La geografía del descontento y del malestar en la UE

El apoyo a los partidos euroescépticos ha crecido en paralelo al rápido aumento de la ola populista que actualmente atenaza a Europa. Este malestar, este descontento está impulsado por una serie de factores que están en la base del alza creciente del apoyo al populismo: las diferencias de edad, de riqueza, educación, o el cambio demográfico y económico. Éstas son las principales conclusiones de nuestra investigación sobre la geografía del descontento en Europa. Tras analizar el voto euroescéptico en más de 63.000 distritos electorales de toda la Unión Europea, los resultados desafían los puntos de vista que hasta ahora se habían barajado sobre el porqué del aumento del populismo. Por un lado, el crecimiento del voto antisistema es, principalmente, consecuencia de un declive económico e industrial a medio y largo plazo, en combinación con escasas oportunidades de empleo y con un menor nivel de educación en la fuerza de trabajo. Muchas de las otras causas que hasta ahora se han utilizado para explicar el descontento tienen menos importancia de la esperada, o su impacto varía en función de los niveles de oposición a la integración europea.

El crecimiento del voto euroescéptico

El 24 de junio de 2016, los ciudadanos de todo el mundo despertaron con la noticia de que el Reino Unido había votado a favor de abandonar la UE. Si bien muchas encuestas habían predicho un resultado electoral muy ajustado, las expectativas (incluyendo las de la mayoría de los líderes de los partidos favorables a dejar la UE) eran que el país se mantendría en la Unión.

Sin embargo, el voto a favor del Brexit no fue el primer signo del creciente desencanto hacia la UE. El voto a partidos opuestos a la integración europea ha crecido de manera sostenida en los últimos 15 años (ver Figura 1). Los sufragios a formaciones radicalmente opuestos a esta integración aumentó del 10% al 18% del total entre 2000 y 2018. La misma tendencia se observó al considerar las que se oponen de forma más moderada, pasando del 15% al 26%. El euroescepticismo no es fenómeno meramente británico, sino que está presente, en mayor o menor medida, en muchos países de la UE. 

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Los partidos fuertemente opuestos a la integración europea tienden a incidir en dos mensajes. El primero es la necesidad de abandonar la Unión. Esto es lo que han defendido el Partido de la Independencia británico (British UKIP), el holandés Partido por la Libertad (PVV) o el antiguo Frente Nacional francés. El otro es el de transformar la UE en una confederación de estados más flexible, como han propuesto la Liga italiana, Alternativa por Alemania (AfD) o el húngaro Jobbik. Los partidos contra la integración europea más moderados, como el italiano Movimiento Cinco Estrellas (M5S) o el húngaro Fidesz, esperan que la UE cambie de manera sustancial, pero no necesariamente apoyan la idea de dejar la Unión o de convertirla en una coalición más flexible de estados soberanos.

¿Qué determina el voto euroescéptico?

Hasta hace poco, los investigadores que han estudiado el incremento del voto antisistema se han centrado principalmente en las características individuales de los votantes para entender el porqué de este malestar con la integración europea. El arquetipo del votante euroescéptico era claro: “personas mayores, clase trabajadora, de raza blanca, con poca formación, que viven con escasos ingresos y sin las capacidades necesarias para adaptarse y prosperar en medio de una economía posindustrial y moderna” (Goodwin y Heath, 2016: 325). Eso quiere decir que los individuos “excluidos” por la economía moderna son más propensos a apoyar o encontrar refugio en las opciones políticas antisistema. “Estos votantes excluidos se sienten desorientados por el consenso al que llegaron los partidos tradicionales, tendente a favorecer un mundo socialmente liberal y multicultural” (Ford y Goodwin, 2017: 19). Pero esta visión del mundo les resulta ajena. En la identificación de este tipo de votante antisistema, la edad, la educación y el ingreso conforman la “santísima trinidad” del voto populista (Ford y Goodwin, 2014; Hobolt, 2017; Becker et al., 2017). Según Los et al. (2017: 787) en relación con el Brexit: “Los ciudadanos con más edad o menos educación, los que se consideran conservadores socialmente y los que reciben menos ingresos están más dispuestos a votar a favor de abandonar la UE». «El votante a favor del sistema y de la permanencia en la UE se ha identificado como un ciudadano de más ingresos, más educación, más joven y más progresista».

Nuestra investigación desafía este punto de vista dominante, al poner de manifiesto que, más que cualquier otro factor, el declive industrial y económico a largo plazo es la fuente fundamental del aumento del voto populista y euroescéptico.

El mapa el euroescepticismo

El mapa traza por primera vez la geografía del descontento en la UE. En él se representan los resultados de las elecciones legislativas a nivel nacional en un total de 63.417 distritos electorales (o equivalentes) en todos los estados miembros. En muchos de ellos, los partidos que se oponen fuertemente a la integración europea se han convertido en una fuerza relevante. Los fuertemente opuestos obtuvieron más del 25% de los votos en tres de los estados de la Unión: Austria, Dinamarca y Francia (Figura 2). Otros, como Chipre, Malta, Rumania y Eslovenia, se mantuvieron inmunes a la ola anti-europea. Pero estos países son, con diferencia, la excepción y no la regla. 

El voto a partidos contrarios a la integración europea es importante en muchas zonas de la UE: el sur de Dinamarca, el norte de Italia, el sur de Austria, el este de Alemania, el este de Hungría y el sur de Portugal son sus focos. Las áreas rurales y las ciudades pequeñas son más euroescépticas que las ciudades más grandes. El voto euroescéptico es mucho más bajo en Lille, Metz, Nancy o Estrasburgo que en los suburbios y zonas rurales que circundan estas ciudades (Figura 2). Lo mismo ocurre en el este de Alemania, donde el voto antieuropeo es mucho menos prominente en Berlín, Dresde o Leipzig que en las áreas circundantes; o en el norte de Italia, con importantes diferencias entre las ciudades más grandes (Milán y Turín) y un amplio número de poblaciones medianas, como Bérgamo, Brescia, Cremona, Mantua, Pavía o Vercelli. En las ciudades más pequeñas y en las áreas rurales del norte italiano, el sentimiento euroescéptico es mucho más fuerte. En el norte y este de Dinamarca, Suecia, Finlandia y República Checa también tienen una presencia fuerte de partidos radicales antieuropeos.

En cuanto a los partidos que se oponen a la integración europea de manera más moderada, su voto excedió el 25% del total en 10 estados miembros, mientras que en Grecia, Hungría, Italia y el Reino Unido fue superior al 50%. 

¿A qué se debe la fuerza del voto euroescéptico?

En nuestro análisis hemos utilizado los mapas para estimar, a través de modelos econométricos, qué determina el porcentaje de voto euroescéptico, combinando factores territoriales (como el declive de la economía, la industria, la demografía y el empleo a medio y largo plazos) con la densidad de la población o los saldos migratorios recientes, y con otros factores que se encuentran en la literatura sobre los excluidos; entre ellos la edad, la educación, la riqueza o el desempleo de la población que vive en una determinada región.

Los resultados demuestran que, mientras la educación es un factor importante para el apoyo (o no) a la integración europea, y la falta de oportunidades laborales también se sitúa entre los primeros elementos que explicarían el ascenso del voto euroescéptico, terminan ahí las similitudes con la narrativa dominante sobre los excluidos.

Una diferencia importante con los análisis previos se relaciona con el grado de riqueza. La mayoría de ellos había resaltado que los votantes antisistema venían de contextos pobres. Sin embargo, mientras la riqueza en el ámbito local tiene un peso, cuando se controlan otros factores (especialmente, el declive económico a largo plazo), los lugares más ricos de Europa presentan una mayor oposición a la integración europea. Es decir, entre regiones que afrontan procesos similares de declive económico, aquéllas con un nivel de riqueza más alto son más propensas a votar a partidos euroescépticos. Esto explicaría la adhesión de los italianos del norte a la Liga: a pesar de que, en promedio, los italianos del norte están todavía entre los ciudadanos más ricos de la UE, 30 años sin crecimiento económico han impulsado a muchos a apoyar opciones antisistema y antieuropeas

Por otra parte, la presencia de personas mayores (una de las explicaciones más frecuentes para el fortalecimiento del populismo) no implica un mayor número de votos euroescépticos. Si se considera la evolución económica, los niveles educativos de la población y la riqueza, se observa que las áreas con un gran porcentaje de personas mayores votan menos por los partidos antieuropeos, tanto radicales como moderados.

Los factores estrictamente geográficos, que han recibido menor atención, son importantes impulsores del voto antieuropeo. La densidad y la ruralidad tienen una incidencia en este tipo de comportamiento electoral, pero su papel es menor que el que identificaron los politólogos estadounidenses (véase, por ejemplo, Rodden, 2016; Cramer, 2017). En Europa, una vez que se consideran los partidos antieuropeos moderados, se evidencia un rol invertido de la densidad: las personas que viven en zonas urbanas terminan siendo más propensas a votar a partidos moderadamente opuestos a la integración europea con respecto a los habitantes de zonas suburbanas y rurales menos densas.

Es el declive económico e industrial a largo plazo el que emerge como el motor fundamental del voto anti-UE. Como señala Gordon (2018: 110), se ha predicho desde hace tiempo que las desigualdades territoriales persistentes pueden conducir a un importante colapso político. De todos modos, más que la brecha entre regiones ricas y pobres, lo que hace la diferencia en el voto antisistema es la evolución económica e industrial a largo plazo. Corroborando la teoría de los “lugares que no importan” (Rodríguez-Pose, 2018), el declive a largo plazo de áreas que vivieron tiempos mejores, que con frecuencia tuvieron un gran pasado industrial, sumado al frenazo económico de áreas estancadas, constituyen el caldo de cultivo adecuado para el descontento y el malestar con el sistema; que se refleja, entre otras manifestaciones, en un voto contrario a la integración europea.

En términos generales, el voto a partidos euroescépticos en la UE se puede explicar por combinaciones específicas de factores socioeconómicos y geográficos. A menudo se da el caso de que estos últimos moldean la influencia de los primeros en las votaciones. Por lo tanto, una vez que se considera el declive económico e industrial a largo plazo, se hace más difícil afirmar que las divisiones entre quienes están a favor y en contra del sistema “recorren divisiones de carácter generacional, educativo y de clase” (Goodwin & Heath, 2016: 331). De estas tres brechas, sólo se mantiene la educativa.

La idea de que la edad y la riqueza influyen en el voto anti-UE es, por el contrario, mucho más difícil de sustentar. En lugares en declive, los más ancianos y ricos tienen más posibilidades de votar a favor de Europa. El problema no es que los mayores sean antisistema, sino que grandes porcentajes de personas mayores y pobres viven cada vez más confinados en lugares con economías e industrias menguantes. Si tenemos esto en cuenta, los mayores en Europa no son necesariamente más enemigos de la integración europea que el resto de la población. En este sentido, el voto euroescéptico es un reflejo de los cambios económicos a largo plazo. Si tomamos esto en consideración, sólo la educación, la densidad y la falta de empleo siguen los patrones esperados.

Apuntar hacia los ‘lugares que no importan’

El voto antisistema y euroescéptico está en ascenso. Muchos gobiernos y partidos tradicionales tienen dificultades para reaccionar ante este fenómeno. Nuestra investigación (Dijkstra, Poelman y Rodríguez-Pose, 2019) ofrece algunas propuestas iniciales para abordar esta situación. Los resultados indican que si Europa pretende combatir la creciente geografía del descontento europeo, habría que empezar por prestar atención a los llamados lugares que no importan.

Para responder a esta emergente geografía del malestar contra la UE, es necesario atender al desamparo territorial que han sufrido los que quedaron excluidos y promover políticas que trasciendan lo que se ha hecho hasta ahora, que es poner el acento sólo en las grandes ciudades (por lo general, más desarrolladas y dinámicas) o simplemente en las regiones menos desarrolladas. Hay una necesidad urgente de encontrar intervenciones viables para lidiar con la evolución a largo plazo de regiones con crecimiento negativo, bajo o nulo, y ofrecer soluciones para los lugares que sufren el declive industrial y la fuga de cerebros.

Además, las políticas deben superar lo que ha sido normalmente un enfoque compensatorio y/o de apaciguamiento. Esto implicaría aprovechar el ignorado potencial económico que tienen muchos de estos lugares y ofrecer oportunidades reales para acabar con el abandono y el declive. Políticas que estén pensadas específicamente para determinados tipos de territorio. Las llamadas políticas sensibles al territorio (Iammarino et al., 2019) podrían convertirse en la mejor opción para afrontar el declive económico, la escasez de los recursos humanos y las pocas oportunidades de empleo, que forman la base de la geografía del descontento en la UE. También podrían convertirse en el mejor antídoto para frenar y revertir el crecimiento del voto antisistema, que no sólo amenaza la integración europea, sino también a la estabilidad económica, política y social que ha generado el periodo más largo de relativa paz y prosperidad en la historia del continente.

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