presentes sucumbían al agotamiento.

Al día siguiente debatimos si habló desde la humildad o desde cierta soberbia. Que solo mirase al futuro y no reivindicara ni uno solo de los enormes servicios que prestó a su país y a la socialdemocracia me inclinaron hacia la versión de la modestia. Dejó alguna perla muy interesante sobre la relación futura con el nacionalismo catalán, que él seguía viendo imprescindible (en el amplio sentido de la palabra), aunque insistiendo en que ya nunca podría abordarse desde la ingenuidad o la confianza.

También habló de los últimos desarrollos internos de su partido. Hubo quien percibió algo de resentimiento pero, una vez más, yo preferí por la opción benévola de la franqueza. A una pregunta sobre el éxito de Pedro Sánchez, dejó entrever que posiblemente le estaría apoyando de tener algunos años menos. Se lamentó, eso sí, de la pérdida de masa orgánica y de la purga de buenos diputados cuyo único pecado era no haber apoyado a la actual dirección.

Ahí se expresa esa lealtad que antes mencionaba. Lealtad a las personas pero también a las siglas. Alguien presente, de enorme talla intelectual, dijo que se estaba planteando votar en blanco pero Rubalcaba le miró y le rogó: “ni se te ocurra”. Es sabido que en julio de 2014, en el Congreso extraordinario en el que dejó la secretaría general, declaró que sería socialista hasta el final de sus días. A diferencia de Ronaldo, que hoy juega para la Juventus, no ha fallado en eso. Y es hermoso conseguir, con esas convicciones profundas y una trayectoria tan brillante como maquiavélica, que te sigan aplaudiendo todos tus rivales y ese inmenso estadio que se llama España y que no quiere resignarse  a la política sectaria y mediocre.

Juan Rodríguez Teruel

La despedida de Alfredo Pérez Rubalcaba ha dado pie a rememorar algunas de sus más relevantes contribuciones a la política española en las últimas dos décadas. Se ha recordado menos su etapa previa, la de su ascenso político, la que le acabaría convirtiendo después en la pieza clave del PSOE ya en el siglo XXI: su papel en el gobierno largo de Felipe González.

Rubalcaba formó parte de esa elite gubernamental socialista que acompañó a González en aquellos años clave de reconstrucción del Estado y de la democracia en España. Al igual que Pedro Solbes, Josep Borrell y algunos pocos nombres menos conocidos, Rubalcaba desempeñó tareas ejecutivas durante el período completo de gobierno de González entre 1982 y 1996, desde el primero al último día. Javier Solana, Carlos Solchaga o Narcís Serra podrían haber estado en este grupo si las circunstancias políticas no les hubieran hecho salir del gabinete en la etapa final de aquel período. Todos ellos (con la excepción de Borrell) pertenecen al selecto grupo de nueve ministros que han estado sentados en el Consejo de Ministros más de nueves años (además de Francisco Fernández Ordóñez, Cristóbal Montoro, Mariano Rajoy y el propio González).

En este longevo grupo no llegaron a estar, por voluntad propia, otros dos nombres clave de esta historia: Joaquín Almunia y José María Maravall. Este último será su gran valedor y promotor en el primer ejecutivo socialista, hasta que pronto Rubalcaba demuestre sus autosuficientes dotes políticas. En aquellos años 80, Rubalcaba y Maravall fueron claves en el desarrollo de la LODE y, ya tras la salida de este último, de su sucesora, la LOGSE.

Pero más allá del ámbito educativo, Rubalcaba y Maravall, acompañados de Solana, Solchaga y Almunia, y bajo el liderazgo gubernamental de González serán los principales representantes del grupo que trató de llevar al PSOE por la tradición liberal de la socialdemocracia clásica, poco francesa, más alemana y laborista británica, que Maravall había conocido de primera mano en su etapa académica en el Reino Unido. Esa tradición de Richard Crossman (cuyos imprescindibles diarios como ministro serían comentados tiempo después por el propio Maravall en la Revista de Estudios Políticos) y Tony Crossland, a quien David Miliband reivindicaría décadas más tarde como su principal referencia ideológica, días antes de ser derrotado por su hermano Ed.

Si Maravall siempre ejerció como el ideólogo y e inspirador intelectual de ese grupo (proyecto intelectual que luego trató de consagrar académicamente mediante el CEACS con el apoyo de la Fundación March), mientras González y Solana lo proyectaban con sus respectivos liderazgos dentro y fuera de España, Rubalcaba fue el responsable más capacitado para plasmarlo organizativamente dentro del partido, especialmente tras la dimisión de Almunia. Zapatero podía haber dado al traste con ello, y haber triunfado donde Guerra fracasó, pero su liderazgo siempre supo beneficiarse de sacar provecho de lo mejor del felipismo. Sus gobiernos posteriores no fueron una rectificación de esa herencia socialdemócrata liberal, como hubiese sugerido sus primeros discursos al llegar a la secretaría general (blandiendo la idea de socialismo libertario) sino toda una reivindicación de la misma (y de sus protagonistas). Su ejecutivo fue, en buena medida, una recuperación de ministros y altos cargos del equipo de González.

Por eso, cuando la crisis hizo naufragar el proyecto de Zapatero, solo Rubalcaba podía garantizar la continuidad organizativa e ideológica del PSOE salido de Suresnes y reconstruido en el gobierno largo. Pero por entonces la mayoría de sus acompañantes arriba mencionados estaban ya medio jubilados o más centrados en sus agenda internacionales. Le tocaba a una nueva generación tomar el relevo, pero los tiempos habían cambiado.

El 4 de febero de 2012, al acabar su discurso como nuevo secretario general del PSOE en el palacio de congresos de Sevilla, Rubalcaba se abrió paso entre la multitud y recorrió, prácticamente solo, todo el recinto, para acabar saliendo por la puerta principal, detrás de la cual le esperaban decenas de periodistas y su viejo amigo, Maravall, a quien Rubalcaba le brindó su abrazo más afectuoso: “Muy bien, Alfredo. Lo hemos conseguido”. Abrazados, juntos dejaron atrás a la marabunta de fotógrafos y cronistas, y se perdieron solos al final del pasillo. Con la ayuda también de quienes no estuvieron físicamente presentes, ambos habían conseguido mantener a salvo ‘el proyecto’. ¿O prolongar su agonía dos años más?

En todo ello pensaba yo en la cena que pudimos compartir el equipo editorial de Agenda Pública con Rubalcaba hace pocas semanas. Como siempre, se mostró mucho más interesado en hablar de hacia dónde íbamos que de dónde veníamos. Y cuando repetía, “a mí ya me queda poco”, parecía reclamar el relevo que pudiera retomar el testigo de ese grupo político e intelectual que había alcanzado el poder para cambiar España en aquel lejano octubre de 1982.

Autoría

1 Comentario

  1. Margot Pascual
    Margot Pascual 05-12-2019

    Considero que los editores de Agenda Pública sois demasiado competentes para hacer un artículot
    Tan hagiográfico cómo éste. Todos lamentamos su muerte prematura,pero su tiempo político ya había pasado, aunque sus mangoneos en el Consejo Editorial de EL PAIS eran de conocimiento publico. Agenda Pública, a pesar de mi admiración por vuestra labor, os creia Más anglosajones, lastima

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