La ‘derechización táctica’ del centro


Existe un consenso generalizado sobre cómo se leyeron los resultados del 28-A: un apoyo del pragmatismo adoptado por Pedro Sánchez tras 10 meses en la Moncloa, y un castigo de los discursos de oposición más duros cuando éstos los han emitido los representantes supuestamente moderados. La calma chicha impuesta por la campaña de las europeas, autonómicas y municipales permite albergar algunas esperanzas a los perdedores del 28-A de contener la herida y evitar la sangría completa. 

No obstante, ya disponemos de perspectiva para empezar a identificar los trazos de fondo más relevantes que se dieron en las elecciones generales, y detectar los movimientos tectónicos en el sistema de partidos que se han venido dando en esta última década. Las elecciones autonómicas y municipales difícilmente alterarán esas derivas.

Algunos aspectos matizan la primera impresión producida por la contundencia de los resultados preliminares de la noche electoral. Para calibrar mejor esos matices, es necesario comparar las generales de 2019 con su verdadero precedente, las elecciones de 2015, ya que la repetición de los comicios en 2016 introdujo algunos sesgos en la participación de los electores que sólo reflejaban los efectos del fracaso de la investidura de aquel momento.

Todos los analistas coinciden en reconocer algo que ya se había ido perfilando a lo largo de la anterior legislatura: el asentamiento de los dos bloques que organizan la competición política española. Y el 28-A uno de ellos se impuso en las urnas.

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Sin embargo, no es oro todo lo que reluce para la izquierda. El 28-A deparó una victoria parlamentaria del PSOE, pero ello no impidió que la izquierda retrocediera cerca de 300.000 votos respecto a 2015. La gran movilización que sugirió el incremento de participación no extendió la base social de la suma de PSOE, Podemos, IU y sus confluencias. Se benefició el tercer bloque de la política española: nacionalistas y regionalistas periféricos.

Si ampliamos la perspectiva, este estancamiento de la izquierda adquiere incluso rasgos estructurales, como puede intuirse en el gráfico 1. De las ocho elecciones generales celebradas desde 1996, 2009 marca el quinto mejor resultado. En realidad, sólo quedan por debajo los pésimos datos de 2000 y 2011, aparte de los anómalos de 2016.

Además, si tenemos en cuenta cómo habíamos interpretado hasta ahora el impacto de la participación, parece que una afluencia a las urnas más intensa haya dejado de ser sinónimo de mayor apoyo social a la izquierda (ver línea de puntos en el gráfico 1). Dicho de otro modo, la derecha ha dejado de sufrir los picos de participación de la misma manera que sucedía en el pasado. 

Este estancamiento de la base social de la izquierda podría reflejar síntomas de desmovilización del electorado de Podemos, algo que sólo podemos confirmar con datos de encuesta posteriores. Pero también ha contribuido una causa más significativa: a pesar de que la presidencia de Pedro Sánchez ha logrado mejoras importantes, el PSOE no ha recuperado todo el votante de centro y centro-izquierda perdido desde 2011.

Como se observa en el gráfico 2, que utiliza la encuesta pre-electoral para estimar los datos de 2019, la victoria de Sánchez se ha beneficiado del retorno de votantes de centro con preferencias más progresistas ‘ma non troppo’. En el pasado, ése era un colchón muy importante, pero también de lealtad más fluctuante: su caída siempre ha significado derrotas socialistas.

El gráfico 3 muestra esa evolución desde 2004 entre los electores que se ubican en la franja 5 de la escala izquierda-derecha. Esa franja representa uno de cada cinco electores españoles, más de siete millones del actual censo electoral. Tradicionalmente, ese voto se lo disputaban populares y socialistas, que representaban cerca del 60% de esos ciudadanos, siendo el resto para partidos nacionalistas periféricos y abstencionistas. 

A diferencia de UPyD, Ciudadanos sí pudo abrirse un agujero importante con su programa de centro en 2015, ocupando el espacio que habían desalojado el PSOE primero y luego el PP. Son esos votantes que Pablo Casado no supo, no pudo o no quiso representar durante sus primeros meses como presidente del PP, con los resultados evidentes.

Además, esas dificultades de Sánchez para mejorar entre los votantes progresistas de centro pueden estar produciendo un movimiento de efectos trascendentales, que trastoca el juego entre bloques que conocíamos hasta ahora. A pesar de que la sociedad española mantiene una destacable estabilidad en su distribución ideológica, anclada en el centro y centro-izquierda, en la última década empieza a percibirse una ‘derechización táctica’ del centro. ¿A qué me refiero con ello?

Esta derechización táctica se basaría en un mecanismo complejo: se origina con potenciales votantes del PSOE que desconfían de éste y prefieren dar su apoyo a un partido más moderado con la intención de favorecer el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, desincentivando así los pactos entre socialistas y Podemos o los independentistas; sin embargo, estos votantes progresistas quedan encuadrados mecánicamente en un espacio en el que, cada vez más, crecen y se convierten en mayoría los votantes de centro-derecha, que castigan los acuerdos con el PSOE y apoyan a Ciudadanos con el objetivo contrario a los primeros: apoyar pactos con el PP y anclar a los naranjas en la derecha. El resultado es que los apoyos progresistas de Ciudadanos han ido quedando relegados en la estrategia orientada a la derecha que los de Albert Rivera necesitan mantener si quieren dar el sorpasso al PP. Resumiendo: votantes de preferencias progresistas cuya representación queda reubicada más a la derecha de lo que querrían.

¿Cuántos son y qué representan? Como sugiere el gráfico 3 (que muestra la evolución el porcentaje de los que votan según su ubicación en cada franja de la escala izquierda-derecha en 2008, 2015 y 2019), ese espacio de centro y centro-izquierda ocupado en el pasado por el PSOE (y que UPyD trató de colonizar temporalmente) se aproxima al millón de votantes. Ese segmento, que en el pasado había votado PSOE y podría volver a hacerlo, se identifica más bien como progresista, liberal o socialdemócrata en las encuestas, y apoyaba un pacto entre Sánchez y Rivera.

Su valor cualitativo es aún mayor que el cuantitativo, porque son contrarios a la política de bloques y prefieren gobiernos que sumen centro-izquierda y centro-derecha, aunque rechazan la deriva del nuevo PP y son muy críticos con la tolerancia respecto a la corrupción y las malas prácticas de la política española. No aceptan ser etiquetados como conservadores y confieren pedigrí de progresismo socialdemócrata a Ciudadanos. De hecho, representan uno de los nervios básicos que dio lugar a este partido en Cataluña en la década pasada. Pero empezaron a perder peso en la imagen de la formación desde 2017, tras su último Congreso nacional, donde se adoptó abiertamente la estrategia de comerse al PP para devenir uno de los grandes en la política española. Esos votantes pretendían anclar a Ciudadanos en el centro, pero hoy son ellos quienes han quedado anclados ‘tácticamente’ a la derecha.

El éxito de Ciudadanos en estas elecciones generales habría sido retener una parte importante de estos votantes frente a la atracción del PSOE, tal como buscaba Rivera con su veto a Sánchez. Pero el rendimiento ha sido previsiblemente mejorable. Ciudadanos ha ganado más de 600.000 votantes respecto a 2015, pero ‘ha dejado de ganar’ más de 2,5 millones perdidos por el PP y recabados por Vox. Son términos agregados, a la espera de poder cuantificarlos mejor con la encuesta postelectoral del CIS. Pero ya se ve que son muchos votos. Demasiados. Y están demasiado a la derecha para que Ciudadanos los pueda recuperar simplemente desde la moderación que le exigen aquellos votantes derechizados tácticamente

Algunos de esos votantes de derechas empezaron a dejar el PP tras la crisis catalana, en otoño de 2017, cuando Ciudadanos tuvo su momento y se aupó a la primera posición en las encuestas. Lo apostó todo a su mensaje duro contra el independentismo y ganó las elecciones autonómicas en Cataluña en diciembre de aquel año. Pero la moción de censura frustró esas expectativas. A pesar de que la salida del Gobierno le supuso al PP perder más de 10 puntos de voto leal entre mayo de 2018 y marzo de 2019, Ciudadanos no recogió (en términos agregados) ni uno solo, ya que perdió cinco puntos en las transferencias desde el PP en ese mismo período, como sugiere el gráfico 4: la ola de Ciudadanos fue completa, subió y luego bajó.

Y eso nos lleva a última de las paradojas que nos depararon las elecciones del 28-A: Vox puede haber salvado al PP si las elecciones autonómicas mantienen el mismo patrón que las generales. A pesar de la brutal caída del partido de Casado, Vox ha impedido el ‘sorpasso’, desviando unos pocos centenares de miles de votos que le hubiera brindado a Ciudadanos el liderazgo de la derecha y quizá la estocada al PP. Eso no sucedió y ahora se conforma un panorama más complejo para la derecha aunque no tanto para el PP, como se está sugiriendo. En el sistema de partidos más polarizado desde 1977 (ver gráfico 5), Ciudadanos seguirá teniendo pendiente resolver su dilema, ahora en peores condiciones: tiene más votantes a la derecha y depende más de ellos, haciendo más difícil satisfacer a sus votantes ‘derechizados tácticamente’. En cambio, será el partido aparentemente más acosado, el PP, el que podrían ensayar una actualización de la política ‘catch-all’ que tan bien aplicaron sus antecesores. Puestos a inspirarse en Aznar, quizá Casado debiera estudiar mejor sus obras como presidente del Gobierno antes que sus libros como expresidente, porque no concuerdan. Quizá Pedro Arriola le expliqué por qué.

Ésa es la gran contradicción que se auguraba en las semanas previas al 28-A: cuando parece que una parte importante del electorado y de sus representantes políticos parecen valorar cada vez más la vuelta al pragmatismo y la moderación, se acentúan los incentivos para huir de ella. Quizá por ello los líderes suelen demostrar su olfato político cuando deben resolver la contradicción entre los incentivos y sus principios.

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