La Cumbre de Paris: ¿el fin de la procrastinación del cambio climático?

Hoy empieza la Cumbre de París, la sesión 21ª de la Conferencia de las Partes (COP21) de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (París, 30 de noviembre al 11 de diciembre). En los días previos a la conferencia parece estar a punto de vivirse el éxito político en el ambiente: una asistencia de 117 primeros ministros o presidentes y 196 países participantes, respirando una atmósfera en la que parece que esta vez sí será posible el acuerdo. Las razones: por un lado, parece un  momento ya inaplazable para tomar decisiones vinculantes y, por otro,  ahora parece ya el momento en  que existe una convicción y una voluntad política  en los países miembros mayor para combatir de una vez por todas el  cambio  climático. Así, días antes de la conferencia,  más de 170 países habían presentado sus planes nacionales correspondientes y se mantenían unas expectativas cercanas en los debates al objetivo de reducción de los 2 grados (1,5 grados).  Sin embargo, unas expectativas algo mejores nos inducen a creer  que un acuerdo es posible. Recordemos que en este tipo de cumbres las expectativas siempre se frustran  por una razón: pensamos que un problema que necesita una solución inaplazable sólo se resolverá con un pacto vinculante exigente y que será definitivo para todos. En última instancia, el fin de la procrastinación medioambiental y, del cambio climático, en particular, no puede depender de, única y exclusivamente de un pacto vinculante. A grandes expectativas, resultados insatisfactorios. Sin embargo, esta vez sí  parece que tiene que haber un impulso político hacia el fin de la procrastinación.  Veamos los perfiles de un problema complejo en un Cumbre en el que el acuerdo será difícil.

La primera razón es que el cambio climático es ya indudable. El consenso científico es unánime. Se trata del problema medioambiental más grave al que nos enfrentamos y ningún gobierno puede ya negar. El planeta se calienta. 2014 fue el año más caluroso desde que hay registros de temperatura. En España este verano hemos tenido la ola de calor más larga y el mes de julio más caluroso. Esta tendencia parece continuar. Además, propicia desastres naturales –inundaciones, sequías, ciclones, etc-. Este calentamiento se ha intensificado desde la década de los cincuenta: la atmósfera y el océano se calientan, los volúmenes de nieve y hielo disminuyen, el nivel del mar sube. La clave de ese calentamiento son, evidentemente, los gases de efecto invernadero derivados de la actividad humana. Naturalmente, la clave está en que emitimos más C02 del que el planeta es capaz de asimilar. El quinto informe del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) asegura que como consecuencia del cambio climático la temperatura a final de siglo habrá aumentado entre 3,7 y 4,8 grados si no se adoptan medidas de control. Los científicos han establecido un aumento máximo de 2 grados para el año 2100.  Esto implica un recorte de entre un 40 y un 70% de las emisiones de los gases de efecto invernadero para el 2050 y llegar a un nivel cero a final del siglo XXI. Hay, pues, una cambio climático ya comprometido debido al CO2 emitido por el hombre desde la década de los setenta. Por tanto, la temperatura seguirá aumentado, lo que se puede hacer es intentar disminuir su aumento. Hay una sensación de pérdida de tiempo ante el cambio climático, de que París debe ser una conferencia histórica, como lo fue Kyoto, en su momento. El Protocolo de Kyoto (1997) puso el cambio climático en el centro de la política medioambiental y  fijó los objetivos de reducción de los gases de efecto invernadero  en los países desarrollados. Sin embargo, sólo vinculó a 37 países firmantes,  abarcó sólo  a un 12% de las emisiones y dejó   fuera las principales potencias emisoras (China y Estados) y tuvo una eficacia limitada en la reducción de gases de efecto invernadero. De hecho,  la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera sigue creciendo y en 2014 marcó un nuevo récord. El dióxido de carbono (CO2) —que desde la era preindustrial ha crecido un 143%— se sitúa casi en las 400 partes por millón, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Por su parte, la Oficina Meteorológica británica (Met Office) avisa de que la temperatura del planeta a final de este 2015 será 1,02 grados más que el promedio previo a la Revolución Industrial.

Ante esta situación la Cumbre de París tiene el desafío de sustituir el protocolo de Kyoto y combatir unos niveles climáticos desconocidos. Para ello, la fórmula de compromiso y de negociación y de compromiso ha cambiado. Kyoto creó un compromiso vinculante de carácter colectivo y sanciones, un modelo con poco éxito. El de París parte de un compromiso de los Estados para llegar unos niveles razonables sobre los que llegar a un consenso global. Las dificultades radican, al menos en tres grandes aspectos: el carácter legalmente vinculante del protocolo – el caso de Estados Unidos, cuyo Presidente no controla el Congreso y el Senado en la actualidad-; en segundo lugar, las políticas de adaptación que se puedan crear para los países más vulnerables para prepararse para el cambio climático y, finalmente, la gran cuestión: si habrá acuerdo o no.   ¿Se superará el fracaso de Copenhague en 2009? Hay, desde luego, una sensación de cita histórica, tanto por la necesidad de abordar un problema en el que  no se puede perder más tiempo porque las señales del cambio climático son cada vez más evidentes y en el que parece que hay un  compromiso mayor de los principales líderes y naciones del mundo. En cualquier caso, si el acuerdo no es el fin de la procrastinación del cambio climático, nos quedarán al menos, los compromisos voluntarios de los países en su legislación nacional. 

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