La lenta pero disruptiva quiebra de la hegemonía socialista en Andalucía

El análisis de los procesos electorales desde un prisma agregado intenta examinar y comprender los diversos significados que tienen unos determinados resultados sobre el conjunto del sistema y/o el proceso político. De esta forma, los autonómicos en España se han considerado tradicionalmente como secundarios o de segundo orden, siguiendo la clásica terminología sobre los tipos de procesos electorales en los sistemas de gobierno multi-nivel. A tenor de esta fórmula interpretativa, dicha calificación se asocia a que hay pruebas para afirmar que tanto actores políticos como ciudadanía les otorgan una importancia relativa menor que a otras convocatorias que pudieran denominarse de primer orden y que, en el caso español, serían las elecciones generales al Congreso y Senado. Entre otras cuestiones, la mayor importancia de estas últimas implica un marcaje de los ciclos políticos, pudiendo ser interpretados el resto de comicios que tienen lugar —como los de carácter autonómico, pero también los locales y europeos en España— en función de cómo sus resultados se inserten en la dinámica política respecto a los primeros.

El próximo 2 de diciembre la ciudadanía andaluza encara una nueva cita electoral autonómica. Siendo éstas típicamente de segundo orden, no resulta descabellado pensar que su influencia en el ciclo electoral que se inaugura precisamente con ellas sea mucho más importante de lo que cabría esperar de este tipo de convocatorias. El escenario recuerda al acontecido en las anteriores andaluzas de marzo 2015, ya que en aquel momento la convocatoria fue la primera tras las importantes alteraciones experimentadas, en las europeas de 2014, en el conjunto del sistema de partidos español. Recuérdese que en éstas irrumpió Podemos a nivel estatal y que Ciudadanos, aunque con moderación en aquel momento, comenzó también su expansión territorial fuera de Cataluña.

Además, en aquéllas también se consolidó una drástica reducción de los apoyos hacia las dos principales fuerzas políticas hasta el momento (PP y PSOE), situándose por debajo del 50% del voto emitido; cifras bastante desconocidas en las últimas décadas.

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En resumidas cuentas, las andaluzas de 2015 eran el primer escenario de posible consolidación del tránsito del bipartidismo imperfecto al pluralismo moderado, en palabras de Sartori, del nuevo modelo de partidos en España. A tenor de los resultados producidos en aquel momento, las andaluzas se podrían definir como unas elecciones peculiares en la evolución electoral de la Comunidad, pues si bien el incremento en la movilización no llegó a alcanzar una cifra récord para calificar el proceso como realmente crítico, los resultados arrojaron evidencias para adjetivarlo como desviado o de conversión. Así pues, su importancia simbólica se le puede achacar a que los resultados ayudaron a dibujar una foto más nítida de las tendencias que luego se irían consolidando en el resto de comicios celebrados entre 2015 y 2016, no sólo en Andalucía (tal y como se puede ver en el gráfico 1), sino también, a grandes rasgos, en el conjunto español.

Gráfico 1. Evolución de las tendencias principales de voto agregado en Andalucía (2007-2016)Fuente: elaboración propia a partir del Ministerio del Interior y Junta de Andalucía. Datos en %.

¿Podrían los comicios que tienen lugar el próximo día 2 en Andalucía llegar a tener una repercusión similar sobre los procesos electorales previstos para los próximos meses en los ámbitos local, autonómico, europeo y puede que también que generales? Aunque las tendencias políticas actuales se evidencien particularmente sensibles a la coyuntura política andaluza, debiéramos ser extremadamente cautos en la posible extrapolación de estos resultados, particular y especialmente al norte de Despeñaperros. No obstante, sí podemos tomar en consideración la validez y oportunidad de ciertas pautas históricas del comportamiento electoral agregado de los andaluces, ya que éstas nos pueden ayudar a comprender algunas claves de lo que cabe esperar de dichos procesos. Por supuesto, no sólo en su posible interpretación respecto a otros escenarios electorales, sino también en lo que concierne al comportamiento andaluz y su especificidad en este tipo de comicios.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que las elecciones del 2-D serán las terceras que se celebran de forma consecutiva sin que concurran con las elecciones al Congreso y Senado en el conjunto de España. Así, en 1986 y entre 1996 y 2008, hasta un total de cinco convocatorias al Parlamento andaluz fueron concurrentes con las elecciones generales. También coincidieron las autonómicas de 1994 con las europeas.

Más allá de otras interpretaciones en clave de actores y oportunidad política, el claro efecto que se ha podido examinar en Andalucía es que las tasas de participación se han incrementado en dichos comicios por el efecto de arrastre de la convocatoria estatal. Concretamente, las cifras han sido prácticamente iguales cuando han coincidido ambas, igualándose el de las autonómicas, siempre más bajo, con el de las generales. A partir de la convocatoria de 2012 el volumen de votantes es singularmente más bajo, descendiendo en aquella llamada al voto en torno a los 10 puntos respecto a las de 2008. Las de 2015 respecto a las de 2012 supusieron un ligero incremento de la movilización de unos tres puntos. A tenor de estos antecedentes, la primera tendencia que cabe esperar es que los parámetros de movilización se parezcan en buena medida a los de las dos últimas convocatorias. Más difícil resulta aventurar si el 2 de diciembre se producirá un incremento o descenso relativo respecto a 2015, pues sería necesario ofrecer hipótesis más elaboradas en relación a otro tipo de explicaciones agregadas y/o individuales del comportamiento político.

Gráfico 2. Evolución de la participación electoral en las elecciones autonómicas  de Andalucía (1982-2015)Fuente: Montabes y Trujillo (2015). Datos en %.  Los colores varían en función de la concurrencia electoral: en verde, elecciones en solitario; en rojo, elecciones concurrentes autonómicas+generales; y en azul, elecciones concurrentes autonómicas+europeas.

En el plano agregado, la otra gran singularidad del comportamiento andaluz radica en la importancia relativa que, en términos electorales, siempre ha tenido históricamente el PSOE. Ha resultado ser la fuerza política con mayor número de apoyos en prácticamente todos los comicios electorales celebrados de los distintos escenarios, con la salvedad de dos convocatorias municipales (1979 y 2011), dos generales (2011 y 2016) y las autonómicas de 2012. Sin embargo, este partido político ha ostentado la Presidencia de la Junta de Andalucía desde el año 1982 de forma ininterrumpida, bien gracias a la obtención de mayorías absolutas en las legislaturas tras los comicios de 1982, 1986, 1990, 2004 y 2008; mayoría relativa y nominación automática en 1994; y gobiernos de coalición entre 1996 y 2004 con el Partido Andalucista (PA), así como entre 2012 y 2015 con IULV-CA.

Las últimas elecciones de 2015 dieron como resultado un Parlamento prácticamente desconocido desde las elecciones de 1982: cinco formaciones políticas distintas con representación parlamentaria (PSOE, PP, Podemos, Ciudadanos y IULV-CA), pero manteniendo aún el PSOE, a pesar de obtener sus más bajos resultados históricos, la primera posición y ante una posibilidad bastante compleja de que el resto de opciones pudieran conformar una alternativa viable de Gobierno. De ahí que, no sin dificultades, la ecuación se resolviera con el apoyo de C´s a un nuevo Gobierno socialista presidido por Susana Díaz, pero evitando formar parte del Ejecutivo.

Sea como fuere, esa victoria socialista se sustentaba en un descenso importante de votos que mantenía una tendencia decreciente, constante y progresiva desde 2008. Sin duda, obviando los avatares internos de la formación y otras cuestiones de coyuntura política que en los últimos meses puedan influir en los resultados de éstas y próximas convocatorias, no cabe duda de que para el PSOE obtener un volumen de apoyos que le permita mantener el Gobierno autonómico es un objetivo crucial. Y ello porque, más allá del escenario estrictamente andaluz, un resultado especialmente negativo podría tener indudable trascendencia para el PSOE federal en los comicios de 2019. De nuevo, una reflexión más sosegada queda para un análisis distinto, pero la media de los datos demoscópicos publicados hasta el momento no son concluyentes, más allá de otorgarle de nuevo la primera posición relativa y una distancia considerable respecto al resto de adversarios.  

Gráfico 3. Evolución de la orientación partidista del voto en las elecciones autonómicas de Andalucía (1982-2015)Fuente: elaboración propia a partir de la Junta de Andalucía. Datos en %. Se omite el resultado de UCD en 1982, que obtuvo representación parlamentaria, y se mantiene al PA en toda la serie pese a perderla a partir de 2008.

Por último, no debemos obviar los importantes cambios que se han producido en las denominadas arenas electorales andaluzas. Éstas, entendidas como el escenario de confrontación inter-partidista, han pasado de ofrecer unos rasgos prácticamente inmutables a lo largo de más de 30 años a experimentar importantes alteraciones a partir, precisamente, de las últimas autonómicas de marzo de 2015. Si bien el escenario electoral andaluz se ha podido caracterizar, desde sus inicios en los años 80, por una limitada fragmentación de sus espacios, un reducido número efectivo de partidos (cercano a 2,5), una altísima concentración y una escasa competencia electoral (al menos en una parte importante de estos años de experiencia autonómica), el último ciclo electoral ha dinamitado prácticamente todos los indicadores de su sistema de partidos.

En primer lugar, la fragmentación electoral ha aumentado, así como su relación con el número efectivo de partidos, que se suplicó a partir de las elecciones de 2015. De igual modo, como consecuencia de la entrada en liza de nuevas formaciones políticas, la competencia electoral ha subido considerablemente, a la vez que ha disminuido de manera sustancial la concentración alrededor del PSOE y del PP. De igual modo, y por último, la principal alteración del espacio electoral viene marcada por los procesos de volatilidad.

Sin lugar a dudas, uno de los cambios más importantes de la cultura política de los ciudadanos en la Gran Recesión ha sido la erosión de las lealtades partidistas hacia los partidos tradicionales. El surgimiento de las nuevas formaciones se ha traducido, paralelamente, en un re-alineamiento electoral, con un incidencia capital sobre la volatilidad. Ésta, en el caso de las elecciones de 2015, ha sido la más alta de todo el periodo democrático (24%), casi 15 puntos por encima de la media para el periodo iniciado en las elecciones de 1982.

Es importante señalar que otra característica asociada a este espectacular aumento de la volatilidad es el casi absoluto protagonismo de la que se produce entre los mismos bloques ideológicos, siendo ésta de prácticamente 20 de los 24 puntos porcentuales globales. Esto es lógico en tanto que Podemos y Ciudadanos han venido a ocupar los espacios más críticos en el bloque de la izquierda y la derecha, actuando como válvulas de escape para un elector desafecto o crítico con la labor de los partidos tradicionales. Los datos del Estudio General de Opinión Pública de Andalucía (Egopa) desde las pasadas elecciones de 2015 vienen a confirmar el hecho de que este comportamiento volátil ha cristalizado en unos espacios, si no de adscripción, al menos de comportamiento electoral diferencial a favor de los partidos emergentes. Estos datos apuntarían a un descenso de la volatilidad agregada, a la vez que no resolverían la duda acerca de la capacidad de las nuevas formaciones para ampliar su espectro de captación de votantes en esos nuevos caladeros inter-bloques.

En consecuencia, lo que se juega el PSOE no es, como cabe imaginar, menos importante de lo que el resto de partidos. El PP andaluz, por ejemplo, experimentó entre 2012 y 2015 un descenso de apoyos bastante significativo, tras la amarga victoria que le llevó a ocupar la primera posición en las autonómicas de 2012 pero sin poder acceder a la mayoría ni a los apoyos necesarios para lograr el Gobierno autonómico. En las últimas convocatorias, la entrada en escena de Ciudadanos supuso la irrupción de un competidor directo en un segmento electoral ideológico exclusivo hasta ese momento. Si este nuevo competidor del espacio ideológico del centro-derecha se convierte, además, en el apoyo parlamentario para la permanencia del PSOE en el Gobierno, como así ocurrió tras las elecciones de 2015, la perturbación y expectativas de ese bloque ideológico se ve claramente más compleja.

Los precedentes en Andalucía sobre la posible afección de esta labor de coalición, parlamentaria o de gobierno, son poco concluyentes. Así, tal y como se puede observar en el gráfico 2, el PA experimentó un leve incremento entre 1996 y 2000, mientras que entre 2000 y 2004 descendió en apoyos (y a partir de 2008 no logra obtener escaño en el Parlamento andaluz). Por su parte, en el otro lado del espectro, la coalición IULV-CA sufrió un importante retroceso entre 2012 y 2015. Achacar este descenso a su co-gobierno con el PSOE en dicha legislatura resultaría complejo —máxime con la utilización exclusiva de datos agregados—, pero es que además hay que tener en cuenta que en 2015 tuvo lugar la irrupción de Podemos y ello distorsiona cualquier análisis posible.

En cualquiera de los casos, también para estas dos formaciones las autonómicas de 2018 son de suma importancia. Ambas han ligado por el momento su suerte en la coalición Adelante Andalucía (junto con otras formaciones minoritarias), probablemente considerando que el espacio a la izquierda del PSOE en Andalucía es demasiado estrecho para que convivan dos formaciones políticas distintas con apoyos suficientes para tener presencia parlamentaria. La fórmula de coalición de Unidos Podemos en las generales de 2016, antecedente más cercano, no consiguió aunar en términos de porcentaje el volumen global de apoyos que ambas habían cosechado por separado en las anteriores generales de 2015.

El resultado de estas inminentes elecciones va a servir como termómetro para todos los partidos. Por el lado socialista, la necesidad de refrendar los buenos augurios que le vaticinan la mayoría de encuestas, a la vez que testar la capacidad de influencia sobre su electorado del Gobierno de Pedro Sánchez. Por el lado del PP, la urgencia de detener una fuga de votantes hacia Ciudadanos, que tiene el peligro de convertirse en auténtica hemorragia, a la vez que nuevas vías de achique se le abren por el sector más a la derecha y el surgimiento de un convidado inesperado, Vox. Para IU y Podemos, quedaría por dilucidar si la fórmula de concentración no es más que la simple agregación de sus votos por separado, mientras que Ciudadanos se enfrenta a la posibilidad, ahora más real que nunca, de ser el buque insignia de una nueva derecha andaluza con pretensiones de extenderse al resto de España.

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