La fijación de Bolsonaro por el ‘voto económico’

La respuesta de Jair Bolsonaro a la pandemia de Covid-19 contrasta con la de la mayoría de los líderes democráticos del mundo y, como ha sucedido desde su victoriosa campaña presidencial, sigue paso a paso la que adoptó el presidente americano Donald Trump. Al igual que el presidente estadounidense, el brasileño establece una falsa dicotomía entre el desempeño económico y la salud, se posiciona como un defensor de los empleos y de los trabajadores y deja para sus oponentes la responsabilidad por la crisis económica que vendrá.

Esta retórica se viene construyendo en sucesivas declaraciones que minimizan la gravedad de la enfermedad, critican y cuestionan la autoridad de los gobernadores y expertos sanitarios y amenazan o arrojan dudas sobre la intención y las acciones del Gobierno chino. Más recientemente, ha culminado con la tentativa, fracasada, de censurar datos relativos a la pandemia. Eso sólo ha sido posible porque en Brasil hay un ministro interino de Salud que es un general especializado en logística y acata, sin cuestionarlas, las órdenes que vienen del presidente. Entre ellas, suministrar cloroquina profiláctica a mujeres embarazadas y niños en el sistema único de salud, y amenazar a los servidores públicos que no cumplan con estas instrucciones.

El comportamiento de Bolsonaro, sin embargo, es aún más atrevido que el de Trump. El presidente desafía las recomendaciones de su propio Gobierno llamando a la población a protestar (en contra del confinamiento) en medio de la pandemia, circulando en lugares públicos, tocando, estornudando y tosiendo a sus partidarios. Revela que está más preocupado por la confrontación con oponentes reales e imaginarios que circulan a su alrededor, y por rodearse de personas en las que confía, que por tomar la iniciativa en la lucha contra la pandemia. No muestra tener interés en gobernar.

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La principal propuesta de Bolsonaro para combatir la pandemia se basa en la vaga noción de ‘aislamiento vertical’, según el cual sólo deben permanecer aislados los ancianos y las personas con comorbilidad (por lo tanto, los más expuestos a los riesgos de la Covid-19), mientras que el resto reanudaría sus rutinas. Esto, a pesar de que no hay un plan para testar e identificar contactos masivos, ni se tiene en cuenta que aproximadamente un tercio de la población brasileña es parte del grupo de riesgo y tendría que permanecer confinada.

¿Qué motiva a Bolsonaro a persistir en una estrategia que se desvía de lo que han hecho la mayoría de los líderes democráticos?

Por un lado, no hay duda de que Brasil afrontará una crisis económica sin precedentes debido al coronavirus. Ya estábamos en una sin signos de recuperación antes de la pandemia; ahora, las proyecciones apuntan a una recesión de alrededor del 8% en 2020.

La preocupación por las consecuencias políticas del colapso económico revela que Bolsonaro tiene muy en cuenta uno de los fenómenos más conocidos por la Ciencia Política: el voto económico. Los votantes atribuyen el desempeño de la economía principalmente a sus representantes. En los sistemas presidenciales, como es el caso brasileño, esta responsabilidad recae casi por completo en la figura del presidente, y las elecciones se convierten en un referéndum sobre la gestión ecoónómica. Por lo tanto, no es sorprendente que Bolsonaro (como cualquier otro líder en este momento) anhele una reanudación de la actividad que favorezca sus ambiciones políticas.

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Por otro lado, las evidencias científicas indican que un relajamiento prematuro de la distancia social llevará al país a una tragedia sin precedentes, que cada día parece más próxima. Al defender una reanudación rápida a cualquier coste, contra la experiencia de otros países y la voluntad de la mayoría de los gobernadores, Bolsonaro se convertirá en el único responsable por estas muertes prevenibles. ¿Está dispuesto a correr este riesgo?

Varios factores ayudan a comprender por qué Bolsonaro habría tomado esta dirección. Además de la reproducción habitual del comportamiento de Trump, hay que recordar que muchas personas cercanas al presidente (y se especula que incluso él) dieron positivo por coronavirus sin que su condición fuera grave. Bolsonaro ha demostrado innumerables veces que confía más en la experiencia personal que en los datos sistematizados por la Ciencia, ya sea por una predisposición de su carácter o por la incapacidad cognitiva para operar de otra manera. Por lo tanto, no sería sorprendente descubrir que el presidente cree sinceramente que la pandemia actual es, de hecho, «apenas una gripe», que afecta poco a quienes, como él, «tienen antecedentes de atleta» y que se puede curar con cloroquina fabricada por el Ejército brasileño o importada de los Estados Unidos. Este discurso inicial ha dado paso a la retórica fatalista de que las muertes son inevitables, como si no hubiera nada que el Gobierno pudiera hacer al respecto.

El discurso contra la «histeria», que minimiza los riesgos de la pandemia, también es consistente con las teorías de la conspiración que a Bolsonaro le gustan tanto: el virus se produjo deliberadamente en China para expandir su poder económico y político. Las referencias públicas al «virus chino» y los ataques sistemáticos al país asiático por parte de miembros del Gobierno corroboran esta interpretación de la realidad. Esta postura, además de ser compatible con las viejas fijaciones de Bolsonaro con respecto al país, cumple con los deseos de parte de la comunidad empresarial expuesta a la competencia china y partidaria del presidente.

Finalmente, debemos recordar que Bolsonaro sólo actúa a través de la confrontación. Se comportó así en su larga carrera como diputado y durante la campaña presidencial. Por lo tanto, no sorprende que se oponga al consenso en torno a las directrices de la Organización Mundial de la Salud, personificadas en la figura de los gobernadores, pero también involucrando a parlamentarios y al Poder Judicial. Después de todo, se necesitan enemigos al otro lado para culparles de las consecuencias de la crisis, cuando se materialicen, y para inflamar a los bolsonaristas radicales.

En resumen: si, por un lado, Bolsonaro minimiza y naturaliza los impactos de la Covid-19, por el otro apuesta por que, enfrentándose a los gobernadores, podrá liberarse de la responsabilidad de la crisis económica futura. Está equivocado en ambos casos.

Aunque anticipe el impacto en su Gobierno de una crisis, lo que Bolsonaro olvida es que, más que sus efectos inmediatos, lo que determinará sus posibilidades de reelección serán las condiciones económicas en 2022, año de la próxima elección presidencial. Los científicos políticos saben que los votantes tienen poca memoria y otorgan un peso desproporcionadamente mayor a los meses previos a las elecciones. En este sentido, la prisa con respecto a la reanudación tiene mucho más sentido en el caso de Trump, que afrontará su reelección dentro de unos meses, que en el de Bolsonaro, cuyo horizonte es, en teoría, más largo.

Además de este lapso, Bolsonaro también parece ignorar que las posibilidades de que un presidente quede eximido de la responsabilidad del desempeño económico son mínimas. Aunque la Covid-19 es ahora la principal causa del deterioro, es probable que en poco tiempo esta relación ya se haya perdido en la mente de los votantes. Existe amplia evidencia, incluida mi propia investigación, de que la mayoría de los votantes brasileños lo hace en función de la economía, incluso cuando su desempeño está fuertemente determinado por choques externos más allá del control del presidente. Esto se debe a que a los votantes les resulta difícil identificar estos choques y comparar la gestión gubernamental con otros la de otros países que experimentan las mismas circunstancias.

Sin embargo, estas dificultades no se aplican al shock de la Covid-19. Es prácticamente imposible que la población permanezca desinformada o indiferente ante una pandemia que ha estado acaparando todos los espacios en los medios de comunicación. Los brasileños hoy reconocen que hay una crisis y que vino del exterior. Además, su comparabilidad es particularmente alta: cada día, los ciudadanos son bombardeados con el número de personas y víctimas infectadas, tanto en diferentes estados brasileños como en otros países.

Esta comparabilidad, en el caso de la Covid-19, va más allá de las estadísticas. Alcanza a las respuestas del Gobierno a la pandemia, que rara vez es observada por los votantes comunes. ¿Quién no sabe hoy que el Bolsonaro propone el fin del aislamiento social, a diferencia de otras democracias? ¿O que, al hacerlo, se enfrenta a la gran mayoría de los gobernadores del país?

Por lo tanto, si hay un choque externo en el que los votantes podrán observar y comparar las acciones y resultados obtenidos por funcionarios gubernamentales, ése es la pandemia de Covid-19. Dada la evolución de la curva brasileña y las acciones de Bolsonaro hasta el momento, esta comparación será francamente desfavorable. El sabotaje sistemático del aislamiento, así como la insensibilidad abiertamente demostrada respecto al sufrimiento de las víctimas y sus familias continuarán siendo señalados diariamente por otros políticos y los medios de comunicación. Es poco probable que la burbuja del votante de Bolsonaro, tan efectiva en la campaña y hasta ahora durante su gobierno, resista las fosas comunes abiertas para acomodar a nuestros muertos.

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