La democracia boliviana sale fortalecida

La presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez Chávez, ha sido fuertemente criticada y tildada de “autoritaria”. Sí, su política se escora hacia la derecha y formó parte de la dura oposición a Evo Morales. El hecho de que amagara con presentarse a las elecciones fomentó también las acusaciones de que utilizaría la oficina de Presidencia para mantenerse en el poder. Sin embargo, la campaña electoral transcurrió sosegadamente y el Movimiento al Socialismo (MAS, el partido de Morales) aceptó participar en la contienda.

Tras no recibir apoyo suficiente en las encuestas, Áñez optó el mes pasado por no presentarse, y la dinámica cambió. Y la contundente victoria electoral del candidato del MAS ha acabado por contradecir la narrativa de que el autoritarismo pretendía mantener a este partido lejos del poder. Por eso, el hecho de que Áñez felicitara públicamente a Luis Arce Catacora, el candidato del MAS y ex ministro de Economía con Morales, como ganador no es algo baladí y merece destacarse. Fortalece la democracia boliviana.

Lo mismo se puede decir del reconocimiento de Carlos Mesa, líder de la opción no-masista, hacia su rival cuando los únicos datos disponibles eran los de los sondeos a pie de urna, porque significa que al menos el ala centrista de la oposición al MAS respeta el proceso electoral. Candidatos más a la derecha, como Luis Fernando Camacho, también aceptaron públicamente los resultados, sólo a la espera de conocer los oficiales para ver la composición final del nuevo Parlamento. Esto también fortalece la democracia boliviana.

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Que Arce haya salido victorioso de los comicios y lo haya hecho evitando una segunda vuelta que podía haber perdido demuestra la salud que mantiene su formación como proyecto político. De hecho, su popularidad parece ser mayor que la individual de Evo Morales, cuando hasta no hace mucho era al contrario. Históricamente, el apoyo electoral al MAS era más fuerte cuando Morales se presentaba, y su voto superaba al de gobernadores, legisladores y consejos municipales. Pero el 54% que se estima para Arce sería superior al porcentaje que aquél obtuvo en las controvertidas elecciones de 2019, cuando (según fuentes creíbles) Morales habría evitado una segunda vuelta, precisamente contra Carlos Mesa. La jornada electoral de este domingo pasado sugiere que una mayoría de los bolivianos apoya el proyecto masista, una vaga combinación de socialismo democrático y nacionalismo económico.

Estos comicios han forzado una transición de liderazgo dentro del MAS. Por ahora, hay indicios de que Arce pretende gobernar por sí mismo, sin otorgar a Morales un espacio dentro del Gobierno. En todo caso, pasa a mejor vida la magia de éste como única figura que podía manejar la coalición interna del MAS. Si es así, la formación puede salir de la contienda como un partido institucionalizado que puede sobrevivir a cualquier caudillo. De confirmarse, también fortalecería la democracia boliviana.

La noche de la elección, me preocupó que todos aceptaran tan rápido los resultados. Dada la experiencia caótica de 2019, era preferible esperar al escrutinio oficial de la Corte Electoral, que decidió cancelar el sistema de conteo rápido (donde se cometió el fraude en 2019) y centrarse en el recuento oficial, que es más lento. También me temía que estallara de nuevo el caos en caso de que, finalmente, fuera necesaria una segunda vuelta después de que todos ya hubieran felicitado a Arce, pero parece que actuaron correctamente. Históricamente, las encuestas preelectorales en Bolivia tienen muchos problemas, y es una buena noticia que hayan mejorado y que los actores políticos entiendan y acepten los resultados. Otra señal positiva para la democracia boliviana.

Dado todo lo anterior, ¿cómo podemos interpretar la elección en sí? ¿Y qué más podemos saber de las perspectivas democráticas bolivianas a largo plazo? Lo más destacable es que Mesa no era un candidato fuerte para enfrentarse al MAS aunque fuera, quizás, la única opción dado el contexto. Como ex presidente (asumió la silla presidencial en 2003, después de que Gonzalo Sánchez de Lozada abandonara el cargo), el candidato ahora derrotado podía considerarse una buena elección, pero hay que recordar que su etapa en el Poder Ejecutivo fue problemática y su perfil le debe más a su estatus público de intelectual. Es más, por su descendencia de la elite criolla paceña, Mesa era una opción rara para una Bolivia plurinacional y ‘post-masista’.

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Pero seamos claros: Mesa no es una figura ‘derechista’. Su plataforma política no era tan diferente a la del MAS. A veces es muy fácil desde fuera (particularmente, en Estados Unidos) imponer nuestras categorías ideológicas, pero Bolivia es mucho más complejo y merece ser entendido en sus propios términos. El MAS no es un partido ‘socialista’ (varios partidos e intelectuales socialistas bolivianos han criticado durante años a Morales y a su formación), y Mesa quedaría mejor etiquetado como liberal progresista. Además, trabajó estrechamente con el Gobierno de Morales, al servir como embajador ante La Haya en la disputa territorial del Litoral. Por si fuera poco, ese mismo Ejecutivo repartió gratuitamente el libro de Mesa (El libro del mar) a todos los escolares del país.

El mayor problema de la candidatura de Mesa es el mismo que debilita la fuerza anti-masista desde hace más de una década. Cada ciclo electoral, una verbena de figuras salen a luz, construyendo coaliciones improvisadas en quijotescos intentos de derrumbar a Evo Morales. Fracturados por regionalismo, la ideología y otros elementos, estos candidatos han dejado que su vanidad prevaleciera sobre la estrategia política. En 14 años, la oposición no ha sido capaz de construir un partido institucionalizado. El único que se acercó fue Samuel Doria Medina, un político de centro-izquierda y empresario; pero su Unidad Nacional se convirtió a la postre en un participante más del ciclo de constitución de alianzas efímeras.

La asignatura pendiente de Bolivia será la construcción de un partido opositor viable, disciplinado y coherente. De nuevo, las elecciones de 2020 dejaron al MAS como el único viable del país. Una democracia fuerte requiere de partidos; en plural. La tarea de la oposición sigue siendo la misma que desde 2006: construir instituciones políticas de largo plazo.

Otro factor a tener en cuenta es cómo responderán los bolivianos que salieron a las calles (la Revolución las Pititas) contra Morales en 2019, a raíz del fraude electoral a favor de una candidatura inconstitucional. Un año más tarde, los resultados de una elección limpia ejecutada bajo un Gobierno ‘anti-masista’ han dado la victoria al candidato del MAS. El politólogo Adam Przeworski ha dejado dicho que la democracia es “un sistema en el que los partidos pierden” (o sea, que aceptan los resultados y miran hacia la próxima elección). Bueno, la democracia es también un sistema en el que los ciudadanos aceptan que su candidato perdió.

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