La imposibilidad de acuerdos perjudica la economía

En 1977 se celebraron en España las primeras elecciones libres desde los tiempos de la Segunda República. Las Cortes Generales quedaron constituidas por diversos grupos parlamentarios: desde UCD, el PSOE y el PCE hasta Alianza Popular, el Pacto Democrático de Cataluña (de Jordi Pujol) y el PNV. Sin embargo, sólo dos partidos superaron el 10% de los votos.

La desaparición de la UCD vino precedida por la hegemonía de dos partidos que coparon la política española durante más de 30 años. La irrupción de Podemos y Ciudadanos en la escena política en 2015 rompió un bipartidismo que parecía inherente al Estado español. Cuatro partidos habían conseguido superar, por primera vez en la historia, el umbral mencionado anteriormente. La tendencia a la fragmentación parlamentaria (hecho poco novedoso en otros países europeos) parece que podría continuar con la probable entrada de Vox en las Cortes.

Las razones que provocan la fragmentación de los parlamentos son realmente heterogéneas y difieren en cada nación. Las crisis económicas (como la Gran Recesión de 2008 y la subsiguiente crisis de la deuda europea de 2012), la desigualdad y, sobre todo, la desafección ciudadana a los partidos a los que están acostumbrados pueden exacerbar la inestabilidad política de un país.

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Pero ¿cómo se puede medir el grado de fragmentación de un Parlamento? La medida más simple es contar el número de partidos que han superado un determinado porcentaje de votos. En cambio, una manera alternativa es considerar que un Parlamento está más fragmentado cuanto menor es el porcentaje de escaños que ha obtenido el partido más votado con respecto al total.

En el gráfico se aprecia la caída del número de parlamentarios del partido más votado en 2015 en España. Esta tendencia parece que ha sido constante en Austria desde 2005 y en Alemania en las últimas elecciones de 2017. En Italia, la tendencia ha sido la contraria hasta las elecciones de 2018: cada vez el partido más votado obtenía un mayor número de parlamentarios, aunque esto se debe a la formación de coaliciones que aglutinaban numerosas formaciones. En Holanda, por su parte, la gran fragmentación parlamentaria lleva existiendo desde hace más de 20 años.

Fragmentación política en algunos países europeos

Fuente: elaboración propia con datos del Norwegian Centre for Research Data (European Election Database). Nota. Porcentaje de escaños que ha obtenido el partido más votado con respecto al total de escaños de cada país, con independencia de si ha formado parte del Gobierno o no

Es preciso recalcar que la fragmentación parlamentaria no es un problema ‘per se’. La pluralidad política permite que se aborde una mayor diversidad de problemas no sólo en el Parlamento, sino también en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas. Ejemplos de ello fueron la entrada de Podemos y Ciudadanos en el Parlamento español o el gran resultado de Vox en el andaluz, dando lugar a un cambio en los asuntos que se trataban tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales.

Sin embargo, un Parlamento muy fragmentado que no llegue a acuerdos a lo largo de la legislatura –principal conexión de la fragmentación con la inestabilidad política– tenderá a aplicar políticas erráticas y poco óptimas. Esto podría incrementar significativamente una de las variables que más hace temblar a los agentes económicos: la incertidumbre. El simple hecho de que el Gobierno español no pueda aprobar los Presupuestos generales por falta de apoyos infunde desconfianza, por ejemplo, en el sector empresarial. El índice de confianza armonizado de este colectivo, que calcula trimestralmente el Instituto Nacional de Estadística muestra un descenso constante desde el tercer trimestre de 2018, aunque es cierto que no se puede atribuir solamente a la inexistencia de Presupuestos Generales.

En la literatura económica, los efectos y consecuencias de la inestabilidad política derivados de la incertidumbre sobre la política presupuestaria que va a llevar a cabo el Gobierno de turno van desde una posible salida de capitales y una reducción de la inversión doméstica hasta una sobre-acumulación de deuda pública (Alesina y Tabellini). Asimismo, Cukierman, Edwards y Tabellini determinan que la inestabilidad política contribuye en gran medida a un aumento de ingresos por parte del Estado derivados de la impresión de dinero de su banco central, para sufragar la pérdida de recaudación consecuencia de la inestabilidad.

No obstante, es muy importante destacar cuál puede ser la causalidad principal en las relaciones empíricas mencionadas. Es decir, ¿debemos considerar que es el menor crecimiento económico el que da lugar a una mayor inestabilidad política o, por el contrario, es la mayor inestabilidad política la que origina un menor crecimiento económico y perjudica otras variables macroeconómicas?

Alesina, Özler, Roubini y Swagel estiman que, en países y períodos con una mayor inestabilidad política –cuantificada como el cambio de un Gobierno no democrático a uno democrático o como el cambio destacable de la ideología del Ejecutivo–, el crecimiento económico es significativamente menor que en aquellos países con una mayor estabilidad política.

Por el contrario, el efecto del crecimiento económico sobre la inestabilidad política es mucho menos claro. Alesina y Perotti encuentran evidencia empírica sobre la relación negativa entre inestabilidad política e inversión privada, cuya causa principal para la primera es un aumento de la desigualdad de la renta. Por su parte, Devereux y Wen prueban que la tasa de crecimiento del PIB per cápita se encuentra inversamente relacionada con la inestabilidad política, definida ésta como la probabilidad de que el Gobierno de un país pierda el poder.

Todos los resultados anteriores se pusieron en contradicho cuando, en 2002, Campos y Nugent presentaron un artículo titulado «¿A quién le asusta la inestabilidad política?». Su investigación no encontró evidencia alguna de que aquélla afectara al crecimiento económico ni viceversa. Argumentan que los resultados positivos del resto de autores se debían principalmente al empleo de datos de países del África subsahariana, en los que una mayor estabilidad política ha contribuido enormemente a un mayor crecimiento económico.

En años ulteriores, nuevos artículos volvieron a confirmar que mayores niveles de inestabilidad política dan lugar a un menor crecimiento económico (véase Jong-a-Pin) y a una reducción del incremento de la productividad y de la acumulación de capital físico y humano (véase Aisen y Vega).

En definitiva, los parlamentos, por muy fragmentados que puedan estar, debieran trabajar para alcanzar acuerdos que minimicen la inestabilidad política inherente a la fragmentación. En el caso de España, un país desarrollado que no controla la política monetaria, la no aprobación de unos Presupuestos Generales puede dar lugar a una reducción de la inversión y a un incremento del déficit público.

La consecuencia más inmediata derivada de la inexistencia de Presupuestos es la convocatoria de elecciones generales, que podrían ocasionar una de las etapas de mayor inestabilidad política de la historia reciente, al coexistir cinco partidos cada vez más polarizados. La esperanza reside en que puedan llegar a acuerdos en el corto plazo que transmitan la suficiente confianza a los agentes económicos, como la aprobación anual del instrumento más importante de política fiscal que posee un país: los Presupuestos Generales del Estado.

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