La crisis de las dos cartas

La diplomacia es el arte de la negociación, pero si lo que pretendía el presidente López Obrador era ganar adeptos a su causa ha elegido el peor de los caminos. En 2021 México celebrará dos efemérides históricas de especial relevancia en su Historia: el bicentenario de su independencia de España y el quincentenario de la caída de Tenochitlan a manos de Hernán Cortes. Era la oportunidad perfecta para hacer el reconocimiento que se merecen todas las comunidades originarias de México y, por extensión, de buena parte de Centroamérica. Una oportunidad para, desde el respeto, la memoria y el reconocimiento de unos hechos, poner en valor la importancia de estas comunidades, de estos ciudadanos, reivindicando desde la Política (con mayúsculas) su legado, vigente en la actualidad y que forman parte del presente de México. Cerca de 15 millones de mexicanos lo esperan.

También era el año perfecto para que España celebrara ambas fechas porque la historia de México, también es la historia de España. Con sus luces y sus sombras. Porque es Historia compartida.

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Para preparar el terreno de este aniversario el pasado 25 de marzo López Obrador hizo oficial que había enviado sendas cartas al rey Felipe VI de España y al Papa Francisco para que se “haga un relato de agravios y se pida perdón” por lo que sucedió hace 500 años. Habló de las “violaciones a lo que ahora se conocen como derechos humanos” cometidos por España y la Iglesia católica. La respuesta fulminante del gobierno de España a las pocas horas de hacerse público el envío de cartas ha sido negar que eso, el perdón, vaya a pasar nunca. Lo que podía ser un acontecimiento sociocultural y político de primera magnitud se había convertido en una crisis diplomática forzada.

En la época del general Porfirio en México, especialmente a finales del siglo XIX, se practicaba, y se popularizó la esgrima. Destacaban dos clases de duelo: el satisfactorio, el ofendido, que realmente no quería realizarlo, se contentaba con una satisfacción; y el propugnatorio, que solo se proponía defender su honor, sin ánimo de matar. Hacer público un asunto diplomático y, por tanto, privado ha sido el error -a ojos de España- de López Obrador. También el fondo. Y digo error para España porque es una evidencia que para López Obrador el error, ha sido buscado. La explicación de las cartas fue explicada en un vídeo movido por las redes sociales del propio López Obrador, y en días sucesivos expuesto y explicado en mitines y ruedas de prensa por él mismo, quién ha seguido defendiendo su tesis, de forma por cierto bastante más agresiva. López Obrador hablaba ya en clave interna, mexicana. Él buscaba una satisfactorio, una satisfacción y Sánchez el propugnatorio, defender el honor.

Todo parece indicar que se ha perdido una magnífica oportunidad para trabajar realmente por y para las comunidades indígenas, los pueblos originarios, y explicaré por qué. El ruido mediático generado por el “perdón” ha silenciado dos cuestiones abordadas por López Obrador que a mi juicio son importantes. Dijo que el perdón debía hacerse a los pueblos originarios, es decir, a cerca de 15 millones de mexicanos indígenas, no al Estado, no a México. Se pone el foco en el individuo por encima de todo. Es a ellos a los que debemos rendir cuentas. El perdón es para ellos, los más marginados actualmente en México. Y ese perdón lo debe hacer, también, México como Estado. López Obrador lo ha dicho varias veces. La responsabilidad, la que sea, no voy a medirla,  debe ser compartida por México y por España.

En México, al igual que en otros países de América Latina, los pueblos indígenas se caracterizan por ser un grupo altamente vulnerable. Ser indígena aumenta la probabilidad de una persona de vivir en condiciones de pobreza y de tener un menor acceso a servicios básicos de salud. La desigualdad en México, especialmente con la comunidad indígena, es estructural. Y a pesar de los avances en igualdad de oportunidades, queda mucho camino por recorrer en materia de derechos humanos y culturales. Con el planteamiento de López Obrador, al menos sobre el papel, era México, el Estado, el que debía hacer un ejercicio colectivo de responsabilizarse de su propia historia y, lo que a mi juicio es lo importante, de responsabilizarse ante sus ciudadanos, todos, también los indígenas. Todos los que hemos trabajado con poblaciones indígenas sabemos de la importancia del reconocimiento de su identidad. De ser considerados ciudadanos de primera, porque ahora mismo no lo son. De las palabras habría que pasar a los hechos. ¿Puede México de una vez reducir las desigualdades existentes con sus comunidades originarias? La propia Constitución de México reconoce su diversidad cultural como nación, y el respeto por las identidades, todas las identidades. 2021 era, y sigue siendo, la excusa perfecta para hacerlo realidad. Estoy convenido que habría multitud de fórmulas con las que celebrar en 2021 nuestra historia conjunta en las que tanto España y México (como Estados) sentirse cómodos y, la parte que pare mi es importante, los pueblos originarios reparados. Desde luego no equivocándose en las formas (desvelando comunicaciones no públicas) ni tampoco con planteamientos extemporáneos de fondo.

La petición de López Obrador del perdón por cierto no es inédita, en las últimas décadas varios gobiernos latinoamericanos han hecho peticiones similares. No digo ya organizaciones civiles locales, nacionales y regionales latinoamericanas. Seguro que no será la última. Tampoco es una particularidad latinoamericana, la mayoría de países coloniales han rendido cuentas, al menos simbólicamente, con países o comunidades a las que, en tiempos pasados, criminalizaron, persiguieron, robaron, estigmatizaron. Lo ha hecho el Reino Unido, Francia o Bélgica. También Australia o Canadá. Cada uno con sus razones. Es una obviedad que la España de hace 500 años no tiene nada que ver con la de 2019, tampoco la de hace 200 años. Igual que México. Honestamente no deberíamos rasgarnos las vestiduras. Es poner a la Historia en su lugar, a la historia pasada y a la presente. También es ponernos como sociedad en el lugar de la misma. Naturalizarla. A España nos sigue pesando nuestra Historia. La de hace 500 años, y la de hace 80. La Historia la escriben los vencedores, pero la Historia también es de los perdedores. Y sólo desde la honestidad podemos explicar quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí para poder encarar un futuro. Porque la Historia también es, por suerte, futuro.

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