La dimensión económica del nacional-populismo

Lo que se ha dado en llamar nacional-populismo es un fenómeno nuevo si por tal identificamos a todos esos partidos que, desde las filas conservadoras, han aparecido para oponerse a los grandes consensos socio-económicos que la izquierda habría conseguido imponer y que la derecha cobarde no habría sabido oponer.

El feminismo, los movimientos LGTBi, el animalismo, la Unión Europa o la inmigración suelen ser sus caballos de batalla y donde más intensifican la radicalidad de su discurso. Esto ha llevado a algunos autores a definir estos movimientos como la “derecha no alienada” (Juárez, 2016), por su empeño deliberado en acabar con la hegemonía ideológica de la izquierda posmoderna.

En el caso español, Vox representa este nuevo modelo conservador-no-alienado, que se presenta a sí mismo como un partido esencialmente español. Es un movimiento que recoge el descontento de muchos conservadores asustados por la deriva independentista en Cataluña y que consideran que el PP no ha estado a la altura (represiva) que el momento requería.

Esto, unido al temor que les produce el cuestionamiento cada vez mayor de asuntos socio-culturales que parecían incuestionables (toros, caza, familia tradicional, etcétera) da una idea del perfil de los votantes y de la ideología de este partido.

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El frente económico no ha sido objeto de muchos análisis a pesar de una aparente paradoja: si en los años 30 el crash del 29 favoreció la aparición de una derecha fascista decididamente estatalista y crítica con el liberalismo, la crisis financiera del 2008 no ha animado el auge de una derecha anti-liberal en Europa, sino todo lo contrario: ha reforzado aún más su liberalismo más radical.

Para analizar la dimensión económica del nacional-populismo en España, hemos acudido a los manifiestos, programas electorales, conferencias, mítines y entrevistas a los líderes más representativos de Vox; también a las plataformas Horizonte2019 y Horizonte2019_Europa, a través de las cuales más de 40 expertos recopilaron evidencia empírica sobre la posición de los distintos partidos que se presentaron a las generales y europeas de abril y mayo de 2019, y que sirvió de base para que los usuarios, a través de 25 preguntas clave, pudieran ver cómo de cerca o de lejos estaban de las opciones partidistas que se presentaba a cada convocatoria.

Como podemos ver en el siguiente cuadro, la posición este partido en asuntos económicos clave refuerza esa idea de un neoliberalismo que se siente muy cómodo con el perfil cada vez más autoritario del capitalismo que surge tras la crisis de 2008 (J. Ramos & María Esther del Campo, 2017).

La posición de este partido es claramente pro-mercado en las preguntas económicas planteadas. La reducción del gasto público, la eliminación del salario mínimo, el despido libre, el abaratamiento de costes, las subvenciones públicas o la bajada de impuestos forman parte de su ADN ideológico.

Es cierto que todavía no tenemos evidencias suficientes para poder afirmar que estas propuestas económicas se verán reflejadas en políticas públicas concretas allí donde Vox gobierna ya a nivel municipal, ni en los acuerdos a los que está llegando con otras fuerzas conservadoras a nivel autonómico o nacional. Pero por sus posicionamientos cabe esperar que su aparición y éxito electoral refuerce el desmantelamiento progresivo de aquellas políticas económicas más ligadas a lo que ellos consideran valores hegemónicos de la izquierda.

Los chiringuitos progres que con tanto desdén critican no son sino el apoyo que, desde distintas administraciones, se da a grupos socialmente vulnerables como mujeres maltratadas, menores inmigrantes no acompañados, así como otras medidas vinculadas a salarios de inclusión para desempleados de larga duración o emigrantes.

Esto sesgo no opera, en cambio, cuando afecta a cuestiones religiosas, especialmente de índole católica. Vox está de acuerdo en subvencionar colegios religiosos (principalmente católicos en España) porque la libertad de los padres a elegir la educación de sus hijos está por encima del gasto público que esta medida puede generar.

Se establece, así, una aparente contradicción ideológica en tanto que la reducción del gasto, medida que apoyan claramente, no es general y aplicable a cualquier aspecto social, como cabría esperar, sino a aquellos aspectos más vinculados a valores hegemónicos de izquierda; en este caso, el laicismo y la educación pública.

Con todo este bagaje ideológico, es muy probable que la aparición de Vox refuerce aún más los procesos de ‘mercantilización’ iniciados en España los años 80, reforzados y consolidados posteriormente y que, en la actualidad, tras la crisis financiera de 2008, parecen claramente hegemónicos sin un contrapeso con el que oponer una alternativa más social e inclusiva.

La fórmula thatcheriana de “no hay alternativas al capitalismo” que se ha ido imponiendo paulatinamente desde los 80, y que la socialdemocracia ha aceptado de manera acrítica desde Tony Blair hasta Pedro Sánchez, es reivindicada de manera impositiva por las nuevas derechas populistas.

Lo que consolida Vox en este proceso es una perspectiva más incisiva y autoritaria que combina el apoyo decidido a una creciente mercantilización con una reivindicación contra el independentismo, el globalismo, el feminismo y otros ismos identificados con una izquierda que ha perdido definitivamente su deseo de “domar al capitalismo”.

Una parte creciente de las generaciones precarizadas y empobrecidas por las distintas crisis han abandonado ya su identificación con esta izquierda por su creciente indefinición e incapacidad para ofrecer una alternativa plausible e ilusionante a su realidad presente.

El 15-M, que durante algún tiempo operó como representante legítimo de estas generaciones indignadas con los partidos tradicionales y sus manejos oligárquicos, miró a la sociedad civil con la esperanza de construir un nuevo espacio político desde el que articular una alternativa más democrática y abierta a nuevos modelos de financiación, producción, distribución y consumo.

Si bien es cierto que hay un antes y un después del 15-M en lo que se refiere a la transparencia pública y a la tolerancia con la corrupción y con el poder creciente de los oligopolios patrios, lo cierto es que los resultados políticos concretos, sintetizados en el papel de Podemos en la arena política, son más bien modestos.

Los sindicatos, bastante ausentes en todo este proceso, tampoco han sido capaces de atraer esta indignación y una buena parte de las generaciones empobrecidas no se plantean siquiera una alternativa sindical a sus preocupaciones profesionales más apremiantes. Es verdad que la lucha sindical nació en una época de producción industrial y que ese sesgo se mantiene en la nueva lógica de producción digital, con resultados preocupantes para el futuro del sindicalismo.

Es verdad también que los convenios colectivos, la principal arma de acción sindical, beneficia tanto a trabajadores afiliados como no afiliados, por lo que hay pocos incentivos a la afiliación. Pero todo eso no es óbice para un replanteamiento general del papel de los sindicatos en este proceso de mercantilización y precarización general. Necesitan dotarse de nuevos elementos ideológicos (economía circular, nuevas formas de financiación participativa, de producción sostenible y de consumo responsable, entre otros) y de nuevas estructuras organizativas cada vez más eficientes y democráticas, con objeto de convertirse de nuevo en un actor principal en la nueva realidad económica global.

Artículo elaborado en colaboración con CC.OO., en el marco del proyecto de formación de dirigentes sindicales de la Escuela de Trabajo

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