La política interna como política exterior

Los testimonios de representantes del Departamento de Estado en el proceso de impeachment contra Donald Trump por el caso de Ucrania, así como diferentes decisiones tomadas a lo largo de los últimos meses, como lo fue la reducción de las tropas estadounidenses de Siria, han puesto de nuevo sobre la mesa el debate sobre si los intereses electorales y la política interna se ha convertido realmente en el motor principal de la política exterior de la Administración estadounidense.

Existen razones de peso para confirmar tal extremo. El presidente se enfrenta a unas elecciones presidenciales en 2020 en las que, a efectos de retener a su base, ha alegado de manera reiterada que cumple las promesas que realizó en su campaña electoral de 2016.

De hecho, algunas de sus decisiones más importantes han estado claramente vinculadas a esta dimensión, como la aplicación de aranceles a China y a otros estados, tanto aliados como adversarios, cuyas políticas comerciales habrían perjudicado el empleo y la producción industrial estadounidenses; o el incremento de la contribución de los aliados a su propia defensa, como sucede en el caso de la OTAN; o los diferentes intentos por lograr la reducción de la presencia de EE.UU en escenarios como Afganistán o Siria; o la política seguida para con México, muy condicionada tanto por la cuestión migratoria como por la lucha contra la delincuencia transnacional; o la política de cooperación para el desarrollo en escenarios como Centroamérica.

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Aunque el cuestionamiento de las decisiones de Trump está lógicamente marcado por su naturaleza heterodoxa frente a lo que había sido la política exterior estadounidense desde el final de la Guerra Fría, así como por las consiguientes resistencias de la burocracia representada por el Departamento de Estado y otras agencias federales, el hecho de que las promesas electorales y la política interna de un Estado guíen su política exterior no es algo tan extraño o inhabitual.

De hecho, corrientes teóricas como la de la Elección Racional de Bruce Bueno de Mesquita, no demasiado conocida en España, ponen el énfasis en la supervivencia del líder político en el poder como motivación principal de la política exterior de un Estado. Para lograrlo en uno democrático, el líder debería agregar las preferencias del número de personas necesario para conseguirlo. Las decisiones de política exterior de la Administración Trump, antes mencionadas, encajarían bien con este planteamiento.

Uno de los grandes problemas que se plantean en el ámbito de la política exterior es su usual consideración como un asunto poco relevante que no ayuda a ganar elecciones, pero que puede ocasionar que se pierdan en caso de desastre; algo que parece suceder con menor frecuencia. A pesar de sus éxitos en política internacional, Bush padre perdió los comicios frente a Bill Clinton y no logró capitalizar sus éxitos en la materia. En cambio, Bush hijo logró la reelección pese a los resultados derivados de la Guerra de Irak. En consecuencia, el menor interés de la opinión pública en la materia incrementaría a priori el margen de maniobra con el que las élites contarían para llevar a cabo la política exterior, máxime en ausencia de una competición por la supervivencia frente a otra potencia, como sucedía durante la Guerra Fría. Lógicamente, estos hechos contribuirían a ofrecer una imagen de la política exterior como un elemento desconectado de los debates principales de la política interna, y no necesariamente para bien.

Es necesario, a este respecto, diferenciar entre el hecho de que la política exterior pueda estar fundamentada en razones de política interna y la presencia de elementos intrínsecamente negativos como serían las contradicciones de una Administración en esa política exterior, la escasa profesionalidad en la gestión de la misma, la disfuncionalidad en el proceso de toma de decisiones, la falta de visión estratégica, las ya citadas resistencias burocráticas de parte del establishment; y todo ello sin entrar en las eventuales prácticas contrarias a la legalidad, como pudiera ser la corrupción.

Frente a los aspectos mayoritariamente negativos que suponen estos factores (y que denotarían fallos importantes en el entramado institucional de la potencia norteamericana, pero que no son exclusivos de ella), la influencia de la política interna puede tener consecuencias positivas en el desarrollo de una política exterior exitosa. Un ejemplo sería el reforzamiento de la rendición de cuentas de sus responsables. Una mayor vinculación entre la política exterior de una Administración y las promesas electorales en política interna podría aumentar el interés de la opinión pública hacia esta política pública, aumentando la presión sobre las élites a efectos de evitar errores costosos como los que han jalonado la política exterior estadounidense de los últimos 20 años.

No obstante, en determinados momentos, menos frecuentes pero no inexistentes, es necesario establecer un límite para evitar que la política exterior quede absolutamente condicionada al devenir exclusivo de la política interna. Este límite vendría marcado por la presencia de intereses de seguridad vitales que pudiesen estar en juego, como sucedía durante la Guerra Fría y como podría volver a pasar si se recrudece la rivalidad entre Estados Unidos y China en materia de seguridad. Paradójicamente, los supuestos que han generado las controversias en política interna (Siria o Ucrania) no tienen nada de vitales, siendo bastante limitada su relevancia estratégica para la potencia norteamericana.

La política exterior, como cualquier otra política pública, puede y debe estar sometida a debate interno. Su supuesta naturaleza diferenciada no puede ser excusa para que esté ausente del mismo o para que las élites que la gestionan no rindan cuentas ante la inexistencia de resultados positivos. Estos elementos no han faltado en la política exterior estadounidense de las últimas décadas, según autores tan destacados como John Mearsheimer o Stephen Walt, y de los que se han hecho eco tanto el presidente Trump como algunos de los candidatos demócratas que compiten en las primarias como Bernie Sanders o Tulsi Gabbard, llegando incluso a condicionar el discurso de candidatos con visiones más ortodoxas, como sería el caso de Joe Biden.

Es ésta una realidad manifiesta para una política exterior en crisis como la estadounidense, donde los primeros desafíos van a estar precisamente en el ámbito de la política interna y, concretamente, en la búsqueda de nuevos consensos que permitan lograr el objetivo ineludible de reconciliar a sus élites y la opinión pública con su propia política internacional.

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