La prospectiva de país como transformador del presente

El recién constituido Gobierno de Pedro Sánchez en España ha abordado entre sus primeras decisiones la creación de una Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País, que dependerá directamente de la Presidencia del Gobierno. Es una de esas iniciativas llamativas en la forma, y seductoras por la mística que siempre rodea a los conceptos de prospectiva y de estrategia, que puede traducirse en un desarrollo meramente testimonial y cosmético, o bien convertirse en un motor para la transformación social, un mecanismo poderoso para elaborar el andamiaje sobre el que empezar a construir futuribles alineados con los intereses estratégicos de un país a largo plazo.

El mero concepto de las oficinas nacionales de prospectiva, denominadas genéricamente en inglés foresight units, no representa una novedad radical, aunque la utilización que se haga de ellas sí puede aportar sustantivos avances no sólo en la manera que tiene un país de conducirse en los escenarios globales sino, aunque parezca sorprendente a primera vista, en la propia definición que tenga ese país de sí mismo en el presente: para construir un futuro deseado, primero hay que partir de un diagnóstico del presente, de una definición del punto desde el que arrancarán los futuribles que la prospectiva ayudará a proyectar.

Las oficinas de prospectiva incardinadas en las administraciones públicas ya llevan años funcionando en países de Europa o Latinoamérica, con mayor o menor influencia en la materialización de políticas transformadoras. Es cierto que muchas de las experiencias han estado demasiado ancladas en la prospectiva tecnológica y científica, sin alcanzar (como parece ser la nueva intención española) a conformar una visión transformadora de todo un país.

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Por lo que respecta a unidades con propósito integrador y comprehensivo de políticas públicas, y no sólo tecnológicas o científicas, en Francia disponen desde 2013 del Comisariado General de Estrategia y Prospectiva; en Reino Unido tienen el Horizon Scanning Programme Team, que integra esfuerzos prospectivos de varios departamentos ministeriales; en la Comisión Europea opera desde 2014 el European Political Strategy Centre, con misiones de prospectiva estratégica.

En el terreno más científico y tecnológico, donde ha sido más habitual encontrar estas oficinas asociadas a la gobernanza de un país, en Colombia ha venido funcionando el Programa Nacional de Prospectiva, adscrito al organismo público Colciencias; en Argentina, la Subsecretaría de Estudios y Prospectiva, adscrita al Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación; en Brasil iniciaron en 1998 el Proyecto Brasil 2020, dirigido por la Secretaría de Asuntos Estratégicos de la Presidencia de la República.

El nuevo proyecto español se plantea un horizonte más relacionado con el progreso transformador para aportar valor diferencial a escala global que con la dedicación de la prospectiva exclusivamente al progreso tecnológico y científico; por más que este progreso sectorial, igual que otros, formen parte de las innovaciones que deben incumbir a cualquier iniciativa de prospectiva de país. De hecho, la tecnológica o científica, como vemos, ha venido siendo protagonista en la mayoría de los países, y España en eso no ha sido distinta, por ejemplo, a Colombia o Argentina, al disponer del Observatorio de Prospectiva Tecnológica Industrial, entre otras iniciativas departamentales.

Ahora, por tanto, la novedad es asumir la prospectiva no como un esfuerzo específico de una dimensión concreta del conocimiento y del progreso sociales (ciencia o tecnología), sino como un conjunto de metodologías para vehicular políticas transformadoras que contribuyan, primero, a definir, y después a servir de brújula en la construcción de un futuro para el país; es decir, para llevarlo de un escenario de partida en el presente a otro de progreso en el futuro, futuro que en el proyecto español se ha establecido con un horizonte de 30 años.

En este contexto, aparece un elemento que probablemente no ha sido planificado ni explícito, siquiera imaginado, en la ideación de la nueva Oficina Nacional, pero que muestra trazas de ser todo menos casual, de haberse gestado como resultado de dinámicas transformadoras que ya están subyacentes en el país y que están pidiendo mirar al futuro no para contemplarlo, sino para construirlo. Ese elemento es que el proyecto anunciado aparece en un momento que muchos observadores y analistas están contemplando en lo social y lo político como una ‘segunda transición’. No parece que sea casualidad que el primer Instituto Nacional de Prospectiva en España se constituyera, también con adscripción a Presidencia del Gobierno, durante el mandato de Adolfo Suárez, quien fuera llamado a pilotar la denominada Transición española a la democracia, que siempre ha sido reconocida como un modelo para países hermanos en Latinoamérica que atravesaron procesos político-sociales similares.

Es cierto que la oficina de Suárez estaba más centrada en la planificación económica, y que la iniciativa del presidente Sánchez tiene, al menos intencionalmente, un enfoque integral de políticas transformadoras; también que la transición a la democracia desde la Constitución Española de 1978 no es equiparable a la alegoría presente de la segunda transición, vinculada sobre todo al modelo territorial, a un nuevo escenario productivo-laboral, a la transición ecológica, a los nuevos derechos civiles y, principalmente, a una nueva política centrada en la justicia social.

Sin embargo, no deja de ser evocador contemplar cómo la primera foresight unit integral de la Presidencia del Gobierno 2020 llega en un momento de visible transición, igual que emergió en 1979 la Oficina de Prospectiva del Gobierno: entonces en la transición a la democracia; ahora, en un momento en el que en España están debatiéndose intensamente modelos de transformaciones sociales y políticas hacia un futuro más o menos cercano.

Es interesante este paralelismo, aunque sea simbólico, entre los gobiernos de Suárez y Sánchez; entre la transición a la democracia de 1978 y la transición al futuro de 2020; porque la elaboración de una ‘Estrategia España 2050’, que probablemente será el primer producto a cargo de la nueva oficina, tendrá que comenzar definiendo al país en el presente pero, sobre todo, cómo se pretende que vaya transitando hacia el futuro. Y esa tarea puede hacerse limitándose a cubrir el expediente, elaborando una estrategia que sea correcta y admisible en lo formal; o puede desarrollarse con profundidad metodológica y alcance transformador.

Puede parecer paradójico, pero la prospectiva es más una transformación del presente que del futuro, pues el futuro todavía está por venir y el presente, en cuanto se define, ya se está transformando. Porque es, ante todo, un conjunto de metodologías dispuestas para construir un futuro, no únicamente para planificarlo. En esa construcción, mediante una serie de técnicas se recrean varios futuros posibles (futuribles), y se pone la brújula rumbo al más deseable; pero sobre todo se establece qué recursos, de qué manera y mediante qué actores se maximizará la probabilidad de que al final del camino el futuro planificado como objetivo deseable sea, efectivamente, el futuro posible. Esto implica, por tanto, tener un idea inicial de país y una visión más o menos nítida del horizonte hacia el que se le pretende conducir, articulando las políticas transformadoras necesarias para lograrlo, así como los mecanismos para gestionar las desviaciones e imponderables que toda construcción del futuro desde un presente debe, en la medida de lo factible, intentar anticipar.

De esta forma, el reto puede no ser tan formidable mirando hacia el futuro al que se quiere llegar como definiendo el presente desde el que se pretende partir. Pongamos, por ejemplo, el modelo territorial como un eje vertebrador de la transición de España (o de cualquier otro país) hacia su futuro; también podrían traerse a colación la transición ecológica, o la evolución de la propia democracia como espacio de ejercicio de derechos y libertades.

Es evidente que el futuro de España en un escenario global, por ejemplo en sus relaciones con cuatro de sus polos prioritarios de política exterior (Latinoamérica, Norte de África/Mediterráneo, Unión Europea y espacio transatlántico), estará condicionado por cómo defina y articule la prospectiva de su modelo territorial. La eventual Estrategia España 2050 lo tendrá relativamente sencillo para definir el punto de partida en este modelo (el Estado de las Autonomías), ¿pero será capaz de establecer cómo evolucionará ese modelo en el corto y medio plazo? Este eje evolutivo de España no es baladí y, al igual que otros, tiene que ser al menos vislumbrado en un ejercicio de prospectiva, puesto que los actores políticos e institucionales, además de sus estrategias, intenciones y capacidades, son ingredientes ineludibles en cualquier modelo prospectivo que tenga unas mínimas pretensiones metodológicas de capacidad predictiva y transformadora.

Es bien posible introducir escenarios diversos que contemplen las posibles evoluciones de las políticas transformadoras a aplicar en función de si el modelo territorial evoluciona hacia un autonomismo ampliado y reforzado, hacia una monarquía federal o hacia cualquier otra propuesta. Lo más relevante es no dejarse ninguna posibilidad fuera del marco de planificación, al menos de las que sean visibles, puesto que los sucesos imprevistos siempre acaban llegando para poner a prueba la capacidad anticipativa del juego de escenarios que se ha proyectado.

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