La normalización ‘exprés’ de Vox

Habiendo reflexionado ya en mi anterior ‘post’ sobre los debates en torno a la definición/caracterización ideológica de Vox y las causas que han favorecido su éxito en Andalucía, podemos volver la vista a otros temas de análisis.

Una tercera cuestión suscitada por el ascenso de Vox tiene que ver con el perfil de los votantes del nuevo partido. De nuevo aquí se impone la máxima cautela para analizar los escasos datos que van llegando y que, de momento, ya han suscitado opiniones encontradas. Para algunos, la pérdida de apoyos de la izquierda en poblaciones con elevada presencia de población inmigrante y las ganancias de Vox en estos mismos enclaves sugieren que esta formación habría recibido un claro apoyo de votantes progresistas. El análisis de los datos a escala municipal parece apuntar a la importancia de la inmigración en el voto a Vox, pues éste obtiene más apoyos en aquellas localidades con mayor porcentaje de población inmigrante; pero también lo hace en ciudades y municipios cuyo nivel de renta no suele coincidir con esta abultada presencia de inmigrantes, lo que pone en entredicho dicha relación.

Más aún, el análisis con datos al nivel de sección censal ofrece evidencia de que no es el contacto directo con la población de origen inmigrante lo que motiva el voto a este partido, sino la percepción del fenómeno como un peligro, algo que puede verse alentado y fomentado desde las propias élites políticas. Los escasos datos de encuestas (sondeos) post-electorales ofrecen, hasta el momento, la imagen de un electorado difícilmente identificable en términos socio-demográficos y sin un claro perfil de estudios, situación laboral, de renta, edad o género. A priori, esto pudiera significar que estamos ante un fenómeno diferente del que existe en otros países europeos, en los que se ha confirmado una fuerte presencia de apoyo a la ultraderecha entre sectores tradicionalmente de izquierdas; el proceso de proletarización de las bases de apoyo de Vox estaría aún sin realizar, por tratarse éste de un partido emergente.

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En sentido contrario, el fenómeno de Vox podría encajar con el patrón europeo más extendido entre partidos exitosos de ultraderecha si nos atenemos a los hallazgos de la literatura académica comparada que, precisamente, minimizan la importancia de los componentes socio-demográficos en el voto a estas formaciones y enfatizan la relevancia de los actitudinales: la opinión sobre el fenómeno de la inmigración sería así mucho más decisiva, y mejor predictor del voto a la ultraderecha, que las variables estructurales.

Cabe, por último, recurrir a una tercera hipótesis manejada en los años 90 y que tendría, en mi opinión, más aplicación al caso: la de que la transversalidad del voto a Vox se explica por ser éste un voto de protesta, no identificable en términos socio-demográficos y sí muy influido por determinados issues del momento. Sólo el tiempo podrá confirmar si la protesta se convierte en algo duradero, si se alumbra un claro perfil sociológico de sus votantes y si éste coincide en un futuro –o no– con el de otros partidos ultras paradójicamente proletarizados.

Antes de que llegue ese momento, la discusión académica de estas décadas sobre la ultraderecha también puede arrojar algo de luz sobre la cuestión, precisamente, de qué hacer ante este fenómeno; o dicho de otra forma, cuáles son las posibilidades de reacción de los demás partidos políticos ante la aparición de Vox. En este sentido, las opciones parecen claras: algunos defienden la conveniencia de establecer un cordón sanitario para frenar su empuje; otros creen que el aislamiento político e institucional sólo acentuará su singularidad y aumentará así su atractivo entre el electorado.

Pocos señalan que la formidable legitimación que el nuevo líder del Partido Popular ha brindado hasta ahora a Vox (primero, tratando de apropiarse de su agenda, y después aceptando su apoyo para la formación de Gobierno) convierte en inefectiva la opción de la exclusión político-institucional del nuevo actor. Poco sentido tendría ahora ya intentar adoptar algunas de estas estrategias que varios expertos han considerado eficaces sólo al principio del proceso. En su esfuerzo por mitigar las más que previsibles pérdidas electorales, Pablo Casado ha ignorado las lecciones extraíbles desde que, hace ya décadas, Jean Marie Le Pen se mofara del entonces ministro del Interior Charles Pasqua por intentar imitar sus propuestas (“los franceses han preferido el original a la copia”, dijo, regalando una legendaria frase al futuro).

También olvida las enseñanzas más recientes que el líder de la Unión Social Cristiana alemana (CSU), Horst Seehofer, tuvo que interiorizar tras su intento de combatir el auge de AfD en su histórico feudo bávaro por la vía de radicalizar sus propias propuestas programáticas, en septiembre de 2018. Casado ha hecho caso omiso de estas consideraciones y ha empezado a tratar con sus adversarios más próximos, regalando a  Santiago Abascal un potentísimo altavoz. En esta labor se ha visto ayudado por la actuación amplificadora de los medios de comunicación y por las contradicciones de Ciudadanos, deseoso de promover el cambio político e institucional en Andalucía pero consciente de los daños de dejarse apoyar por Vox.

Desde luego, no es la primera vez que un partido de derechas o conservador se apoya, directa o indirectamente, en un partido ultra. Lo insólito del caso español es la extraordinaria rapidez con la que se ha producido este movimiento legitimador, cuando Vox apenas acaba de despuntar en una convocatoria electoral de ámbito regional.

¿Puede esta maniobra espolear el crecimiento de Vox? La literatura académica que ha analizado los casos europeos es bastante unánime al respecto: . El análisis de los efectos de la inclusión en el Gobierno de una fuerza de ultraderecha sobre su normalización (o moderación) arroja conclusiones bastante concluyentes: a través de la medición de distintas dimensiones del fenómeno del mainstreaming se cuestiona que incluso los partidos ultra más coalicionables, como el Partido de Progreso noruego o el Partido Popular danés, hayan visto moderado su discurso y/o posiciones en distintos aspectos como consecuencia de su paso por el Gobierno. Y se muestra evidencia de que, en otros casos, como el FPÖ austríaco o la Lega en Italia, su participación institucional no sólo no ha atemperado sus excesos, sino más bien al contrario, ha arrastrado a sus socios gubernamentales hacia posiciones más extremas. Pero hablamos en todos estos casos de partidos electoralmente consolidados y no de recién llegados a la contienda partidista. Así pues, la invitación de Casado y los ‘populares’ andaluces (y, eventualmente, del partido de Rivera) puede tener consecuencias positivas para Vox, a tenor de lo que se ha estudiado en otros países europeos; si bien este efecto será difícil de aislar entre el conjunto de factores que incidirán en la trayectoria del partido de Abascal en el futuro.

Adicionalmente, esta misma estrategia puede generar el desplazamiento conjunto del sistema de partidos hacia la derecha, lo que no podría ser atribuible exclusivamente a Vox, sino a quienes se han autoproclamado sus próximos compañeros de viaje.

Como conclusión, conviene señalar que estamos ante un fenómeno emergente y de difícil análisis en el momento actual por su brevísima trayectoria; que, a priori, Vox parece un miembro nato del grupo de la ultraderecha europea, que prioriza, hoy por hoy, el elemento ideológico del ultra-nacionalismo español. Esto supone una diferencia con los partidos de esta familia, los cuales han hecho girar sus agendas en torno al tema de la inmigración.

Vox presenta también otras diferencias con éstos como, por ejemplo, su agenda anti-feminista: si bien todos los partidos ultras tienden a ser conservadores en cuestiones sociales, algunos de los más exitosos han orillado los elementos más chirriantes de su discurso en este ámbito y han situado a destacadas figuras femeninas en puestos clave de sus formaciones (como en el caso de Marine Le Pen al frente del FN, recientemente renombrado Rassemblement National; Alice Weidel, presidenta del Grupo Parlamentario de AfD en el Bundestag alemán; Siv Jensen, líder del Partido de Progreso noruego desde 2006 y ministra de Economía; o Pia Kjærsgaard, cofundadora y líder del exitoso Partido Popular danés).

Sin duda, debemos esperar hasta las elecciones de mayo tanto para valorar su nivel de éxito como para definir adecuadamente su ideología; pero, por de pronto, el joven partido ya ha experimentado una notable ‘normalización’ gracias a la estrategia del PP, lo que le convierte en un caso muy singular entre todos los partidos europeos de ultraderecha. Las consecuencias de esta estrategia son ya observables en el sistema político andaluz y en el español, y habrán de ser afrontadas. El dilema sobre cómo actuar ante la ultraderecha no es fácil de resolver para la derecha, pero se podría haber optado por otras vías para hacer frente a la aparición del nuevo competidor

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