La patria de Podemos

“Cuanto más se habla de la patria, menos existe ésta”. Eso dejó dicho el novelista alemán W. G. Sebald, en lo que parece una glosa involuntaria del último golpe de efecto de Podemos: la reivindicación de la patria en el marco de un proyecto político de reconocido corte populista. Se trata de un nuevo acto de resignificación que, igual que las anteriores, propone una distinta lectura de términos políticos de uso común: conforme a las teorizaciones de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe que inspiran a los ideólogos del partido, la patria sería otro “significante vacío” que puede rellenarse a través del discurso de un significado preciso dotado además de una fuerte tonalidad afectiva. Su impacto ha sido considerable, aunque momentáneo, en una sociedad poco acostumbrada a hablar de la patria en términos favorables.

A decir verdad, el patriotismo es una fuerte pasión política que parecería obsoleta en tiempos de globalización económica e hibridación cultural. Ni siquiera su significado está claro en las actuales condiciones de interdependencia: ¿es más patriota quien defiende el Brexit o sus oponentes? Pese a ello, una autora liberal como Martha Nussbaum ha defendido la necesidad de que las democracias lo recuperen, como parte de la difícil tarea en que consiste preservar el sentido de lo común en tiempos de creciente atomización social. Desde Grecia y Roma hasta Rousseau, pasando por la tradición republicana que tiene en Maquiavelo a uno de sus más eximios representantes, el patriotismo se concibió como el sentimiento de amor por la propia comunidad y, en cuanto tal, como un elemento indispensable de la ciudadanía. Sobre todo, en sociedades de pequeña escala donde la cohesión social se convierte en elemento decisivo para la supervivencia ante las amenazas exteriores. El ciudadano-patriota está así llamado a cultivar virtudes cívicas, entre ellas la participación política, así como a sacrificarse por su comunidad. De ahí que Maquiavelo desaconsejara la contratación de funcionarios para la milicia, argumento recuperado siglos después por nuestro Rafael Sánchez Ferlosio para oponerse a la abolición del servicio militar obligatorio. Hablamos acaso de un sentimiento de pertenencia que muchos ciudadanos parecen estar reclamando, mediante anhelos soberanistas o con su apoyo a líderes populistas, en todo el mundo.

El problema es que el patriotismo posee un lado oscuro. No es lo mismo ser un buen alemán en 1942 que serlo en 2016. Allí donde el patriotismo se ha vinculado a grandes proyectos ideológicos, se ha alejado de los principios republicanos que representan su formulación más elevada: también un comunista debía sacrificar su vida por la revolución, aunque eso significara delatar a un hermano. Sobre todo, el patriotismo arrastra una negra historia de vinculación con el nacionalismo, su “sangriento hermano” al decir de John Schaar. Ésa es también la “pútrida patria” a la que se refiere Sebald, que bien podría estar hablando del franquismo y sus consecuencias cuando denuncia que “la ideologización de la patria” impuesta en Austria en los años treinta llevó finalmente a su destrucción. Y es que en España la apropiación franquista de los símbolos nacionales, pese a los intentos del exilio republicano por mantener viva una alternativa patriótica, ha creado toda una patología social que Podemos trata audazmente de curar de un solo golpe. Al menos, en apariencia.

Si bien se mira, la reivindicación de la patria que plantean Iglesias y los suyos es coherente con su proyecto populista. Irónicamente, cuando Nussbaum defiende el uso del patriotismo con fines democráticos intenta combatir el déficit sentimental del liberalismo, para hacer con ello frente a unos enemigos entre los que se cuenta el populismo: está pensando en Obama y no en Perón. Make America Great Again, dice Donald Trump; Great Britain First, proclaman los defensores de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Y es que, como ha reconocido Pablo Iglesias, la nación es uno de los más potentes mecanismos de movilización política existente. En nuestros días, parece difícil dar forma a un proyecto patriótico capaz de aglutinar amplias mayorías, sin vincularlo al sentimiento nacional. Pero como quiera que el sentimiento nacional en España posee una extrema debilidad, fragmentados como están los sentimientos de pertenencia entre distintas nacionalidades culturales interiores, la apelación a la patria sirve mucho mejor a los propósitos de Iglesias: la construcción de un pueblo nuevo, definido por oposición a los enemigos del pueblo, se definan éstos como se definan.

Y si Sebald sostiene que hablar mucho de la patria delata que ésta apenas existe, la operación de Podemos posee un evidente carácter performativo: pretende crear un nuevo sentimiento de patria, idealmente capaz de trascender el eje izquierda/derecha, despojado de connotaciones franquistas y llamado a servir como un marco sentimental donde puedan subsumirse los distintos nacionalismos interiores, ahora convertidos en sonrientes “pueblos”. Por eso hablan de una patria multinacional, aunque, por supuesto, los detalles organizativos sean pospuestos hasta mejor ocasión. Así que, si bien el empleo de la patria debe ser entendido en el caso de Podemos por una parte como una táctica catch-all que le permite apelar a distintos segmentos del electorado y competir con el PP en el terreno -movedizo para el PSOE- de la unidad nacional, constituye por otra una ingeniosa solución para algunos de los problemas de coherencia que aquejan a a esta coalición de coaliciones. Por un lado, la patria sirve como receptáculo para un pueblo despojado de rasgos nacionales españoles, lo que hace posible que los nacionalismos periféricos de tintes antiespañoles puedan adherirse a ella aun de forma ambigua. Por otro, la dimensión proteccionista y democrática del programa de Podemos puede insertarse en la acepción republicana de la patria como espacio donde se ejercitan las virtudes cívicas del ciudadano, incluida la solidaridad. Aunque, por supuesto, el ciudadano no ocupe lugar alguno en el discurso de Podemos: la patria es más bien una coalición popular llamada a hacer posible, en un caso español alejado de los modelos latinoamericanos de los que bebe la formación, la superación del problema representado por los independentismos.

Si suena implausible, es porque lo es. Pero salta a la vista que los beneficios propagandístiscos y afectivos que se derivan de esta reapropiación del concepto exceden con mucho los daños que puedan deducirse de su inconsistencia.

Autoría

1 Comentario

  1. Leandro del Moral
    Leandro del Moral 06-21-2016

    Y rizando el rizo: una patria plurinacional. ¿Lo conseguiremos? Vamos a empezar ganando la selecciones en toda España, y por amplia mayoria en Catalunya, Euskadi, Valencia, Baleares, Galicia … y luego seguimos construyendo identidades democráticas, solidarias y populares. Y todo eso en Europa, en una Europa en crisis profunda, y literalmente rodeadoa de miseria, caos y nihilismo. ¡Como para no estimularse con el reto!

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