La incertidumbre, gran enemigo de la economía española

Decía Kant que la inteligencia del individuo se mide por la cantidad de incertidumbre que es capaz de soportar. Esto mismo se puede equiparar a la estabilidad y el crecimiento económico que, no en pocas ocasiones, se han visto golpeados por shocks de incertidumbre durante los últimos años.

La incertidumbre tiene efectos económicos a través de distintos canales de trasmisión. Por ejemplo, las empresas pueden decidir posponer sus decisiones de inversión hasta que se disipa y pueden obtener más información sobre sus ventas e ingresos futuros. Por otra parte, una incertidumbre elevada podría llevar a los agentes económicos a incrementar sus ahorros y, consecuentemente, a reducir su consumo por motivos preventivos ante el miedo de sufrir una contingencia en sus ingresos. Además, como explicaban Andrea y David aquí, la evidencia empírica muestra una relación positiva entre la incertidumbre y la solvencia de las cuentas públicas de un país, derivada, por ejemplo, de un gasto público más elevado o una prima de riesgo mayor exigida por los inversores.

Asimismo, la incertidumbre puede llegar a la economía por distintas vías. De forma amplia, podemos distinguir entre la económica (hace referencia a cualquier perturbación en este ámbito independientemente de su origen: tensión financiera o bancaria, volatilidad de materias primas, internacional etcétera) y la política: inestabilidad en el Ejecutivo, excesivos conflictos políticos o institucionales, cambios en gobiernos inesperados, etc.

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Si bien es cierto que, como sostenía Knight, la incertidumbre no es mensurable, la Ciencia Económica ha hecho un esfuerzo en los últimos años para tratar de acotarla el máximo posible, aunque con sus lógicas limitaciones. Lo más habitual para medir la incertidumbre económica fue propuesta por Bloom y ha sido la volatilidad en diversas variables financieras. En cuanto a la política el reto es doble, puesto que ésta pretende aislar el origen estrictamente político. Con esta finalidad, Baker, Bloom y Davis publicaron en 2015 un índice (EPU por sus siglas en inglés) que se basa en el número de artículos publicados en los periódicos más importantes de los distintos países (en el caso de España, El País y El Mundo) y que contienen simultáneamente palabras estrechamente relacionadas con incertidumbre, economía y política. Así pues, los meses en los que el número de artículos publicados con esos tres términos es mayor, el índice presenta un valor mayor indicando una elevada incertidumbre política.

Gráfico 1: Evolución del índice EPU y el índice I3E en el periodo 2002-2018 en España

Fuente: elaboración propia a partir de los datos del EPU y el índice i3E.

El gráfico 1 compara la evolución para España, desde 2000 hasta 2018, de las series normalizadas del índice EPU y el índice I3E. Como ya hemos comentado, el primero mide la incertidumbre estrictamente de origen político. Por el contrario, el segundo es un índice sintético elaborado y publicado por el Iese que trata de medir el conjunto de la incertidumbre económica sin discriminar por su origen a través de la volatilidad en cuatro variables económico-financieras: Ibex 35, el tipo de cambio dólar-euro ($/€), el precio del barril de petróleo Brent y el del bono español a 10 años.

En los primeros años del periodo temporal analizado, observamos altos valores de ambos índices que reflejan tanto la incertidumbre política como la económica resultante de varios eventos de alto impacto, como la burbuja puntocom o los ataques terroristas del 11 de septiembre. Sin embargo, el pico más alto de ambos índices lo presenta el EPU en el año 2003, coincidiendo con el inicio de la II Guerra del Golfo y las manifestaciones contra el Gobierno de Aznar por su apoyo a la intervención militar en Irak, acontecimiento que también afecta a la incertidumbre económica (I3E) pero en menor magnitud.

Posteriormente, los valores de ambos índices caen y presentan cierta estabilización, que no se trunca hasta finales de 2007 y que puede explicarse por el comienzo de la crisis financiera a partir de acontecimientos como la crisis de las hipotecas subprime y la quiebra de Lehman Brothers. Durante este periodo, la incertidumbre económica presenta sus máximos valores para el periodo analizado. Los niveles medios de la política durante este periodo también aumentan, pero con una intensidad notablemente inferior.

La crisis de la deuda griega y de la eurozona, así como el rescate bancario en España ponen también de manifiesto un nuevo repunte en la incertidumbre económica, que paulatinamente se va recuperando gracias, entre otras cosas, a las medidas no convencionales de política monetaria tomadas por el Banco Central Europeo.

Durante los últimos años, llama la atención la evolución de la incertidumbre política. Al contrario de lo que ocurría anteriormente, en esta última fase encontramos acontecimientos que la afectan significativamente: las últimas elecciones generales con dificultades para la formación de Gobierno (2015 y 2016), el ‘Brexit’ (2016) y, más recientemente, la declaración unilateral de independencia en Cataluña (2017) y el consecuente terremoto político.

Usando estos dos índices y aplicando la metodología de modelos estructurales de vectores auto-regresivos (SVAR) identificados con restricciones de signo, tratamos de medir el impacto de ambos tipos de incertidumbre (política y económica) sobre algunas de las variables macroeconómicas más importantes de la economía española.

Los resultados no pueden ser más claros, evidenciando que un ‘shock’ positivo de incertidumbre, tanto económica como política, provoca un significativo y persistente incremento en el desempleo, así como una caída en la actividad económica, el consumo y la inversión, tal y como muestra la tónica general de estudios sobre incertidumbre realizados para otros países. Además, encontramos que los efectos de shocks en el EPU o en el índice IE3 sobre la economía son cuantitativamente muy similares, lo que sugiere que la incertidumbre hiere a la economía con la misma intensidad, independientemente de si ha sido generada por perturbaciones políticas internas o por cualquier otro factor de índole económica, como la inestabilidad financiera o tensiones internacionales.

El próximo 28 de abril estamos citados a las urnas en unas elecciones en las que la mayoría de las casas demoscópicas apuntan a una elevada fragmentación del voto y a una gran dificultad para la formación de un Gobierno estable. A esto hay que añadir el pulso que los grupos nacionalistas catalanes mantienen con el Estado y en el que no se atisba una solución en el corto-medio plazo.

Con esta elevada inestabilidad política interna, junto a las tensiones que estamos viviendo a nivel internacional con retos como el Brexit, el auge de partidos extremistas en Europa o el proteccionismo y las guerras comerciales que provienen desde el otro lado del Atlántico, parece que la incertidumbre ha venido para quedarse, con los consecuentes efectos negativos que esto tiene para la economía y, por ende, para el bienestar de los ciudadanos. Con tanta incertidumbre en el horizonte, y parafraseando a Umberto Eco: ¿cómo no caer de rodillas ante el altar de la certeza?

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