La polarización de la campaña europea puede tener efectos duraderos

¿Cómo podemos interpretar los resultados de las elecciones al Parlamento Europeo de 2019 sólo tres semanas después de que los ciudadanos acudieran a las urnas? Éste ha sido el tema de la mesa redonda con Elena García Guitián, Luciano Morganti, Hans-Jörg Trenz, Niilo Kauppi, Claudia Wiesner y José Fernández-Albertos organizada por OpenEUDebate en la 26ª Conferencia Internacional del Council of European Studies (Columbia University) en Madrid. Me he tomado la libertad de resumir el debate, de modo que toda la responsabilidad por las inexactitudes es mía.

Todos los ponentes señalaron que aún es demasiado pronto para saber, con cierto grado de certeza, qué factores influyeron en la elección y que, por tanto, es necesario seguir investigando. Sin embargo, tenemos suficientes datos y análisis preliminares para sugerir algunas pistas de investigación adicional para probar hipótesis y debatir interpretaciones controvertidas.

El aumento de la participación y la mayor competitividad de las elecciones de mayo parecen haber roto con la tradición de que las elecciones europeas sean de segundo orden. La ruptura con esta tendencia histórica fue inesperada: la campaña comenzó tarde, los candidatos principales de los partidos europeos no eran creíbles para muchos observadores y las preocupaciones de los votantes con respecto a las migraciones parecían anticipar un escenario alentador para la extrema derecha. Desde el punto de vista de la cobertura mediática, y a pesar de todos los esfuerzos de las instituciones de la UE, no parece hayan influido decisivamente en el resultado las estrategias destinadas a centrar la atención en las cuestiones europeas –como la lucha contra el cambio climático– y a promover la lectura crítica de los medios entre los ciudadanos y la cobertura de calidad de aquéllos.

En cambio, parece que la campaña se ha polarizado fuertemente y que, inesperadamente para muchos, esta polarización ha beneficiado a las fuerzas pro-europeas. Desde una perspectiva histórica, también podemos considerar que estas elecciones han equilibrado fundamentalmente el terreno de juego, ya que los comicios de la UE han sido competiciones de alta importancia para los partidos euroescépticos y de extrema derecha. Es posible que las fuerzas pro-europeas simplemente hayan logrado movilizar a una parte de sus partidarios que tradicionalmente se hubieran abstenido.

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En este sentido, es posible que hayamos visto una competición de primer orden en la que la propia existencia de la UE, el significado de la soberanía y los enfrentamientos internos y externos dominaron la conversación. Esto se evidencia por la alta visibilidad y los buenos resultados de los actores que movilizan puntos de vista muy críticos o muy favorables a la UE, como el liberal belga Guy Verhofstadt o el conservador húngaro Orbán. Los medios de comunicación y las redes sociales han exacerbado esta competición en torno a valores contrapuestos.

¿Significa esto que podemos confirmar que la UE ha adquirido su propio modelo de competición política que opone decisivamente a las fuerzas cosmopolitas pro-europeas a las nacionalistas euroescépticas? Esta interpretación es controvertida, ya que la división entre cosmopolitas y nacionalistas es en gran medida imposible de separar de las divisiones existentes en algunos países, como España. Además las fuerzas paneuropeas como Volt o DIEM25 han sido irrelevantes, y es poco probable que la competición por los cargos de la UE haya decidido las elecciones más allá de unas pocas excepciones locales –contra pronóstico, Timmermans ganó en los Países Bajos por el PSE– y las políticas europeas siguen siendo poco conocidas entre la ciudadanía.

En cambio, algunos de los ponentes sugirieron que podemos estar contemplando la combinación de una apropiación de las cuestiones europeas por parte de fuerzas políticas opuestas y una sincronización cada vez mayor de los ciclos políticos nacionales, lo que otorga resultados similares a las mismas fuerzas en países distintos al mismo tiempo, aunque sea por razones diferentes.

Una última observación que cabe extraer del resultado de las elecciones a la UE es que el funcionamiento político de la Unión Europea se verá afectado por los resultados de una forma que puede reproducirse en otras instituciones. La polarización en torno a la impugnación de la propia UE, junto con el debilitamiento simultáneo de las fuerzas socialistas y populares, puede implicar que las fuerzas pro-europeas desarrollen incentivos para dejar de lado sus diferencias ideológicas en aras de la integración europea.

Una primera respuesta podrá verse en la composición de la mayoría que apoye el nombramiento de la nueva Comisión. Pero esto puede estar ocurriendo también a nivel nacional, en la medida que los actores pro-europeos en un país como Francia ya cooperan en la estructura difusa de En Marche. La polarización en torno a las cuestiones europeas también puede estar cambiando las estructuras políticas nacionales.

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