La evolución de la ultraderecha europea en la agenda

En 1975, la Organización de Naciones Unidas institucionalizó el 8 de marzo como día Internacional de la Mujer, pero desde mucho antes se registran reinvindicaciones sociales, económicas y políticas orientadas a conseguir la igualdad. Agenda Pública tiene un compromiso firme con esos reclamos (por ejemplo, trabajamos para publicar tantas voces de mujeres como de varones) y seguimos de cerca las investigaciones que permiten comprender mejor los techos, brechas, acantilados y demás obstáculos de diverso orden que impiden la paridad. Porque lo hacemos todos los días, hoy hemos querido presentarles algo distinto: le pedimos a prestigiosas analistas, expertas en temas que consideramos clave –economía, auge de la extrema derecha, elecciones, comunicación política, transición energética y derechos humanos–, que nos sugieran dónde tenemos que poner la mirada. Aquí el referido a la ultraderecha europea.

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El año 2020 podría parecer, a priori, menos decisivo –en términos comparados– para el análisis de uno de los grandes eventos de 2019, a saber: la consolidación de la presencia de la ultraderecha en varios países europeos a raíz de las elecciones al Parlamento Europeo del pasado año, que tuvieron como consecuencia la formación de una cámara ampliamente fragmentada y dividida. Los comicios confirmaron la tendencia al alza de un nuevo partido político en España que también parece cualificar como miembro de la misma familia: Vox despuntó en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018 y, desde entonces, ha consolidado su presencia en la vida política española con los buenos resultados en las generales de abril y noviembre de 2019, en buena medida a costa de otras formaciones de derechas.

La abultada presencia institucional e ímpetu organizativo de esta formación –que suele caracterizar las primeras etapas de desarrollo de estos partidos– puede entenderse como un signo adicional de fortalecimiento global de las fuerzas de ultraderecha. Sin embargo, y en aras de dimensionar adecuadamente y, sobre todo, entender mejor la expansión y consecuencias de este fenómeno, creo que un medio de análisis político como Agenda Pública debería prestar atención a varios factores: por una parte, a la evolución de las diferentes variables que la literatura académica ha señalado como responsables del diferente nivel de éxito de estos partidos durante sus distintas –hasta ahora, cuatro– oleadas de auge tras la Segunda Guerra Mundial.

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Esto sugiere analizar con detenimiento, por ejemplo, el factor interno. Tras la fulgurante carrera de varias nuevas formaciones ultras se esconden no pocos fracasos, favorecidos muchas veces por la existencia de agudos conflictos y divisiones internos. Si bien éstos suelen evidenciarse más claramente ante la presencia de uno o varios reveses electorales, no es descartable que los modelos organizativos más característicos de estos partidos, que consagran el papel del líder y rechazan la expresión del disenso, puedan generar fuertes tensiones intra-partidistas, incluso en fases de crecimiento electoral.

Por otra parte, el análisis de la evolución de las fuerzas de ultraderecha puede también enfatizar su naturaleza eminentemente partidista en lugar de su especificidad programático/discursiva. Este enfoque podría llevarnos a examinar con detalle, por ejemplo, su rendimiento y trabajo parlamentarios, para así poder evaluar su grado de ‘normalización’ y adaptación institucional.

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No obstante, resultará difícil dejar de poner el foco en la variable ideológica y en su importancia a la hora de forjar y cimentar las paradójicas –y a veces insostenibles– alianzas internacionales de los ultra-nacionalistas de derechas: los movimientos de formaciones como Vox, que pretenden desligarse de otros miembros considerados más radicales del grupo (como la Lega de Salvini), se traducen en acercamientos a formaciones, como la Nueva Alianza Flamenca, que mantienen posturas irreconciliables con el argumentario del partido; o a otras, que, lejos de ser consideradas mainstream, se han convertido en objeto de estudio y preocupación por su deriva iliberal y su dureza en materia migratoria, como el polaco Ley y Justicia.

En este sentido, convendrá no perder de vista la cuestión de las personas refugiadas: la última crisis humanitaria en la frontera turco-griega ha brindado excelentes argumentos a los ultras, quienes se aprovechan de la incapacidad de las autoridades europeas para reconciliar los principios inspiradores y fundacionales del proyecto europeo con consideraciones más estratégicas (o la ‘diplomacia de chequera’: Sanahuja 2014), redoblando sus mensajes anti-inmigración.

Aunque ideológica y geográficamente más alejados, resultará de interés prestar atención al avance de los nacional-populismos en Estados Unidos, tras las elecciones presidenciales de noviembre de este año, y en otros países como Brasil (en 2022): las eventuales victorias de estos líderes darían alas a los ultras en Europa y podrían forzar un replanteamiento de las relaciones transatlánticas de la UE. El encaje entre lo doméstico y lo internacional, más que nunca y probablemente por encima de la dicotomía tradicional de análisis de variables de demanda y de oferta, deberá ser tenido en cuenta para comprender la evolución futura de los partidos ultra en Europa.

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