La corbata española

En mayo de 2016, un mes antes de las elecciones generales repetidas del 26 de junio, publiqué en mi blog una entrada con el título ‘La pajarita española’, que explicaba cómo se articulaba la competencia entre los diferentes partidos políticos. La estructura resultante tenía forma de pajarita, porque a la tradicional ordenación de los partidos en función del eje izquierda-derecha se añadía la divisoria entre partidos «nuevos» y «viejos». Era la época de la nueva política, ¿recuerdan? La aparición fulgurante de Podemos y la ampliación del radio de acción electoral de Ciudadanos a todo el estado había generado un flujo de votantes de los partidos tradicionales (PSOE y PP, pero también IU) hacia estas nuevas formaciones.

El dibujo resultante tenía forma de pajarita. A la izquierda, Podemos como representante la nueva izquierda e IU de la vieja, a la derecha, el PP como viejo y C’s como nuevo, y en medio los socialistas, con espacios de competencia a izquierda y a derecha, principalmente con las formaciones nuevas, tanto Podemos como C’s. El papel del PSOE era el más complicado de todos, ya que el nudo del lazo se situaba justo donde se ubicaban los socialistas. Decíamos entonces «si los dos polos se estiran, si hay polarización, el nudo puede ahogar al PSOE». Y casi lo hace: en esas elecciones Unidos Podemos quedó a sólo un punto y medio de atrapar a los socialistas.

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La situación actual, como entonces a un mes de la convocatoria general, es diferente. Ahora ya no podemos hablar de una «pajarita» cuando observamos lo que dicen los datos sobre los espacios de competencia, sino de una corbata. Y el nudo no está encima del PSOE, sino sobre C’s.

Comparado con hace tres años (¡sólo tres años!) el esquema de competencia ha perdido la doble dimensión. La «nueva política», omnipresente en el debate electoral de 2015 y 2016, ha desaparecido casi por completo. En sólo tres años, UP y C’s se han integrado en el sistema como fuerzas equiparables a las «viejas», lo que dice mucho de la plasticidad del propio sistema y de la capacidad de los electores para integrar y normalizar las novedades en un lapso de tiempo relativamente corto. La aceleración del mundo actual hace que las fechas de caducidad de las novedades políticas se acorten dramáticamente, de manera que lo que hasta hace poco era nuevo ahora ya se considere parte del paisaje.

Sin embargo, la pulsión irrefrenable por la novedad sigue presente en el cuerpo electoral, como reflejo de la propia sociedad. Esta pulsión ahora parece encarnarla Vox, para esa parte del electorado que ve en los de Abascal ecos de la propuesta rompedora que hace tres años personificaban Podemos y C’s. No es posible entender la atracción de Vox sobre este segmento de votantes sin hacer mención a la pulsión por la novedad, y a la necesidad de votar opciones antiestablishment, que no tienen por qué venir necesariamente por la izquierda (sólo hay que recordar a Trump, Bolsonaro y todos los outsiders de la derecha).

Al igual que hace tres años, el escenario sigue dominado por una política que tiende a la polarización. Los datos muestran que la mayor parte de electores que se mueven entre partidos lo hacen en los extremos: a la izquierda, entre PSOE y UP, y a la derecha, entre C’s, PP y Vox. En cambio, el espacio de competencia del centro es exiguo, con menos de cuatrocientos mil electores que bailan entre los socialistas y C’s. Pueden ser pocos, pero posiblemente terminen siendo fundamentales.

También como pasaba entonces, la mayor concentración de voto oscilante se produce en el espacio de la derecha. Aquí es donde se decidirá buena parte del resultado de estas elecciones (pero no todo, ni la parte más trascendental). La diferencia con hace tres años es importante. Cuantitativamente, porque ahora hay más de dos millones de electores en disputa, mientras que en 2016 había menos de un millón. ¿La diferencia? La explosión del voto al PP, que ha puesto en el mercado más de un millón de votos nuevos.

Pero el cambio en la derecha también es cualitativo. En 2016 se disputaban este voto dos formaciones, PP y C’s, mientras que ahora hay tres, los dos anteriores y los nuevos de Vox. Precisamente la aparición de Vox los últimos meses ha provocado un incremento del voto disputado, pero también ha producido un cambio en las direcciones del voto, concretamente desplazando una parte del voto del PP que en principio iba hacia C ‘s y que ahora muestra intención de votar por la extrema derecha.

Si se observan los trasvases entre los tres grupos de la derecha, parece claro que el PP es el principal repartidor de juego: tiene más de un millón de votos en disputa con C’s y casi uno con Vox. La mitad del millón que se juega con C’s ya se lo jugaba hace tres años, y en parte lo consiguió retener con la apelación al «voto útil» durante la campaña de las elecciones repetidas (entre 2015 y 2016 el resultado de C’s cayó en 373.000 votos, probablemente «devueltos» al PP para favorecer la consecución de un gobierno popular estable). Esta apelación a concretar el voto en el PP volverá a ser el eje de la campaña popular. De hecho, ya lo es.

El millón que se disputa el PP con Vox es nuevo, fruto de combinar la aparición de la extrema derecha en diciembre en Andalucía con el nuevo discurso de derecha dura de Pablo Casado desde que asumió la presidencia de los populares en septiembre. La estrategia de Casado ha abierto las puertas de sus votantes hacia la extrema derecha, y el éxito de Vox (y la propaganda, voluntaria e involuntaria, que le hacen los medios) ha hecho el resto. Entre votar a un partido como el PP, corrompido y poco fiable en la defensa de España (sí, hay gente que lo cree), o votar los nuevos y relucientes defensores de la patria, la moral, las tradiciones y las buenas costumbres, no hay color. Y en este discurso también entra parte del voto que abandonó el PP para recalar en C’s, precisamente porque los de Rivera (sobre todo a raíz del resultado del 21D en Cataluña) eran vistos como más duros, más modernos y menos manchados por la corrupción que el viejo PP. Son estos votos los que ahora viajan hacia Vox, después de ensayar el trayecto de PP a C’s a lo largo de 2018.

Precisamente esta movilidad, esta nueva frontera que se le ha abierto a C’s por su derecha, es lo que explica los movimientos de precampaña de Rivera, y más concretamente el anuncio que nunca pactará con el PSOE. C’s ha hecho un cálculo simple: se juega un millón y medio de votos por la derecha y menos de medio millón por su izquierda. No hay discusión, más cuando en la derecha empieza a huirte gente que no se fía de que, llegado el momento y con la aritmética necesaria, no acabes pactando con los usurpadores socialistas que okupan la Moncloa.

Pero este movimiento defensivo de los de Rivera, que pretende no perder el que parecía que ya tenían ganado en el caladero de la derecha, puede acabar provocando una réplica entre los votantes moderados que C’s se disputa con el PSOE. De enero a febrero se observa una clara retracción del voto socialista que mostraba intención de pasarse a los naranja, y podría muy bien ser que este movimiento responda al desplazamiento hacia la derecha de Rivera.

Este es el nudo de C’s, la corbata que aprieta el cuello de Rivera, atrapado entre la agitación del mercado del voto a la derecha y la necesidad de conservar una parte del voto tradicional que se disputa a su izquierda con el PSOE. Aquí es donde residirá la clave de estas elecciones del próximo 28 de abril. No sólo para Rivera y los suyos sino porqué aquí se jugará la posibilidad de que los tres partidos de derecha obtengan los escaños necesarios para hacer gobierno. Si pueden, lo harán. Si finalmente no llegan, los liderazgos de Rivera y de Casado podrían terminar siendo cuestionados.

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