La pandemia es global, pero su respuesta es nacional

Las respuestas más icónicas a la pandemia del coranavirus en los países occidentales desarrollados han tenido que ver más con el individualismo encarnado en el sálvese quien pueda (expresado en las góndolas vacías de los supermercados de Estados Unidos) y en las medidas que los gobiernos toman de cara a una sociedad mediática y que tiene como prioridad el típico electoralismo occidental que se manifiesta justo en EE.UU., antes que la de evitar la propagación del virus. Muy en contraste con la respuesta avasalladora de China (que, pese al tropezón inicial por tardar un mes en reportar el primer brote, a tiempo corrigió el rumbo) aisló marcialmente a las zonas afectadas y hasta envió ayuda a Italia, el país más afectado de Europa que ha pasado a ser el epicentro de la epidemia.

Los valores de seguridad y libertad son irreconciliables en los extremos. Cada sistema político encuentra el balance que le conviene, o el que puede sostener. Más libertad en las democracias, más seguridad en las dictaduras planificadas. En las emergencias es cuando este trade off se pone en tensión. Cada país va encontrando su propio equilibrio entre los beneficios de mapear la ruta del virus e imponer medidas restrictivas al movimiento de personas y mercancías, por un lado; y, por el otro, la invasión a la privacidad y la afectación de la economía de mercado como externalidad tremendamente negativa.

China, con su big data y la vigilancia casi total sobre sus ciudadanos, testeos en masa y mapeo de contactos, logró mediante una cuarentena brutal aislar a las poblaciones afectadas y acabar con esta primera ola de contagio. En Wuhan, donde se inició la enfermedad, así como en otras ciudades, ha habido gente en cuarentena durante más de un mes. Fueron controladas por comités barriales y encargados en cada edificio, todo ello a un gran coste económico y social. No hay que dejar de mencionar la tensión en la población, que se ha manifestado on line, tanto por la insuficiencia en el reparto de insumos y la politización de la situación, como por la falta de atención médica a casos no relacionados al coronavirus. Pero esto de ninguna manera ha amedrentado a las autoridades a la hora de imponer medidas drásticas. Las prioridades del Gobierno son claras: la sociedad en general frente al individuo; por ejemplo, en el caso de necesitar divulgar datos sobre la salud de alguien en particular.

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Del lado de la sociedad civil, es notable el compromiso ancestral de los ciudadanos chinos por la comunidad. La construcción de la Gran Muralla china queda como testigo del sacrificio del individuo por el todo. Hoy, en 2020, las medidas tomadas por el Gobierno y llevadas a cabo por la población y los líderes locales en pos de la salud pública han sido la nueva Gran Muralla de contención para la difusión del virus. En una carrera contra el tiempo, se construyeron hospitales y se acondicionaron centros de convenciones para atender la enorme demanda de camas, la mayoría de las cuales están vaciándose de pacientes. Este compromiso ciudadano, producto de la herencia del confucianismo, también ha sido eficaz más allá de la intervención directa del régimen de partido único chino.

Para la noción de libertad occidental, y la entronización de los derechos y libertades políticas, es incómodo pensar en la legitimación de un Gobierno y en su efectividad respecto del todo. Como dijo Lee Kuan Yew, el padre del Singapur moderno: “El test último del valor de un sistema político es si ayuda a que la sociedad establezca condiciones que mejoren el estándar de vida de la mayoría de su gente”. Las sociedades de Corea, Taiwan, Hong Kong y Singapur, entre otras, han sido también talladas con esta mentalidad de realización del hombre sólo como ser social y como miembro de una gran familia (en última instancia, el Estado), de cuyo funcionamiento somos todos en parte responsables. Singapur practica una muy estricta cuarentena (aunque todavía no ha suspendido las clases) y mapeo de contactos, y Hong Kong ya cerró las escuelas, da clases remotas hace semanas y decretó cuarentena. Ambas sociedades tienen alto grado de acatamiento y lograron bajar significativamente la tasa de contagio. Como me dijo una amiga singapurense, «somos un pueblo obediente». Corea del Sur y Taiwan, a pesar de ser democracias, también actuaron rápidamente de acuerdo con sus rasgos culturales. En el primero, por ejemplo, se pueden seguir por GPS los movimientos de las personas infectadas con Covid-19. La experiencia con el Sars (Síndrome Agudo Respiratorio Severo) también ayudó a que en Asia se haya tomado más conciencia de la emergencia.

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Mientras tanto, en Occidente, incluso en Italia, el país con más infectados, las medidas restrictivas recaían hasta ahora en la cooperación del público. En estos últimos días, cuando se han alcanzado tasas de contagio superiores a las que se registraron en el momento más álgido en China, se están tomando medidas más restrictivas. También Irán, que no reaccionó a tiempo, como Italia, tiene desbordados sus centros de salud. España y Portugal acaban de declarar el estado de alarma. En comparación con Asia, donde la cuarentena ha resultado hasta ahora exitosa, habrá que considerar cuánto coopera la gente y por cuánto tiempo. Este tipo de preocupaciones también son consideradas en Reino Unido a la hora de imponer restricciones a la circulación. 

Muchos países ven en el espejo de Italia su propio futuro en las próximas dos semanas. Cuántas libertades restringir y por cuánto tiempo es el gran debate actual, en un fino equilibrio en el cual entran en juego el impacto en la economía, las libertades individuales y la disminución de la transmisión del Covid-19. Los expertos coinciden en que el mejor escenario es ralentizar la propagación del virus para lograr que no colapsen los sistemas sanitarios y se pueda lograr que los casos sean menos severos. Esto se hace a través del social distancing, concepto que ha entrado en nuestro vocabulario reciente. 

Del comportamiento de los superpoderes pueden hacerse observaciones interesantes, que incluso podrían redefinir su rol en el tablero internacional. Paradójicamente, el país donde comenzó el brote, y ha sufrido enormes pérdidas económicas, es sin embargo el que ha estado en mejores condiciones políticas para afrontarlo. Esta dictadura planificada ha puesto al servicio de la emergencia sanitaria la cantidad de vigilancia e información que tiene sobre sus habitantes. El rédito político de reforzar el Estado policial también se propaga a gran velocidad. La prensa partidista se hace eco de las críticas de la prensa norteamericana libre hacia la mala comunicación y los errores de Trump, ensalzando la acción del partido/Gobierno chino cuidando a la ciudadanía. Y a través de su servicio exterior, China intenta que se le vea como el estabilizador del crecimiento económico mundial y proveedor de suministros global. Acaba de enviar a Italia seis expertos y toneladas de material médico. Jack Ma, millonario fundador de Alibaba, ofreció donar tests y máscaras a Estados Unidos y habló de la necesidad del flujo internacional de recursos en el momento en el que la potencia occidental se cierra. Ahora, la situación en la potencia asiática se ha invertido, ya que ahora teme la importación de casos de Covid-19. En los aeropuertos se hacen chequeos de salud exhaustivos. 

Trump, por su parte, ha politizado la respuesta, perdiendo un tiempo valioso. Dos cuestiones tal vez ajenas a él han provocado que la respuesta haya tardado en llegar. Si se lo compara con China, el poder político norteamericano es muy diferente: Estados Unidos es un país descentralizado, las decisiones quedan a criterio local. Algunos estados han reaccionado más rápido que otros. Y por otro lado, es cierto que la detección temprana hubiera ayudado a limitar la propagación, pero hubo problemas de calidad con el primer lote de tests.

Más allá de esas excusas, Trump subestimó la importancia de la crisis, probablemente para evitar el impacto económico que una cuarentena dura implicaría para los mercados, ya que una de sus principales cartas para la reelección es la recuperación económica. Entran también en juego la confianza pública, ya que los mejores protocolos no serían efectivos si no son localmente aceptados. Los medios estadounidenses han sido muy críticos con la mala comunicación de su Administración y su demora en poner a alguien a cargo de la respuesta al Covid-19. Como se dice en inglés, too little, too late

La acumulación de casos en países económicamente relegados aún está por llegar. Incluso puede traer una nueva ola de contagios en las regiones más avanzadas. En cuanto al futuro más lejano, quedan preguntas abiertas y muchas enseñanzas. Nada previene al mundo de una nueva pandemia de un virus todavía más letal: ¿se puede evitar que esto vuelva a suceder? ¿Cómo coordinar la colaboración internacional y el intercambio de información entre países, entre el sector público y privado? ¿Cuán estricta debe ser la regulación de las patentes y cadenas de distribución de productos farmacéuticos? ¿Dónde está el límite de la invasión de la privacidad o de los datos sensibles en poder de un Gobierno?

La pandemia deja en evidencia el crudo contraste entre las formas alternativas de afrontarla. Los dos actores internacionales más relevantes, China y Estados Unidos, manifiestan en esta situación crítica las fortalezas y debilidades no sólo de sus sistemas políticos, sino de la idiosincracia de la sociedad civil. Estamos presenciando cómo se posicionan ambos frente a esta oportunidad de liderazgo global y de legitimidad frente a sus ciudadanos.

El mundo está mirando qué superpoder es más efectivo en encarar el ‘Covid-19’. Y ahora sabemos que, pese a que una pandemia es esencialmente un asunto global, la respuesta no ha dejado de ser nacional; e incluso local.

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