La comunicación del riesgo y los excesos retóricos

El riesgo tiene un motor persuasivo que es el miedo. El objetivo de la comunicación de riesgo es modificar un hábito o conducta. En el contexto actual, la pregunta es si los gobiernos están actuando adecuadamente. Hay dos miradas posibles: sobre lo comunicado y sobre el que comunica. La más importante y significativa es cómo fue comunicado el riesgo, ya que se trata de una política pública con efectos esperados y, además, de un derecho ciudadano. El efecto está en la sociedad. Pero también cabe analizar la comunicación centrada en el rol del liderazgo, que piensa más en el propio estatus de poder y su aceptación que en los efectos del riesgo. El ego no es malo como motivación en líderes sometidos a tanta presión. Es malo cuando imposibilita decisiones mejor informadas; cuando quita chances al diálogo y al consenso; cuando es costoso para la democracia o por las tensiones sociales que puede llegar a generar; cuando motiva políticas indebidas.

Aunque no necesariamente una excluya a la otra, quisiera exponer algunos sesgos, desviaciones y tentaciones de los liderazgos en estos tiempos de incertidumbre que sirva para saber quién comunica bien o quién comunica mal.

La descoordinación operativa multi-nivel

Liderazgos del mundo, uníos. Qué linda proclama hubiera sido. Pero no. La realidad le dio la espalda a esta pretensión idealista. La crisis mundial, aunque muchas regiones todavía estén en situación de riesgo potencial elevado desde el punto de vista sanitario, ha tenido una característica: la ausencia de cooperación global. Y no sólo entre países, sino entre regiones e incluso ciudades. “La solidaridad europea no existe, era un cuento de hadas”, ha dicho el presidente serbio Aleksandar Vucic.

Asistimos a polémicas entre el Gobierno español y comunidades autónomas como Cataluña, País Vasco y Madrid, por citar sólo algunas. Un ida y vuelta confuso entre la posición del presidente colombiano Iván Duque y la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, respecto al simulacro de aislamiento social que esta última decidió para la capital del país. O las quejas del gobernador de Illinois, J.B. Pritzker, quien se manifestó «frustrado» por la falta de asistencia del Gobierno federal para los tests de detección del Covid-19 en Estados Unidos.

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El presidente Nayib Bukele, en El Salvador, bramaba en un tuit: “Las alcaldías no pueden establecer restricciones de circulación o cuarentenas. Esto, aparte de inconstitucional, afecta grandemente el combate a la pandemia. El Salvador debe ser visto como un solo cuerpo vivo. Aislar una parte de él debe hacerse sólo por las razones correctas”. Lo mismo pasó en Chile con el ministro del Interior: Gonzalo Blumel comunicó a los alcaldes a través de los medios que “no pueden tomar medidas que vayan más allá de sus atribuciones… no existe algo así como la cuarentena municipal”. O la reacción de gobernadores en Argentina que habían cerrado sus fronteras provinciales tempranamente sin que el Gobierno nacional hubiese actuado en el mismo sentido.

Los excesos retóricos

Este apartado sería inmenso, inabarcable. Pero al menos cabe destacar cuatro enfoques prioritarios:

a) La retórica xenófoba. Trump no es el abanderado en todos los sesgos. Es cierto que resaltó el adjetivo chino con un subrayado a mano (dejó que trascendiera una imagen en su discurso escrito) para referirse al virus en una conferencia de prensa. Pero su intento de expulsar el virus de su país con palabras no es del todo original. Ya los grandes medios estadounidenses y de buena parte del mundo titulaban así, e incluso hasta el día de hoy siguen diferenciando entre casos autóctonos e importados como buscando un virus culpable y extranjero capaz de violar cada soberanía sanitaria.

b) La retórica nacionalista. Unidos. Unidas. No hace falta buscar un ejemplo único, porque prácticamente todos los gobiernos la usan. Todos. Pero sí vale una diferencia de uso. Por ejemplo, en América Latina muchos gobiernos caen en la tentación de comunicar desde la emotividad y desde apelaciones nacionalistas, cayendo en emotividades que olvidan que el riesgo necesita imperiosamente modificar hábitos y que el voluntarismo personal para gestionar o el exceso de emotividad no promueven necesariamente un cambio efectivo. No se trata sólo de capear políticamente la adversidad, de que se vea bien y sólido un liderazgo, sino de una comunicación de riesgo como política pública y, a la vez, un derecho ciudadano, que debe llegar todos y todas con efectos reales. Ergo: sí en crisis, menos en riesgo, salvo que éste sea efectivo, último y agravado.

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c) La retórica bélica. Otro uso transversal y en todas partes. “Enfrentamos el mayor desafío desde la II Guerra Mundial, dijo la alemana Angela Merkel. “Estamos en guerra”, proclamó el francés Macron. “Economía de guerra”, avisó Pedro Sánchez. Palabras como enemigo, batalla, combate, héroes, victoria, pelea y un largo etcétera que en nada envidia a los mejores guiones del cine bélico. A ello se le suman imágenes del despliegue de fuerzas militares en los territorios. ¿Es malo? No, no lo es; sí su exceso. La ausencia de parámetros racionales es malo. La vivencia de una guerra no es lo mejor para la salud mental de una población.

d) La retórica esquiva. Muchos gobiernos le temen al miedo, evitan dar malas noticias. Tanto en el riesgo como en la crisis, la noticia es certeza y no necesita ser buena o mala, sólo requiere ser noticia, un dato que aporte para decidir o contextualizar. México montando campañas publicitarias con un tono puramente festivo, como #SusanaDistancia para concienciar sobre la distancia social; el ministro de Salud de Chile, Jaime Mañalich, informando en un tuit: “Tenemos que lamentar el primer fallecido en Chile por Covid-19. Mujer de 83 años, postrada, en la que se optó por un manejo compasivo”.

La subestimación o negacionismo deliberados

Amor en tiempos del ‘Covid-19’ fue la marcha que el Gobierno de Nicaragua convocó para afrontar la pandemia del coronavirus con “amor” y “marchando”. Así fue la decisión del régimen del presidente Daniel Ortega ante la epidemia, y su esposa y vicepresidenta fue quien convocó a sus simpatizantes a una jornada nacional de movilización ignorando las recomendaciones de que en grandes reuniones la transmisión del virus puede ser más activa.

El presidente brasilero, Jair Bolsonaro, se refirió al coronavirus como «una fantasía» gracias al periodismo, que genera «histeria» entre la población. A su vez, fue protagonista en actos simbólicos que iban en contra de las recomendaciones internacionales, abrazando a sus simpatizantes que se concentraron para alentarlo cuando tuvo que realizarse el test por sospechas de contagio.

Algo similar en el caso del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, que ha actuado simbólicamente a contramano de todo sin frenar actos masivos en el interior y besando a simpatizantes (especialmente niñas). «Hay quien dice que por lo de coronavirus no hay que abrazarse. Pero hay que abrazarse, no pasa nada; así. Nada de confrontación, ni de pleitos», dijo. Incluso ha llegado al ridículo de contar en sus conferencias de prensa diarias que está protegido por una estampita que llamó “Detente”, una figura religiosa, de la que dijo: «Detente, enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo».

En esta variante, mucho del combate se basa en emotividades con total desapego de cualquier atisbo de racionalidad e incluso de realidad: Bolsonaro, cuando pronunció una frase inédita (“Le estamos ganando por goleada al coronavirus”) o el propio López Obrador («Yo estoy seguro de que esto se va a normalizar, se va a estabilizar; es un asunto mundial, pero los mercados cada vez van a estar más tranquilos. Ése es mi pronóstico. Siento que no vamos a tener problemas mayores, ése es el pronóstico…”).

El 25 de febrero, Donald Trump dijo que el virus estaba «muy bien controlado en nuestro país» y que Estados Unidos estaba «en muy buena forma». Incluso sugirió que el clima cálido mataría el virus y aseguró que la cifra de casos de Covid-19 en el país estaba «disminuyendo sustancialmente, no aumentando». Además de eso, predijo la inminente disponibilidad de una vacuna y culpó a la Administración de Barack Obama del lento despliegue de los kits de prueba.

La politización exacerbada

“[A] Los conservadores que quisieran que nos fuera mal y que vamos a tener crisis económica financiera, yo digo no… No hay psicosis, no hay pánico, no hay amarillismo, es información técnica y profesional», señalaba López Obrador en México. Aunque no de modo acelerado, estudios mexicanos dan cuenta de que el modo en que el presidente está gestionando la pandemia del coronavirus en su país tiene más rechazo que aceptación.

En EE.UU. pasa algo parecido. Desde la primera subestimación o minimización por parte de Trump hasta la actual politización se ha producido un deterioro del presidente. El 83% dice estar muy o algo seguros de que los funcionarios de los centros de Control y Prevención de Enfermedades están haciendo un buen trabajo y el 73% confía en los funcionarios de los gobiernos estatal y locales; pero sólo el 45% tiene confianza en la actuación del presidente, según una encuesta publicada el 18 de marzo por el Pew Research Center.

Pero acá viene lo significativo: el 70% de los estadounidenses dice que el brote de Covid-19 representa una amenaza importante para la economía de la nación; el 47%, que es una amenaza importante para la salud en general de la población; pero sólo el 27% piensa que el coronavirus es una amenaza importante para su salud personal. Por otra parte, la última encuesta de NBC/Wall Street Journal encontró que sólo una mayoría de los estadounidenses (53%) está preocupada de que el virus pueda infectar a alguien de su familia.

La politización (y minimización) del problema ha sido una constante en innumerables plataformas de medios que regularmente apoyan al presidente Trump. Por poner un ejemplo, Jerry Falwell Jr., presidente de la evangélica Universidad de la Libertad, explicaba por qué su instituto permanecería abierto cuando otros enviaban estudiantes a casa. Y especulaba sobre si todo esto se trataba de una conspiración entre China y Corea del Norte.

Negación, conspiración y minimización. ¿Resultado? La percepción de gravedad del coronavirus ha disminuido entre los republicanos, especialmente entre la población blanca y evangélica.

El voluntarismo

Tiene una variante soft, que podría ser un voluntarismo decisional. Casi como el ‘estilo marcapasos’ de Daniel Goleman. Las características distintivas de este estilo parecen admirables, porque el liderazgo establece estándares de desempeño extremadamente elevados y los ejemplifica el líder. Está obsesionado por hacer las cosas mejor y más rápido, y espera lo mismo de todos a su alrededor. Detecta rápidamente quiénes no rinden lo que deben y demanda más de ellos. Hay prácticas interesantes de hiperactividad, como la del presidente de Argentina, Alberto Fernández, tratando de estar en todas las reuniones y dando entrevistas en exclusiva a múltiples medios. Esto no es malo, pero suele ser poco efectivo en la gestión del riesgo.

Muchas veces, el exceso de esta variante puede mutar en un voluntarismo confrontativo. Es, quizás, el caso de Bukele en El Salvador cuando va generando conflictos con países vecinos (como el diplomático con México por un avión con supuestos contagiados), rasgo que se había podido observar previamente en relación con las competencias de los alcaldes y un estilo en redes carente de institucionalidad democrática; aunque no implica necesariamente pérdida de eficacia.

El decisionismo institucionalista

Como afirma Federico Irazabal, son casos de liderazgos más apegados a la institucionalidad, y con componentes más orientados a la cooperación. Quizás muchos de estos casos tienen alguna similitud: han tenido más tiempo para reaccionar, aprendiendo de la experiencia de los países europeos y asiáticos; necesitan mantener un halo de fuertes criterios republicanos, sea porque son nuevos (recién asumidos, como los casos de Argentina o Uruguay) o porque han pasado por circunstancias recientes de fragilidad institucional, como Chile o Perú. Han tomado decisiones rápidas, incluso drásticas y tempranas como declaraciones de estado de emergencia, toques de queda, aislamientos obligatorios y cierre de fronteras.  

Más allá de las medidas concretas, el presidente argentino ha avanzado desde lo político con decisiones derivadas de recomendaciones internacionales de organismos especializados y con otras de mitigación económica que gozan de consenso ciudadano y de acuerdo político. Antes de declarar el aislamiento obligatorio, reunió a todos los gobernadores del país. Logró un consenso multi-nivel, multi-partidario e interno para decidir, transmitiendo además con aplomo, cautela y decisión, muy en línea con lo que está haciendo el mandatario canadiense Justin Trudeau, otra buena referencia internacional.

También es importante que muchos liderazgos pueden iniciar el tránsito con dudas en la gestión del riesgo y la crisis y luego, por decisiones sanitarias, económicas y sociales, van consolidando su gestión. Es el caso de Emmanuel Macron, que subió 13 puntos en un mes, perforando los 50 puntos de aprobación, según un estudio de Harris Interactive-Epoka, y haciéndolo de forma transversal, en todas las edades.

Esto demuestra que los liderazgos no son estáticos. Ni siquiera los define una única categoría de sesgo. Pero hay algunos que descienden en la consideración, como en Brasil (incluso con un fuerte cacerolazo por el modo en que se está gestionando el coronavirus), México o EE.UU., con una tendencia a la baja en aprendizaje, efectos del riesgo y consideración popular. Y otros que toman medidas, apelan al consenso, se mueven dentro de límites republicanos y encima son bien percibidos socialmente. En el medio se encuentra la gran mayoría. Moon Jae-in, en Corea del Sur, inició su gestión con una negativa del Gobierno a prohibir por completo a los visitantes chinos. Ello generó enojo, tras lo que Moon declaró una guerra contra el virus e instituyó una campaña muy agresiva de tests (210.000 pruebas a principios de marzo), con alta efectividad por la baja tasa de mortalidad.

También están los casos que destacan por su eficacia, pero que son difícilmente comparables por la ausencia democrática. De menos a más también actuó Lee Hsien Loong en Singapur, pero con una fuerte ayuda de la tecnología. El Gobierno estableció los pasos que las personas podrían dar para ayudar a prevenir la propagación del virus y detalló los riesgos asociados con la infección. Singapur tomó medidas estrictas, con instalaciones de cuarentena y localización de contactos.

O al revés, como Hassan Rouhani en Irán, donde hubo demoras en la toma de decisiones y errores por la presión religiosa contra la restricción de acceso a los santuarios. Este error se pagó caro incluso dentro del propio Gobierno, con muchos funcionarios y una décima parte del Parlamento contagiados.

Después de este recorrido, quizás aparezcan mejores criterios para analizar la actuación pública y la comunicación de los liderazgos en situaciones de riesgo y crisis. Y quizás se comprenda, con mayor rigor, que el miedo a la muerte no es ni más ni menos que el efecto del riesgo activo. Sólo que, en algunos casos, ese miedo es crítico y otras veces preventivo. Ése que sorprende, que hace mover conductas…

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