La ineludible transición ecológica y el pacto social

El 8 de junio de 2018 se constituyó el nuevo Ministerio para la Transición Ecológica. Su creación supuso un hito importante en la reciente historia de la lucha por la sostenibilidad en nuestro país. La propia denominación del Ministerio envía un mensaje al que no se ha prestado suficiente atención: emprendemos una nueva transición, y lo hacemos tan sólo cuatro décadas después de la que nos permitió pasar de una dictadura a una sociedad plenamente democrática.

Hay señales claras de que el cambio ya ha comenzado. Sin demora, el Ministerio ha puesto en marcha negociaciones y medidas para el cierre de las centrales de carbón y ha habilitado un foro para acordar el fin de las centrales nucleares.

Además, hoy estamos mucho más cerca de contar con una Ley de Cambio Climático y Transición Energética, sobre la que había estado trabajando el Gobierno anterior para, como se señala en su actual borrador, «cumplir el Acuerdo de París, acelerar la plena descarbonización de la economía y la implantación de un modelo de desarrollo sostenible con empleo estable y de calidad, y dé estabilidad y seguridad a los inversores». Todo ello ha merecido la atención internacional y está situando a España más cerca del centro de gravedad de las decisiones en materia de transición energética mundial, como demuestran algunos recientes artículos en publicaciones como The Guardian o Financial Times.

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Este paquete de importantes medidas políticas y legislativas está avanzando firmemente, no sólo por la capacidad y la voluntad negociadora de muchas de las partes implicadas -que saben que la transición es ineludible-, sino también porque, gracias a la innovación tecnológica, el coste y la eficiencia de las energías renovables ha mejorado significativamente, e invertir en ellas resulta mucho más atractivo e inteligente.  

Johan Rockström, uno de los científicos más influyentes en el debate contemporáneo sobre sostenibilidad, sugiere que la transición se realice con un enfoque de doble vía. La vía rápida (‘fast-track’) operaría dentro de la lógica del actual (y obsoleto) paradigma de desarrollo económico, impulsando cambios inmediatos y factibles que ralenticen el calentamiento global y eviten la superación de los límites del planeta. En este sentido, las primeras medidas del Ministerio estarían anunciando que España ya ha habilitado su propio fast-track y que está invitando a embarcar urgentemente a los actores del sistema energético. Lo mismo cabe esperar que haga muy pronto con la industria de bienes de consumo, que tendría que redoblar sus esfuerzos para innovar en el desarrollo de sistemas de producción circulares; y a nuestro sector agroindustrial, para promover sistemas agro-ecológicos realmente sostenibles.

El fast-track es crucial para poder mantenernos temporalmente en una zona segura, pero no es suficiente. Necesitamos habilitar otra vía que no puede ser tan rápida y que, en cambio, tiene que ser mucho más ancha y más larga (una vía a la que Rokström denomina longer-track), para que millones de personas y organizaciones puedan embarcarse en un profundo cambio de valores y de estilo de vida.

Kirsten Dunlop, directora de Climate-KIC (una de las iniciativas de innovación contra el cambio climático más importantes de Europa) recordó hace sólo unos días que la lucha contra el cambio climático, uno de los grandes ejes de la transición ecológica, no es sólo una cuestión de inversiones, regulaciones o tecnologías; es, ante todo, un «asunto de identidad», de saber quiénes somos realmente como especie y cómo queremos que sea nuestra relación con la Tierra que habitamos.

Sin embargo, el ‘tecno-optimismo’ sigue demasiado presente en el horizonte. Desde sus filas se predica la bondad intrínseca de cualquier avance tecnológico, y se deja en manos de los mercados la resolución de los retos globales con la esperanza puesta en el desarrollo de nuevas tecnologías y emprendimientos que resuelvan los grandes problemas ambientales y sociales.

Obviamente, el dinamismo de los mercados (cuando éstos funcionan con suficientes garantías de libertad y transparencia) es deseable para premiar a los agentes capaces de generar valor. Pero, como recuerda Mariana Mazzucato en su último libro (‘The Value of Everything’), los mercados ya no son capaces de distinguir entre ‘generadores’ y ‘extractores’ de valor. En nuestro país tenemos demasiados ejemplos que nos demuestran cómo no todos los agentes que triunfan en el mercado son creadores de valor para la sociedad. Hoy es urgente reconfigurar los mercados y sus incentivos, para que la dirección de la inversión y de la innovación apunte hacia la creación de sistemas de producción y consumo sostenibles e inclusivos.

En definitiva, tanto los instrumentos clásicos de política gubernamental como las soluciones basadas en el mercado se muestran incapaces, por separado, de resolver los más acuciantes problemas sociales y ambientales contemporáneos. El mercado carece de incentivos y modelos apropiados. La práctica de las burocracias y silos gubernamentales resulta poco adecuada para abordar problemas que no pueden sectorializarse, y que trascienden a los propios estados nacionales.

La transición ecológica será global o no será. Cada país debe asumir su parte de responsabilidad, e incluir su acción exterior como una pieza clave. En nuestro caso, y mirando al año que acaba de comenzar, ¿qué papel puede representar España en esta transición ineludible?

Podemos comenzar identificando y conectando valiosos activos culturales y sociales sobre los cuales construir la segunda vía (longer-track). Por un lado, ¿por qué no rescatar prácticas tradicionales de vida cotidiana más racionales y ecológicas? Para entenderlo, basta comparar la composición de nuestro cubo de basura diario con el que tenían en casa nuestros abuelos.

Por otro lado, podemos estar más atentos, aprovechar y conectar las innovaciones sociales que, casi siempre en silencio, al margen de los focos de los medios de comunicación masivos, empiezan a proliferar en muchas comunidades; y, muy en particular, en territorios que siguen sufriendo las consecuencias de la crisis.

En estas iniciativas cívicas, inspiradas por relaciones de cooperación y apoyo mutuo, se están expresando y difundiendo los nuevos valores que la transición requiere. Cooperativas de consumo de proximidad, monedas locales, sistemas de movilidad compartida, laboratorios sociales de fabricación digital que reciclan productos desechados o redes de cuidados autogestionadas por vecinos son sólo algunos ejemplos de estos ‘nichos’.

Como profesores universitarios, los autores de este artículo estamos esperanzados al ver que algunas universidades españolas empiezan a descubrir su papel como campus vivos de experimentación de estas nuevas expresiones de colaboración y de relación social. El potencial es enorme si tenemos en cuenta que en España hay más de un millón de alumnos distribuidos por todo el territorio. Podrían constituir una verdadera plataforma que acelerara la transición.

En cuanto al fast-track, es decir, al cambio rápido en los grandes sistemas energéticos y productivos, hay sectores en los que somos pioneros en la transformación hacia la sostenibilidad, como el de las energías renovables, la agroalimentación o el turismo sostenible. Y somos un país bisagra que puede facilitar la transición en dichos sectores en diferentes países de América Latina o de África, generando beneficios y relaciones de mutua reciprocidad. Podemos ejercer un papel geoestratégico central en la transformación hacia la sostenibilidad de la mano de empresas punteras, iniciativas de investigación de calidad e innovaciones de elevado impacto social, sin olvidar nuestro tradicional compromiso en esas regiones con las poblaciones más vulnerables a través de una cooperación para el desarrollo que tiene hoy la oportunidad de descubrir sus ‘círculos virtuosos’ con la transición ecológica.

Dicho en términos de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, que son el nuevo lenguaje de la transición global: desde España podemos co-liderar transformaciones en salud, igualdad de género, agua, energía limpia, ciudades sostenibles, y producción y consumo responsables; porque tenemos en todos esos ámbitos marcos regulatorios pioneros que han funcionado, empresas líderes mundiales, universidades e investigadores de primera fila internacional, modelos organizativos que han facilitado la transformación y comunidades comprometidas. Más aún, gracias a nuestra historia y nuestra cultura diversa, mestiza y compleja, tenemos la capacidad de liderar alianzas que promuevan un verdadero cambio sistémico.

En los últimos meses se han dado pasos tan importantes como necesarios. La transición ecológica ha comenzado y ahora debemos pisar el acelerador. Es responsabilidad de todas y de todos, y ninguna fuerza política debiera patrimonializar en exclusiva los logros que, ojalá, vayamos alcanzando.

La transición hacia la democracia nos enseñó que la capacidad de escucharnos para encontrar pactos y zonas de consenso es la condición imprescindible para provocar cambios positivos y perdurables. Sucede lo mismo ahora, pero incluso con una mayor complejidad, puesto que los consensos internos no bastan; hay que alcanzarlos también en el ámbito internacional.

¡Qué excelente oportunidad para un nuevo gran pacto social por la transición ecológica, que dinamice nuestra creatividad e inteligencia colectiva, que nos resitúe en el mundo como un país innovador y fiable y que nos ayude a superar enconamientos de orden doméstico que están dañando nuestra capacidad de ser una sociedad más colaboradora y más creativa! ¿No vamos a aprovecharla?

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