¿La nueva PAC vaciará aún más la España vacía?

En un contexto global que requiere transiciones urgentes hacia la sostenibilidad de nuestros modelos productivos, y dada la importancia de la agricultura como elemento clave para esa sostenibilidad en gran parte de nuestro territorio, cabe preguntarse si va en esta dirección la Política Agrícola Común (PAC) que está diseñando el Ministerio de Agricultura para su aplicación en España, a través de un Plan Estratégico Estatal.

La Comisión Europea ha elaborado un proyecto de reglamento para la nueva PAC en el que cada Estado miembro tiene más margen para diseñar su plan, adaptándolo a sus circunstancias nacionales. Teniendo en cuenta que hay países miembros que presentan sistemas agrícolas muy diversos, como es el caso español, es difícil diseñar desde las administraciones centrales una hoja de ruta que se adapte a las realidades y expectativas de todas las regiones y para todas las agriculturas. Imagino que todos, incluido nuestro Ministerio del ramo, estamos de acuerdo en que tenemos que promover una aplicación de la PAC que tenga como objetivos estratégicos la resiliencia, contribuir a mitigar el cambio climático y el autoabastecimiento de alimentos sanos y nutritivos, a la par que ayude, y no desincentive, a fijar la población en el medio rural.

Una vez consensuados estos objetivos estratégicos que deben regir la aplicación de la PAC, que espero compartamos todos, si analizamos los documentos elaborados por el Ministerio hasta la fecha, comparando la actual PAC que se aplica en España con la que el borrador de Plan Estratégico parece querer promover, vamos a encontrarnos con una PAC ‘lampedusiana’: que todo cambie para que todo siga igual. Presentarlo con el aparente apoyo en estudios, estadísticas, indicadores, objetivos y dafos, envueltos en tecnicismos que intentan dar una falsa impresión de que las conclusiones son acertadas, no nos tiene que desviar de un análisis profundo y crítico. Sería una pena que todo ello sólo fuese acompañado de un proceso opaco, sin discusión abierta y transparente, con consultas en las que solamente se permite contestar sucintamente a las preguntas y planteamientos ya predefinidos, creando un falso proceso de participación.

[Con la colaboración de Red Eléctrica de España]

El diseño de plan que está elaborando el Ministerio parece estar configurado más para defender una agricultura de cultivos extensivos y de grandes superficies, lo que dejaría fuera del reparto del presupuesto comunitario a la agricultura situada en zonas con dificultades orográficas que rodean toda la costa española, las Baleares y las zonas de montaña del interior, al concentrar el grueso de las ayudas en el denominado agricultor genuino.

Sabemos que la definición de esta figura puede llevar a la exclusión y a la falta de apoyo a los pequeños agricultores, lo que conllevaría el abandono de pequeñas explotaciones como las que se practican en bancales llanos y de muros de piedra que tanto ha contribuido a evitar la erosión, constituyendo auténticos monumentos construidos por las generaciones anteriores; o que excluiría de las ayudas a los que con su obligada pluri-actividad, en parte agraria porque no tienen otra forma de subsistir, aún mantienen la vida en nuestros pueblos.

La aplicación de la nueva PAC debiera evitar que se sigan concediendo las ayudas a los que han demostrado no tener sino un mero interés económico y extractivo, y que ven sus propiedades como señores feudales de otro tiempo; y a las nuevas figuras que, mediante entramados empresariales, han entrado ya en la agricultura española: los fondos de inversión. Ambas tipologías están muy alejadas de los contextos socioeconómicos locales.

Mientras tanto, desde la Administración nos venden la idea de que habrá limitación de ayudas a los grandes por medio de un capping regulado deficientemente. Cuando todos sabemos que se pueden eludir las limitaciones constituyendo tantas sociedades como sean necesarias, en vez de regular un sistema de levantamiento del velo societario que evite el fraude.

Estamos todos de acuerdo en que desde la nueva PAC se fomenten prácticas que ya se realizan actualmente, como el laboreo reducido, el uso de cubiertas vivas o inertes, el aprovechamiento de podas y restos de cultivo/cosecha y el uso de cubiertas vegetales, teniendo todas ellas como consecuencia un menor consumo de insumos agrícolas y, por tanto, de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs). Pero como se suele decir, el diablo está en los detalles, y se están promoviendo prácticas en la (eufemísticamente) denominada agricultura de conservación, un tipo de agricultura extensiva promocionada por las multinacionales que representa el mayor consumo de herbicidas carcinógenos, escudándose en el mantra de no erosionar y emitir menos carbono. Estas sustancias contaminan acuíferos y matan la biota del suelo.

Cuando hoy, por la pandemia, los expertos señalan que hay que proteger y fomentar la biodiversidad en la naturaleza para evitar “el salto de los patógenos de unas especies a otras”, este tipo de prácticas pseudo-ecológicas, cuyo único objetivo es vender más para aumentar los márgenes, empobrecen la ya maltrecha biodiversidad de los agro-sistemas y, además, comprometen potencialmente nuestra salud.

Esta nueva PAC no fomenta los sistemas ricos en especies y tampoco evita la degradación de los actuales. Por ejemplo, no se establecen medidas de apoyo a la recuperación de las aves insectívoras en regresión o de los anfibios, que ayudan a mejorar el nivel de vida de los humanos ante avances de nuevas plagas que nos afectan, como el mosquito tigre (por cierto, introducido por la misma globalización que nos ha traído el coronavirus), potencial vector de paludismo, chikunguña, dengue y otras enfermedades; o como el Aeles japonicus detectado en Asturias y Cantabria. El camino debiera ser muy distinto: ser más creativos y establecer eco-esquemas que promuevan la biodiversidad, la salud de nuestros suelos y el consiguiente aumento de su capacidad como sumidero de carbono, promoviendo una sociedad más saludable y resiliente social y económicamente.

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La realidad y posibilidades de nuestras agriculturas son mucho más ricas y complejas e incluyen, por ejemplo, el manejo del estiércol en la agricultura ecológica como alternativa al uso de fertilizantes minerales (favoreciendo la circularidad del sistema); la agricultura tradicional abancalada y sus prácticas de laboreo en las zonas de montaña de la España seca para mantener la sazón, sirviendo al mismo tiempo de cortafuegos, iindispensables en la zona de interfaz forestal para evitar incendios.

Tenemos que considerar, además, otras potenciales funciones de nuestros agro-sistemas. Los expertos en cambio climático coinciden en que la reducción de emisiones y el secuestro de carbono en el sector Afolu (siglas en inglés que designan la agricultura, silvicultura y otros usos de la tierra) desempeñan un papel importante en su mitigación. Habría que establecer en nuestras realidades agrícolas y climáticas cuáles son las medidas que, de verdad, mitigan el cambio climático, sin obviar que deben tener en cuenta la necesidad de adaptación al mismo; y todo ello sin que afecte a otras funciones vitales de nuestros agro-sistemas y sus posibles efectos negativos: la contaminación de los acuíferos y los suelos, la salud humana, la pérdida de biodiversidad en la micro-biota del suelo, etcétera. Por eso es fundamental que las prácticas agrícolas se vean en su conjunto, no sólo parcialmente, analizando las consecuencias colaterales de cada tipo de agricultura y de sus prácticas agronómicas.

En conclusión, no hay un cambio de paradigma con la PAC que está diseñando el Ministerio. Parece, más bien, que la intención es barrer el grueso de las ayudas para una determinada agricultura y concentrar las mismas en determinados perceptores.

Podemos diseñar una PAC que ayude frente al cambio climático en virtud de dos aspectos muy importantes:

  • Líneas de fomento de la biodiversidad ante un contexto internacional de desaparición dramática de los insectos polinizadores. En este punto, los setos desempeñan un papel importante como reservas de biodiversidad, herramientas en la lucha biológica. Además, conllevan la reducción del uso de plaguicidas y herbicidas, y con ello una menor contaminación del medio ambiente y la mejora en la salud de las personas.
  • La mitigación y adaptación al cambio climático, con el gran potencial de secuestro del CO2 ya existente en la atmósfera, por medio de la biomasa vegetal o de la materia orgánica del suelo; de la mano de prácticas que nos permitan adaptar nuestra agricultura a las futuras condiciones climáticas.

Pero el Ministerio no está caminando por esta senda, y no tiene previsto tenerla en cuenta para apoyar cultivos implantados en nuestra agricultura y que son esenciales para fijar la población en nuestros territorios de interior: el olivo tradicional, la vid, el algarrobo. No incluye la agenda climática entre sus prioridades, tampoco una agenda social para todos. La sociedad hoy demanda justicia climática y social, y la nueva PAC que está elaborando el Ministerio deja injustamente de lado a los habitantes del medio rural, la España vacía.

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