La (no tan) nueva cara del terrorismo en Estados Unidos

Probablemente si le preguntásemos al estadounidense medio qué le viene a la mente cuando le hablan de terrorismo nos hablaría de yihadistas sirios o de salafistas barbudos que se esconden en cuevas de Afganistán o Pakistán. No nos podemos sorprender: desde hace décadas Washington señala a Oriente Medio como lugar de proliferación del terrorismo y como amenaza principal para la seguridad del país.

Pero los datos dicen otra cosa. Un estudio del U.S. Extremist Crime Database de 2017 señala que entre el 12 de septiembre de 2001 (día posterior a los atentados del 11-S) y el 31 de diciembre de 2016 el 74% de los ataques terroristas llevados a cabo en suelo estadounidense fueron obra de radicales de extrema derecha. En el año 2017, según una investigación de la Anti-Defamation League (ADL), el 71% de las muertes causadas por terrorismo fueron obra de ataques de extremistas de derecha. Finalmente, en 2018, siempre según la ADL, nada menos que el 98% de las muertes causadas por ataques de extremistas (incluyendo aquí Incels) se debieron a ataques de radicales de derechas. Desde el 11-S la principal amenaza terrorista en términos domésticos es, por tanto, el extremismo derechista, no el yihadismo.

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En lo que va de 2019 todos los ataques terroristas que se han producido en Estados Unidos son también obra de radicales de derechas. Tanto el incendio de una mezquita en Escondido (California) como el tiroteo de una sinagoga en Poway (California), como el reciente tiroteo en un centro comercial en El Paso (Texas) vienen motivados por ideologías supremacistas y acompañados de manifiestos cargados de xenofobia y racismo. El perfil del atacante no varía demasiado: hombre blanco, generalmente joven, radicalizado en internet e inspirado por otros ataques (el de Christchurch ha sido citado en los tres ataques de este año).

¿Qué motivaciones encontramos detrás de estos ataques? Si buceamos en sus foros y leemos los farragosos manifiestos de los terroristas no hallaremos ningún tema que no sea un clásico de la derecha radical: sensación de decadencia, pérdida identitaria, angustia demográfica, antipatía hacia el extranjero, desprecio hacia unas élites “cosmopolitas”, miedo hacia la emasculación de la sociedad, impresión de estar atravesando un momento histórico singular que requiere acciones extraordinarias que activa un deseo masculino de heroísmo… Ideas que pueden encontrar espacio en un mundo en el cual para algunos desde el final de la Guerra Fría el principal problema de Occidente es enfrentarse a un choque de civilizaciones que pone en peligro su seguridad identitaria. El momento histórico que se abre en 2001 con los ataques del 11-S, así como las recientes crisis migratorias en Europa y EEUU, le dan oxígeno a este marco ideológico.

Una obra destaca entre las referencias que encontramos en los manifiestos, foros y canales de YouTube de los terroristas de extrema derecha en los que se difunden  ideas radicales: Le Grand Remplacement. Es un libro que publicó el ultraderechista francés Rénaud Camus en 2012 y que parte de una tesis anunciada por él mismo un par de años antes: hay un complot de las élites políticas y económicas para reemplazar la población nacional por inmigrantes para crear un tipo de ciudadano reemplazable y desarraigado. Aquí tampoco hay innovación: la idea de conspiración demográfica está presente desde hace mucho en círculos de extrema derecha.

Síntoma del momento que atraviesa EEUU es que esta idea de reemplazamiento étnico ha llegado a gozar de popularidad entre personajes públicos estadounidenses con influencia en los medios. Figuras como Tucker Carlson (presentador del popular programa Tucker Carlson Tonight en Fox News), y sobretodo su compañera, Laura Ingraham, han hablado abiertamente y en horario de máxima audiencia de cómo los Demócratas pretenden reemplazar a la población americana con inmigrantes, entre otras cosas, por motivos electorales y culturales. Comentadores con amplias audiencias como Lauren Southern o Stefan Molyneux también han difundido la teoría conspirativa de forma incluso menos disimulada en sus canales de YouTube.

Que los datos sobre terrorismo mencionados sorprendan se debe a que, al contrario de lo que ocurre con el terrorismo yihadista, en el caso de ataques llevados a cabo por supremacistas blancos y otros tipos de radicales de derechas hay una tendencia mediática a la individualización y patologización. Así, se suelen presentar los ataques como obra de individuos alienados y de comportamiento anormal, y se suele explorar su vida familiar y social para buscar las claves que les motivaron. Con el terrorismo yihadista ocurre exactamente lo opuesto: se señala de inmediato la vertiente grupal del atacante en lugar de privatizar sus motivos. En seguida se habla de su lealtad a tal o tal otro grupo terrorista y del origen y religión del atacante. Así, se conectan sus actos con hechos de actualidad internacional presentes en la agenda mediática, creando la sensación de que forman parte de fenómenos mucho más importantes e identificables que los ataques perpetrados por “lobos solitarios”.

Pero quizás las cosas estén cambiando. Desde 2016 la llegada al poder de un presidente alabado por fuerzas como la Alt-Right o los Proud Boys y apoyado en espacios como el foro 8chan (cerrado hace unos días por la empresa que lo acogía, Cloudfare, por su vinculación con el ataque de El Paso) ha inundado la esfera pública estadounidense de términos y nombres ligados a la extrema derecha. El atentado de El Paso ha sido directamente ligado por parte de la prensa al supremacismo blanco y al nacionalismo blanco, términos con los que la opinión pública cada vez es más familiar. Esta irrupción en primera plana de movimientos extremistas de derechas habilita una des-individualización del terrorismo supremacista y permite su inclusión en tendencias ideológicas más amplias, aunque estas de momento no cristalicen en la formación de grupos identificables.

Que el atacante de El Paso hable en su manifiesto de “invasión hispánica”, critique las “fronteras abiertas” y centre su ira en inmigrantes de origen latino dispara inevitablemente la pregunta por el rol de Donald Trump en favorecer un marco que incite a los radicales a este tipo de acciones. Esta atribución de responsabilidades es tentadora para un sector de las figuras públicas del Partido Demócrata (especialmente para las más irreverentes), pero en estos casos establecer causalidades es difícil. Al fin y al cabo el terrorismo de derechas en EEUU, como hemos señalado, lleva en alza desde antes de que Trump desembarcara en la Casa Blanca.

Con todo, es difícil no pensar que la polarización y la estigmatización que permean los discursos del presidente no ayuden a inspirar a los radicales que pululan por los foros y canales de YouTube ligados a la derecha supremacista. Más aún, todos recuerdan cómo un Trump aún asesorado por Steve Bannon se mostró evasivo en 2017 a la hora de condenar la manifestación ultraderechista de Charlottesville que dejó un muerto por atropello deliberado. Además, sus comentarios con respecto al atentado de El Paso han sido tibios comparados con lo que suele ser habitual en la Casa Blanca cuando ocurre algo así.

Queda la pregunta por el futuro: ¿seguirá el terrorismo de extrema derecha operando en EEUU en los próximos tiempos? Nada nos indica lo contrario. El país tiene una importante tradición de grupos paramilitares y milicias armadas, comunidades virtuales de radicales bien organizadas (pese a la desarticulación de 8chan) y el acceso a armas de asalto es relativamente sencillo. El clima político polarizado, el auge de la derecha radical en occidente y el discurso de Trump con respecto a la inmigración garantizan, como poco, la continuidad de estos hechos, más aún cuando la derecha política y mediática teme que abordar el problema signifique limitar el acceso a las armas.

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