La obsolescencia del liberalismo y el (posible) caos que viene, según Putin

Putin le tiene tomada la medida a la prensa internacional. Es raro verle incómodo o en apuros cuando le entrevistan periodistas occidentales. Suele ser él quien marca el tono y el impacto. Sabe modular su discurso y dar los titulares que le interesan en cada momento. En esta ocasión (y como preámbulo a la cumbre del G-20 en Osaka), ha alertado sobre los inminentes riesgos geopolíticos que afronta el mundo y la obsolescencia del liberalismo, en una larga entrevista con el Financial Times. Y, ciertamente, no es una mala jugada. Al inicio de un encuentro que aborda asuntos económicos y financieros sobre los que Rusia tiene escasa influencia, Putin opta por situar la discusión mediática en los ámbitos ideológico y estratégico, donde el Kremlin sí tiene un peso significativo. 

Uno de los primeros en picar el anzuelo fue el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, con un tuit en el que indicaba que eran el “autoritarismo, el culto a la personalidad y el gobierno de los oligarcas” lo que está obsoleto. Y no es que Tusk no tenga razón. La cuestión es que no conviene facilitar que sea el Kremlin el que fije la agenda y los términos del debate sobre un liberalismo difuso y ante el que cada lector puede proyectar sus filias o fobias; dejando, frecuentemente, a la Unión Europea a contrapié y a la defensiva.

Las declaraciones del presidente ruso al FT no son, de hecho, particularmente novedosas. El revuelo generado refleja, sobre todo, la persistente dificultad europea para descodificar al Kremlin y no dejarse atrapar por un discurso que induce a errores de interpretación. 

Putin empieza la entrevista -y articula buena parte de su discurso- sobre la idea de la “ausencia completa de reglas” en las relaciones internacionales lo que genera, dice, un mundo más “fragmentado y menos predecible” en el que una guerra a gran escala no resulta impensable. Es una idea sobre la que lleva años insistiendo. En su discurso inaugural de la reunión anual del Club Valdai celebrada en octubre de 2014 -es decir, pocos meses después de la anexión de Crimea y de iniciar una intervención militar encubierta en Ucrania-, ya advirtió sobre la necesidad de establecer “nuevas reglas o afrontar un mundo sin reglas”. Pero lo que Putin expresaba entonces y ahora es su malestar con la hegemonía de un EE.UU. que, entiende, no está sometido las mismas reglas de juego que otros y genera un entorno en el que “nadie se siente seguro”, tal y como indicó es su famoso discurso en la conferencia de Múnich de febrero de 2007.

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El malestar del Kremlin con el devenir internacional desde la caída de la Unión Soviética no refleja añoranza por la Guerra Fría, sino por la ‘igualdad’ perdida con Estados Unidos. Es decir, por el lugar de Moscú en la mesa donde se deciden los grandes asuntos internacionales. La pérdida de esa igualdad (entendida como estatus frente a -en palabras del dirigente ruso- “los supuestos vencedores de la Guerra Fría”) es el núcleo de la humillación a la que se refieren constantemente no sólo Putin, sino el conjunto de la comunidad estratégica y pensadores rusos. Recuperar esa igualdad es lo que ha guiado la política exterior rusa del último cuarto de siglo. Poco antes de acceder a la Presidencia de Rusia a finales de 1999, Putin publicó un artículo en el que alertaba de lo que percibía ya como el “peligro” de que, por vez primera en dos o tres siglos, Rusia quedara “relegada a un segundo o tercer nivel” entre los estados del mundo. 

La opinión pública europea tiende a pensar intuitivamente que esta ‘igualdad’ y la defensa de la ‘multipolaridad’ que suele llevar aparejada, son, por sí mismas, positivas y muestra, por ello, comprensión con las reclamaciones del Kremlin. Pero una realidad multipolar no entraña necesariamente ni multilateralismo ni tampoco una mejor gobernanza global. Se pierde de vista, además, que Rusia concibe esa igualdad como una cuestión que atañe exclusivamente a los iguales y plenamente soberanos, una condición de la que, desde su punto de vista, disfruta tan sólo un puñado de grandes potencias.

De ahí que la narrativa victimista del Kremlin, crítica con la política exterior de EE.UU., obvie con toda naturalidad las agresiones militares rusas contra vecinos como Ucrania y Georgia, que concibe como vasallos, o el hecho de que Rusia sea el gran creador de estados ‘de facto’ en la posguerra fría. Es decir, el combustible que alimenta y guía al Kremlin no es la supuesta defensa la legalidad internacional -un instrumento y no un fin-, sino un profundo sentimiento de derrota y agravio frente a Occidente y un agudo síndrome postimperial. 

Pese a las insistentes advertencias de Putin sobre la volatilidad e incertidumbre actuales, tampoco conviene perder de vista que, a diferencia de la Unión Europea, el Kremlin se siente cómodo con la probable vuelta a una geopolítica de grandes potencias. Un entorno estratégico marcado decisivamente por la fuerza militar y la capacidad ejecutiva ofrece claras ventajas a Rusia sobre la UE o cualquier estado miembro. No hay melancolía, pues, en el Kremlin ante el llamado fin del orden liberal. Al contrario, lo que se avecina es una clara oportunidad para reformular su posición en el mundo y, significativamente, su relación con Estados Unidos y unos europeos ya veremos si unidos o no. 

Moscú apuesta por enmarcar su diálogo con Washington para buscar esas “nuevas reglas” bajo la lógica de la ‘estabilidad estratégica’ y el control de armamentos nucleares. Es en ese marco donde Rusia concibe un diálogo en pie de igualdad con EE.UU. y al que podrá incorporarse una China aún lejos de ambos en esta materia y, quizás, alguna otra potencia nuclear como la India.

Desde esta perspectiva, Rusia, en línea con el tono de la entrevista de Putin, sitúa los aspectos económicos y normativos, y con ello a la UE y los estados miembros, en un segundo o tercer plano. De nuevo, es importante destacar que Rusia no comparte el enfoque dominante dentro de la UE y aborda el control de armamentos no como un fin en sí mismo, sino como un instrumento negociador y una parte fundamental de su estrategia. El Kremlin mantiene, por ello, una apuesta firme por militarizar su política exterior e intimidar y tensionar a los europeos. 

El otro eje sobre el que bascula la conversación con el Financial Times es la supuesta obsolescencia del liberalismo. En el planteamiento de Putin forma parte del mismo hilo argumental sobre la reformulación de las reglas de juego de la política internacional; si bien, con vistas a facilitar la descodificación de su mensaje, resulta útil diseccionarlo separadamente.

Putin apunta en tres direcciones: la globalización, el fenómeno migratorio y unos pretendidos “valores tradicionales”. Comienza con un guiño táctico a Trump (recordemos, la entrevista se publica justo antes de encontrarse con él en la cumbre del G-20) diciendo que es una persona “con talento que sabe muy bien lo que sus votantes esperan de él”. Esto le sirve también para articular un razonamiento en el que tanto él como Trump, y otros liderazgos fuertes de nuevo cuño, encarnan precisamente el interés de la “abrumadora mayoría de la gente” frente a los excesos de la globalización y unas “elites (liberales) que han roto con sus poblaciones”. Es decir, la gente frente a la elite globalista que, además, es la que promueve la inmigración y la quiebra de los valores cristianos tradicionales. “Los inmigrantes”, apunta Putin, “pueden matar, saquear y violar con impunidad porque sus derechos como tales deben ser protegidos”.   

En el contexto doméstico, Putin es un zar popular -aunque menos de lo que indican sus apologetas occidentales y por razones distintas a las que suelen apuntar- al frente de un régimen crecientemente impopular por su corrupción, ineficacia y bienestar declinante. De ahí que el mayor temor del Kremlin sea, precisamente, un potencial populismo genuino o un hipotético Maidán en la Plaza Roja. Un escenario probablemente remoto, pero no inconcebible si tenemos en cuenta los esfuerzos y obsesión del Kremlin al respecto.

Para desactivar esta posibilidad, las autoridades rusas han promovido un populismo fake encarnado en el Frente Popular panruso, creado en mayo de 2011 y que refleja más el espíritu del sindicalismo vertical que el del 15-M o la Plaza Tahrir. Un elemento clave para superar las contradicciones inherentes a este enfoque es el lugar asignado al Estado en el espacio simbólico como manifestación tangible de la identidad colectiva rusa. Estado y pueblo no pueden concebirse el uno sin el otro y los intereses de la gente y el Estado no pueden, desde esta perspectiva, presentarse como divergentes. El Estado ruso encarna, así, al “pueblo puro” que se enfrenta a un enemigo exterior, que es quien juega el papel de la “elite corrupta” en el discurso público ruso. El Kremlin, pese a la vida ostentosa de sus líderes, puede presentarse así como garante de los intereses de la “gente común” frente a unas pretendidamente amenazantes “elites extranjeras liberales y globalistas”. De ahí que no haya que perder nunca de vista que, pese a todo, Putin no es Rusia

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