La construcción política de Evo Morales desde el exilio

En 2008, al calor de una carrera electoral urgente, Fernando Lugo, por aquel entonces candidato a presidente de Paraguay, llegó a Argentina con la intención de hacer campaña entre los migrantes paraguayos que vivían allí. No era la primera vez que un líder político de un país vecino venía a Buenos Aires a contactar con organizaciones de migrantes. Evo Morales también lo había hecho años antes. Al igual que su par paraguayo, siempre reconoció la importancia de la colectividad boliviana residente en Argentina, participó de sus diversas actividades y, en muchas ocasiones, les habló incluso desde su sillón presidencial en Bolivia, alentándolos a que regresaran al país o a que modificasen comportamientos, sobre todo en procesos de crispación política entre el país de origen y el de destino.

Los paraguayos son, demográficamente, el primer colectivo extranjero de Argentina. El segundo lugar lo ocupan los bolivianos que, con una trayectoria más reciente, han alcanzado un stock poblacional alto. Para ambos colectivos, este país es su primer destino migratorio. Mientras los primeros se insertan primordialmente en la construcción y el trabajo doméstico, los segundos se dedican al trabajo textil y la agroproducción a pequeña escala.

En este contexto, la solicitud de refugio en Argentina por parte del ex presidente boliviano no responde únicamente a la cercanía ideológica con el presidente argentino recientemente electo, sino también a la construcción histórica hecha por sus migrantes, a fuerza de organización y articulación tanto en el país en el que se insertaron como en el que dejaron.

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La presencia de Morales, su anuncio de candidatura y la fuerza que pueda tomar el proyecto político que encabeza desde el exilio no serán sólo el resultado de la conexión en la cima de la escala, entre presidentes y ex presidentes, sino también de la articulación que el político logre con su gente en Bolivia (sus líderes y seguidores) y en Argentina, donde sus compatriotas que han logrado mantener sus prácticas culturales y religiosas, reponiéndose a la fuerte xenofobia que caracteriza a la sociedad de recepción.

La política más allá de los límites del Estado

En 2009, tras la promulgación de la Constitución y la consolidación del Estado plurinacional, del total de votos desde el exterior (en este caso, desde Argentina), el 92,1% fue para la propuesta política liderada por Morales. El eslogan político ‘Todos con Evo’ expresó la fuerza transnacional del proyecto político del MAS. En 2014, este porcentaje se mantuvo (92,2%), y en 2019, fue del 82,6%. Incluso en los momentos de crisis del movimiento político de Morales, la colectividad boliviana en Argentina ha sido fiel a su proyecto.

En paralelo, la cercanía del líder boliviano a la ex presidenta (y actual vicepresidenta) Cristina Fernández y al actual presidente, Alberto Fernández, llevó a Morales a cambiar la figura de asilo por la de refugio y aterrizar desde México en la Argentina del nuevo Gobierno suramericano.

La crisis de noviembre de 2019 (el golpe de Estado que forzó la renuncia de Morales mediante la presión y la vulneración de garantías democráticas por parte de las Fuerzas de Seguridad) derivó en un desafío inevitable: generar un liderazgo transfronterizo que reconstruya la deteriorada institucionalidad democrática y que reunifique a una sociedad fuertemente dividida.

El 22 de enero pasado habría finalizado el mandato del Gobierno constitucional de Morales, dando inicio al siguiente, al que se tildó de ilegal por haber sido éste candidato (y vencer en las elecciones) a pesar de la prohibición que establecía su propia Constitución.

Como algunos autores han remarcado, el dilema del MAS es optar entre continuar la construcción en la Bolivia rural y campesina, gobernando para los convencidos, o apelar a recuperar el apoyo urbano y de intelectuales que abandonaron el proyecto por considerarlo corrupto, elitista y clientelar, y que se enfrentaron a la resistencia de Morales a dejar su candidatura en manos de otros actores importantes de su proyecto.

Además, este dilema se complica porque el jefe de campaña, el protagonista del proyecto (el mismo ex presidente removido), se encuentra fuera del país, con la necesidad de confiar en los más leales para que sus esfuerzos de re-posicionar al MAS logren el impacto necesario para las próximas elecciones generales del 3 de mayo de 2020. Con la prohibición total de ser candidato, tanto él como su ex vicepresidente, Álvaro García Linera, Morales debe colocar a un sucesor que coadyuve a mantener el apoyo electoral de los militantes, pero también a captar votos de los sectores que se alejaron del movimiento o que temen la expansión de la derecha y sus discursos de odio.

Candidaturas para el nuevo proceso electivo

Siguiendo los resultados electorales de los comicios de 2019 (considerados fraudulentos y anulados), las tres primeras fuerzas presidenciales fueron el Movimiento al Socialismo Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP), con el 47,08% de los votos, Comunidad Ciudadana, con el 36,51% y, a mucha distancia, el Partido Demócrata Cristiano, con el 8,78%. Las seis fuerzas restantes no superaron el 8% en total.

El 3 de febrero de 2020, el Órgano Electoral Plurinacional informó las listas presentadas. La Acción Democrática Nacionalista (ADN) lleva como candidato a presidente a Ismael Schabib Montero, un ex militar con un discurso conservador y nacionalista muy extremo. Al anunciar su candidatura, aseguró que «desde dentro del sistema político, estaré siempre atento para evitar que vuelva la narco-dictadura masista, [y] predispuesto a hacer cualquier renuncia por el país, si fuera necesario, como lo hacía el general Hugo Banzar Suarez».

El Partido de Acción Nacional Boliviano (PAN-BOL) propone al dirigente de la Federación Nacional de Cooperativas Mineras Feliciano Mamani, que comparte candidatura con Ruth Nina, reconocida sindicalista que en las elecciones anteriores encabezó la lista. El Frente para la Victoria (FPV) presenta a Chi Hyun Chung, un pastor evangélico de prédica fuertemente misógina y en contra de la diversidad sexual.

Libertad y democracia ha elegido al ex presidente Jorge Fernando Quiroga Ramírez, anteriormente parte de ADN. Tras ejercer como vicepresidente de Hugo Bánzer, el cochabambino fue el presidente más joven de Bolivia cuando accedió al cargo entre 2001 y 2002.

Creemos propone a Luis Fernando Camacho Vaca, oriundo de Santa Cruz de la Sierra y que fue uno de los enemigos políticos más importantes del MAS y un protagonista relevante tanto de la oposición de la Media Luna como de las protestas de 2019.

Comunidad Ciudadana repite, como en 2019, la candidatura del ex presidente Carlos Diego de Mesa.

La organización política Juntos lleva como candidata a la actual presidenta de facto, que recibió la banda de manos de los militares tras la renuncia de Evo Morales. Aunque había anunciado que no competiría en los comicios, Jeanine Añez Chávez (del Movimiento Demócrata Social) confirmó su participación, convirtiéndose así en la única mujer candidata.

El MAS-IPSP candidatea a Luis Alberto Arce Catacora, ex ministro de Economía y Finanzas. Su buena reputación viene de su éxito en términos macroeconómicos y del impacto de las medidas de reducción de la pobreza, gracias a la cual desplazó a otros líderes de su partido, como el cocalero Rodríguez y la ex presidenta del Senado Salvatierra.

Las propuestas políticas de todas las agrupaciones están ancladas en un tiempo anterior, ya que convocan a figuras con reconocimiento entre la población y que han tenido roles políticos claros previamente. No hay lugar a la improvisación en un momento en que Bolivia está en peligro, tanto desde un paradigma como del otro.

Desafíos políticos en una sociedad dividida

En la América Latina del siglo XX, cuando eran habituales los golpes de Estado o las proscripciones partidarias, la construcción a distancia de una candidatura (propia o de un delfín elegido) se convirtió en una estrategia fundamental de supervivencia para algunas agrupaciones. En la actualidad, con el retorno de los golpes en su versión tradicional o renovada (bajo el discurso del impeachment), este sistema retoma protagonismo.

En contra de los estudios académicos que sostienen que las interrupciones presidenciales pueden ser positivas para América Latina, pues “mitigan la rigidez” del sistema presidencial, o “pueden representar un mecanismo de equilibrio subestimado del mismo, pues sólo causan daños superficiales y efímeros a la gobernabilidad democrática”, los casos recientes de Honduras (2009), Paraguay (2012), Brasil (2016) y Bolivia (2019) dan cuenta de cambios profundos en las estructuras políticas de los países. La reconstrucción política, luego de cada una de estas crisis de dimensiones inmensas, es un proceso conflictivo.

La represión desatada después del golpe en Bolivia, los asesinatos a manifestantes, la persecución y acecho a funcionarios del MAS, el exilio forzoso de su líder más importante, el discurso de odio y la estigmatización de los indígenas son marcas mucho más significativas y arraigadas en la memoria colectiva y en el trauma social que en las dictaduras anteriores.

El desafío político de Bolivia hoy es construir un Gobierno que repare el daño reciente y logre mantener el desarrollo económico, mejorando los elementos del proyecto anterior que fueron incompletos, desarrollando la salud, mejorando la calidad del empleo y despegándose de un modelo extractivo dependiente, que amplíe los derechos de las minorías y tome distancia de los discursos racistas, homófobos y misóginos que han ganado protagonismo tras las elecciones congresales extraordinarias en Perú.

Evo Morales afronta este reto a 2.600 kilómetros de la silla que su Movimiento quiere recuperar.

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