La cuestión china en las elecciones estadounidenses

Una de las señas de identidad de la Presidencia de Donald Trump, y también la principal baza que le llevó a la victoria en 2016, ha sido su fuerte discurso proteccionista; contrario, sobre todo, a China. Así, su campaña y los debates frente a la entonces candidata demócrata, Hillary Clinton, estuvieron centrados en acusar a la potencia asiática de crecer a costa de los Estados Unidos, robando puestos de trabajo a los americanos, devaluando su moneda, no respetando las leyes de propiedad intelectual, subsididando sus exportaciones e, incluso, patrocinando ciberataquesdesde el Estado.

Tradicionalmente, el republicano ha sido el partido más identificado con el libre comercio, al menos como principio. Por su parte, la base demócrata, especialmente la más vinculada a los sindicatos, entre los que existía la opinión de que el comercio internacional exportaba empleos, se ha inclinado hacia posiciones más proteccionistas. A pesar de ello, en general, las presidencias demócratas se han mostrado favorables a los intercambios, regidos por acuerdos bilaterales, y han defendido el multilateralismo.

La opinión de que el comercio es el causante de la pérdida de empleos, fundamentalmente en la industria, ha ido extendiéndose en la sociedad estadounidense a medida que China ha ido ganando peso económico y en la escena global. En particular, la integración de ésta en el comercio internacional ha sido, desde su entrada en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, un reto creciente para EE.UU. (y también para el resto de la comunidad internacional). Y ese reto ha sido mayor y más difícil de afrontar a medida que el país asiático ha ido ganando peso como contraparte principal en los eslabones estratégicos de las cadenas globales de valor, base esencial (al menos, hasta la irrupción del coronavirus) del comercio mundial.

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Hoy, Estados Unidos importa de China bienes y servicios por valor de más de 450.000 millones de dólares , un valor cuatro veces mayor que el de los que exporta, mientras que en 1990 el comercio entre ambas zonas era prácticamente inexistente (ver Gráfico 1). El volumen creciente de intercambios se ha traducido en un déficit comercial para Estados Unidos que ha ido aumentando de forma continuada (salvo en 2019) como consecuencia de la guerra comercial.

Pero además, el crecimiento del comercio entre ambas zonas ha sido paralelo a un aumento del peso de China en el Producto Interior Bruto mundial (Gráfico 2) y también a una mejora de su renta per cápita en relación a la del resto del globo.

Es lógico, por tanto, que Estados Unidos recele, cada vez más, del peso e influencia de China, quien ejerce también una importante influencia digital y geoestratégica. Por un lado, el peso de la economía estadounidense en la mundial se ha visto reducido desde un 31,7% en 2001 (año de la entrada de China en la OMC) a un 24,4% en 2019. Y, por otro, además, la convergencia del país asiático –su renta per cápita representa ya el 25,8% de la de los Estados Unidos, desde el 8,7% en 2001– se ha acelerado precisamente en los momentos de estancamiento o recesión de la economía norteamericana (Gráfico 3).

Políticamente es difícil de explicar que es precisamente en los momentos de más preocupación, en los que los ciudadanos ven estancarse o disminuir su bienestar y pierden sus empleos, cuando el gigante asiático ve acelerar su ritmo de convergencia. Sucedió, por ejemplo, durante la Gran Recesión, cuando China crecía por encima del 9% en 2008 y 2009 mientras el PIB estadounidense se contraía un -0,1% y un -2,5%, respectivamente, y la tasa de paro alcanzaba valores próximos al 10%. Y está sucediendo de nuevo ahora, cuando la pandemia puede terminar afectando más al crecimiento y a la economía estadounidense (-4,3% en 2020 y +3,1% en 2021, según las últimas previsiones del Fondo Monetario Internacional) que a la china (+1,1% en 2020 y +8,2% en 2021).

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Es probablemente por todo ello por lo que, durante la campaña a las elecciones del próximo 3 de noviembre, las posiciones abiertamente favorables al libre comercio, a la defensa de los acuerdos regionales y bilaterales o, incluso, al abandono del unilateralismo en la aplicación de aranceles no están presentes y, en realidad, su defensa ha quedado en tierra de nadie.

Más bien parece haberse producido cierta convergencia, desde las posiciones más favorables al libre comercio propias de los republicanos y de algunas de las presidencias demócratas, hacia aquéllas más tendentes al cierre de fronteras, a la reducción de la dependencia de China y a la defensa del trabajador americano defendidas por Trump. Ello, ante la evidencia de que ello podría ser uno de los elementos que decidan la victoria electoral.

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