La ‘maldición de la volatilidad’ en las crisis sudamericanas

Octubre comenzó con la disolución del Congreso peruano por el presidente Martín Vizcarra. Días después, el presidente Lenin Moreno declaró el estado de excepción en Ecuador, trasladando la sede del Gobierno de Quito a Guayaquil debido a las manifestaciones de grupos indígenas y una a huelga general que paralizó el país. Luego llegó el turno de Chile: el presidente Sebastián Piñera afirmó estar «en guerra», tras una sucesión de protestas violentas que se han prolongado hasta ahora. Más recientemente, se desencadenó una crisis tras las elecciones bolivianas, que culminó con la caída del presidente Evo Morales, dejando al país en un caos institucional. Si eso no fuera suficiente, en Colombia el Gobierno de Iván Duque afrontó la mayor huelga general de los últimos años, a la que respondió con una violencia sorprendente.

¿Qué tienen en común las diversas crisis políticas que están sucediendo en América del Sur? No son meras coincidencias. Aunque los factores desencadenantes son específicos de cada sociedad, una comprensión más amplia de este fenómeno implica necesariamente identificar elementos comunes.

La inestabilidad que estamos experimentando está asociada con lo que llamamos la maldición de la volatilidad: la sucesión de ciclos político-económicos de expansión y crisis, provocados por cambios en las condiciones externas y que caracterizan la historia de América del Sur. En este momento, la región vive la reversión drástica de una larga bonanza que marcó la última década, así como de las expectativas positivas que esa bonanza había generado.

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Los países sudamericanos encajan en la economía mundial de una manera muy similar. Todos son, en mayor o menor medida, exportadores de productos primarios (las llamadas commodities) como cobre, petróleo, soja, hierro, entre otros. También son países con bajo ahorro interno y, por lo tanto, dependientes de la financiación externa. Estas características son estructurales y varían muy poco en el tiempo.

Debido a este modelo de inserción, las economías sudamericanas son extremadamente vulnerables a las fluctuaciones en los precios internacionales de las commodities, que a su vez varían mucho en comparación con los productos industrializados. También les afectan las variaciones en las tasas de interés internacionales, ya que éstas determinan los flujos de capital financiero para los países emergentes.

Cuando los precios de los productos básicos aumentan en los mercados internacionales, las ganancias en términos de intercambio generan una apreciación del tipo de cambio, aumentando el poder adquisitivo de la población y beneficiando la inversión. El aumento de los precios de las exportaciones también disminuye la percepción de riesgo de los países de la región, haciéndolos más atractivos para la inversión extranjera y aumentando la liquidez y el crédito. Más dinero circulando y acelerando el crecimiento aumenta los ingresos tributarios, impulsando la demanda interna y ampliando la capacidad del Gobierno para gastar en obras y programas sociales. Este efecto es aún más fuerte cuando se combina con la caída de los tipos de interés internacionales, lo que hace que las economías emergentes sean aún más atractivas para el capital financiero transnacional.

Cuando los precios de los productos básicos caen y las tasas de interés internacionales suben, sucede lo contrario.

La volatilidad económica que resulta de las fluctuaciones en estos dos factores se refleja en los ciclos de bonanza y crisis que afectan a toda la región. Aunque fuera del control de los gobiernos nacionales, estos ciclos tienen un efecto directo en el bienestar de los ciudadanos y su alternancia tiene consecuencias perjudiciales para nuestras democracias.

La figura a continuación presenta nuestro indicador de Buenos Tiempos Económicos (originalmente GET, Good Economic Times), que combina un índice agregado de precios de productos básicos de la Unctad con las tasas de interés pagadas sobre los bonos del Gobierno de Estados Unidos. El GET captura cuán favorable es el escenario internacional para las economías de América del Sur que exportan productos básicos e importan capital: cuanto más alto y creciente sea el índice, más favorable será este escenario.

Las fluctuaciones en el GET están en el origen de varios eventos que han marcado la historia económica y política de la región. Aquí, sin embargo, nos gustaría llamar la atención sobre el período más reciente. Entre 2003 y 2011, los países sudamericanos pasaron por el llamado super-ciclo de las commodities, que se sintió en toda la zona independientemente de la agenda económica de los gobernantes, y que ocurrió simultáneamente con la caída de las tasas de interés internacionales. Como resultado, desde la derecha de Álvaro Uribe (Colombia) a la izquierda de Hugo Chávez (Venezuela) resultó ser un período de exuberancia económica y, en mayor o menor medida, en un aumento generalizado del bienestar.

Del mismo modo, la reversión a finales de 2011 que dio lugar al período problemático que estamos experimentando hoy también es bastante perceptible en la figura. Con variaciones específicas en cada caso, el hecho innegable es que la crisis ha llegado para todos, aunque se haya retrasado en Bolivia debido a los contratos de suministro de gas natural a largo plazo.

La reversión repentina de la trayectoria económica, como ya sucedió en el pasado, fue seguida de otra reversión, la de las expectativas de los ciudadanos de que la vida continuaría mejorando. Así como los conflictos redistributivos son mitigados por el crecimiento acelerado y la esperanza de un futuro mejor, dichos conflictos tienden a exacerbarse después de que el auge se convierte en declive. La desigualdad de ingresos, la injusticia social, la corrupción, las malas condiciones de empleo y los servicios públicos inadecuados, problemas que siempre han existido, se vuelven más repugnantes e inaceptables.

Si bien la volatilidad económica es tradicionalmenteobjeto de estudio por parte de los economistas, se sabe poco sobre las consecuencias políticas de este fenómeno. Aquí nos centramos en tres de ellos. La primera, y la más obvia, es que la alternancia de bonanzas y crisis económicas genera ciclos de expansión seguidos de austeridad que dificultan la planificación, la coherencia y la continuidad de las políticas, entre otros asuntos de gobernanza.

El segundo es que el impacto de factores externos en el desempeño económico limita la capacidad del electorado para comparar la calidad de los gobernantes en función de las mejoras en su bienestar; el llamado voto económico. En países donde el bienestar depende directamente de factores que el Gobierno no controla, como las economías sudamericanas, el voto económico premia la suerte en lugar del mérito de los gobernantes. Los presidentes que gobiernan durante períodos altos de GET son más populares y tienen muchas más probabilidades de ser reelegidos o elegir a sus sucesores, independientemente de su agenda política o cualidades personales. No es difícil entender que los gobernantes cuyo éxito depende de la suerte tienen menos razones para preocuparse por la calidad de sus políticas.

Finalmente, a largo plazo la inestabilidad generada por la alternancia de los ciclos económicos limita la consolidación de las instituciones políticas en los países de la región. Nuestra investigación revela que las posibilidades de transiciones regulares (cambios de Gobierno en fecha y de acuerdo con procedimientos preestablecidos) disminuyen drásticamente en tiempos de disminución del índice GET. Por el contrario, las estafas, impugnaciones y exenciones se vuelven más frecuentes en estas condiciones.

Por otro lado, no faltan ejemplos de presidentes sudamericanos que aprovechan la gran popularidad obtenida durante los períodos de auge económico para extender su mandato, a menudo con el consentimiento popular. Bolivia es sólo el caso más reciente, pero hay ejemplos en Venezuela, Ecuador, Colombia, Brasil, entre otros. La conclusión es que tanto la bonanza como las crisis generadas externamente, y que son tan características de la región, son terreno fértil para iniciativas que socavan las instituciones políticas de sus democracias.

Las consecuencias de seguir ignorando esta realidad son potencialmente graves. Como muestra la figura, América de Sur ahora está experimentando el tercer largo período de fuerte caída en el índice GET desde principios de la década de 1960. En los primeros dos, tuvimos rupturas de regímenes: golpes militares que iniciaron gobiernos autoritarios entre mediados de los años 60 y 70, y re-democratización de la región en la década de 1980.

La fuerte reversión del bienestar y de las expectativas que caracterizan el período actual son una parte fundamental de la realidad que ahora vivimos en toda la zona, incluso en los países más prósperos y estables, como Chile. Por un lado, el margen de maniobra fiscal de los gobiernos se encuentra muy limitado; por otro, la pobreza y la desigualdad vuelven a crecer. No se debe ignorar la frustración producida por este proceso, especialmente sabiendo que el votante asigna la responsabilidad de su bienestar material, correcta o incorrectamente, a sus presidentes.

No es necesario recurrir a las teorías de la conspiración para comprender las crisis que ocurren en la región. Estas teorías no sólo obstaculizan la comprensión de la realidad, sino que agudizan los conflictos y la polarización que en el pasado ya habían justificado las rupturas institucionales.

Las democracias sudamericanas pasan por un momento de fragilidad y hechos triviales pueden convertirse en desencadenantes del extremismo. En este momento, se necesitan sobre todo líderes responsables profundamente comprometidos con la democracia y con el diálogo, y una gran sensibilidad social para comprender el alcance de las frustraciones que se desarrollan con cada protesta. Gobernar sin prestarles atención es la receta para un camino de gran inestabilidad por delante; al menos hasta que comience un nuevo ciclo de bonanza externa.

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