La guerra comercial empieza a llegar a Europa

Llevamos ya dos años hablando de la guerra comercial. Pero, en realidad, hasta ahora no era global, sino un enfrentamiento entre Estados Unidos y China. Así, cuando Trump llegó a la Casa Blanca en 2017, los productos chinos entraban a Estados Unidos con un arancel medio del 3% (y los de EE.UU. a China con un gravamen del 8%). Desde entonces, se ha producido un incremento en cascada que los situará, a finales de 2019, en el 24% y 26%, respectivamente. Además, no habrá ningún bien producido en China que entre en Estados Unidos sin barreras arancelarias.

Pero el proteccionismo trumpista, más allá de la retórica, casi no ha afectado al resto del mundo más allá de generar incertidumbre y socavar las reglas multilaterales, que no es poco. Aunque EE.UU. impuso aranceles a las importaciones de acero y aluminio de otros países (incluida la UE), éstos eran poco significativos porque representaban una pequeñísima porción del comercio mundial. Y aunque los mexicanos, canadienses, coreanos y japoneses hayan renegociado a regañadientes sus acuerdos comerciales con Estados Unidos, al final los aranceles apenas han subido (para ser justos, hay que decir que los productores de aceitunas españoles sí que sufrieron una subida de aranceles derivada de un procedimiento antidumping el año pasado, pero el impacto global de los mismos fue muy reducido).

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Sin embargo, con el reciente anuncio de que Estados Unidos va a imponer aranceles del 25% a las importaciones de la UE (sobre todo, de algunos productos de Gran Bretaña, Alemania, Italia, Francia y España) por un total de 7.500 millones de dólares, existe un serio riesgo de que la guerra comercial alcance de lleno a Europa. No sería tan seria e intensa como la que EE.UU. mantiene con China (donde ya hay más de 360.000 millones de dólares cubiertos por aranceles) pero, desgraciadamente, estos gravámenes podrían abrir la puerta a una escalada proteccionista mutua que dañara todavía más la maltrecha relación transatlántica.

El anuncio, por tanto, no anticipa nada bueno. Pero antes de dramatizar en exceso conviene poner las cosas en contexto. Lo bueno es que estos aranceles son legales y que tendrán un impacto reducido sobre la economía. Lo malo es que anticipan una escalada de mayores dimensiones que sí podría tener efectos económicos más significativos y que además demuestra que, mientras Trump esté en la Casa Blanca, debemos olvidarnos del ‘amigo americano’.

Estos aranceles han sido autorizados por la Organización Mundial del Comercio (OMC) como compensación a las ayudas públicas (calificadas como ilegales) que los países de la UE han dado a la empresa Airbus, que compite con la estadounidense Boeing en un cuasi duopolio global por el jugoso y creciente mercado de aviones comerciales. Por lo tanto, este movimiento proteccionista de Estados Unidos no es equivalente a otros en los que Trump se ha saltado la normativa internacional de la OMC alegando motivos de seguridad nacional para justificar el proteccionismo. El problema es que, como el Gobierno estadounidense también subsidia a Boeing y la OMC hará pública en breve la autorización para que la UE grave los productos de Estados Unidos como compensación, Bruselas esperaba poder negociar para que ninguno de los dos estableciera aranceles; y para que, de paso, se modificara la regulación de ayudas de estado para el sector aeronáutico, en el que empresas chinas o brasileñas están ganando peso.

Pero Estados Unidos no ha querido colaborar y el anuncio de los aranceles sobre los productos europeos ha caído como un jarro de agua fría, demostrando que el presidente no desaprovecha una ocasión para imponer aranceles (en un tuit del pasado 4 de diciembre de 2018, dijo: “I am a tariff man”. Y no iba de farol).

Más allá del daño económico que estos aranceles supongan sobre los productores europeos de bienes como las aceitunas, algunos quesos o güisquis, el cerdo, los cuchillos y tijeras o la ropa de cama femenina (que verán cómo caen sus exportaciones a Estados Unidos), lo cierto es que esta decisión supone otro torpedo en la línea de flotación de la relación transatlántica. Demuestra que Trump no tiene la menor intención de hacer esfuerzos por mejorar la ya dañada relación bilateral y fuerza a la UE a responder con la misma moneda. Además, anticipa que las actuales negociaciones de liberalización comercial entre la UE y Estados Unidos no llegarán a buen puerto y pone sobre aviso del riesgo de que EE.UU. establezca aranceles sobre los automóviles europeos alegando razones de seguridad nacional cuando en noviembre entre la nueva Comisión Europea, con el consiguiente daño que esto causaría a la industria europea, que ya da síntomas de estar entrando en recesión en algunos países.

Por lo tanto, aunque todavía estamos muy lejos de hablar de guerra comercial abierta entre la UE y EE.UU., lo cierto que es que las perspectivas no son halagüeñas. Es posible que un cambio en la Casa Blanca en 2021 permita mejorar la relación transatlántica y rebajar la tensión comercial, pero los europeos tenemos que hacernos a la idea de que el Estados Unidos con el que tendremos que lidiar en el futuro se parecerá poco al aliado económico y geopolítico con el que contamos durante décadas. Y lo mismo deberían pensar los británicos, a cuyos productos también golpearán los nuevos aranceles a pesar de la relación aparentemente buena entre Boris Johnson y Donald Trump.

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