La revolución solar es imparable

En el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) que el Gobierno español envió a Bruselas el pasado mes de febrero, destaca especialmente la gran cantidad de energía solar fotovoltaica que se prevé instalar en el país para 2030, casi 37.000 MW, que implica multiplicar por siete la capacidad actual (actualmente, hay alrededor 5.000 MW instalados). Este enorme aumento ha sido tildado de demasiado atrevido por parte de algunos analistas, que piensan que es una cantidad elevada que, en conjunción con la eólica, obligará a tener que parar la generación renovable durante muchos momentos del año, desperdiciando esa energía. Yo, en cambio, soy mucho más optimista porque considero que este aumento de la generación renovable irá acompañado con procesos como la electrificación de la demanda (que aumentará la necesidad de energía eléctrica), la ampliación de las interconexiones eléctricas con otros países y el aumento del almacenamiento de energía, que permitirán aprovechar toda esa generación.

[En colaboración con Red Eléctrica de España]

La preocupación por la intermitencia de algunas energías renovables es lógica, sobre todo porque es verdad que, hoy por hoy, el almacenamiento de energía no es lo suficientemente competitivo para eliminar de forma económicamente viable todos los problemas que genera la intermitencia; pero hay quien usa esto para intentar frenar la instalación masiva de renovables intermitentes. Y esto es un gran error, quizá una irresponsabilidad medioambientalmente hablando y, además, una resistencia inútil, porque la fuerza de la energía solar fotovoltaica es imparable. Voy a razonar por qué.


Este gráfico muestra la evolución, durante la última década, del coste del vatio en las células solares de silicio, la tecnología ampliamente dominante hoy. El abaratamiento, del 94%, en la última década ha provocado el hundimiento de los costes de generación con esta fuente de energía; y lo más importante es que esta tendencia aún no se ha parado, continuará en los próximos años.

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Este precio puede decir poco por sí mismo, pues una placa fotovoltaica genera más o menos energía en función de la radiación incidente, que a su vez depende del lugar donde esté instalada. Cada país tendrá, por tanto, unos costes distintos para la energía solar fotovoltaica, siendo más barata en los países donde haya más radiación solar y más horas de sol. En la siguiente gráfica, que se mostró en la Global Power Summit del pasado mes de marzo en Bruselas, se pueden ver los diferentes costes estimados de generación en este momento para la energía solar fotovoltaica en los principales países europeos.


El coste que se indica para España, 28 €/MWh, es bajísimo, impensable hace escasamente un par de años. Los costes de generación de una planta fotovoltaica dependen de varias variables y, probablemente, este coste tan bajo se haya calculado en alguna de las mejores ubicaciones del país, para plantas muy grandes con economías de escala favorables y con bajos costes por suelo e infraestructura eléctrica; pero, aun así, la cifra es impactante por lo reducido de la misma.

Para poder valorar adecuadamente esta cifra, se puede observar también el precio esperado del mercado eléctrico para 2019 en cada uno de los países, siendo el de España de 51 €/MWh, según la gráfica. Realmente, el precio esperado este año es algo mayor, pero 51 €/MWh podría tomarse como el precio medio estimado entre 2019 y 2022. Los de los años siguientes serán algo menores, pero por ahora el mercado no contempla que vayan a bajar mucho más de 45 €/MWh. La diferencia es, por tanto, enorme, y muestra claramente hasta qué punto la energía solar fotovoltaica es competitiva en España. Conviene fijar esta idea: es la fuente de energía más barata hoy en nuestro país, y todavía se abaratará más en los próximos años.

Obviamente, cuando no hace sol no podemos disponer de esa electricidad tan barata y tampoco en tanta cantidad durante los días nublados, y eso requiere soluciones de respaldo en el sistema eléctrico. Y éstas, probablemente, serán más caras que la generación actual.

Por ejemplo, una central de gas de ciclo combinado venderá la electricidad a un precio mayor si funciona sólo unas pocas horas salteadas durante el día que si funciona durante toda la jornada; o una central nuclear que pudiese trabajar con seguimiento de carga tendría que imputar mayores costes a la energía generada que otra que trabajase de forma continua, como analizaba recientemente. Pero la alternativa a esto no es frenar la implantación de nuestra fuente de energía más barata, sino ver cuál es el óptimo para complementarla. La evolución tecnológica, además, parece que acudirá a tiempo en nuestra ayuda.


En este gráfico se puede ver la evolución de las baterías de ion-litio en los últimos ocho años, observándose una caída de costes muy similar al de las placas fotovoltaicas. Esta tendencia continuará en los próximos años, y se estima que en alrededor de un lustro su precio caiga por debajo de los 100$/kWh, volviéndose probablemente competitivas para almacenar energía renovable sin incrementar excesivamente su precio. Cabe decir que las baterías de litio no son la única tecnología de almacenamiento: hay más, y otros sistemas que pueden almacenar la electricidad de forma química o como energía potencial. De hecho, actualmente son los bombeos hidroeléctricos la forma más competitiva de almacenar energía.

Seguro que aún hay quien no esté convencido de que no se puede taponar la entrada de fotovoltaica en nuestro sistema eléctrico y que habría que esperar a que el almacenamiento fuese más competitivo. Esa idea me parece un error, porque si no se implanta masivamente en el mix de generación y no se aprovecha ya su bajo coste de generación para abaratar el mercado, serán los consumidores quienes lo hagan directamente gracias a los sistemas de autoconsumo.

Tan sólo en los tres primeros meses del año 2019 hemos recibido un bombardeo de noticias de grandes empresas que van a invertir en sistemas de autoconsumo. En enero, Pamesa anunció que iba a instalar el mayor sistema de Europa. En febrero, Leroy Merlin aseguró que iba a comercializar sistemas de autoconsumo para sus clientes. En marzo, Aena anunció una inversión de 250 millones de euros para instalarlos en sus aeropuertos con el objetivo de ahorrar el 70% de su consumo eléctrico. Y también ese mes, la Comunidad de Regantes del Valle Inferior del Guadalquivir confirmó un proyecto fotovoltaico que ocupará 15 hectáreas de extensión. Y todo esto cuando aún no se había publicado el nuevo decreto de autoconsumo.

Éstos no son proyectos aislados, sino los pioneros en una fiebre que se extenderá masivamente. Una empresa que trabaje todos los días del año o cualquier actividad que lo haga durante el día pueden amortizar una inversión de este tipo en seis o siete años al precio actual de mercado; quizás incluso en menos tiempo. Y un sistema de autoconsumo tiene una vida útil de 25 años, pero puede durar todavía más, en los que generará electricidad casi gratuita para la instalación ¿Cómo no va a optar por el autoconsumo este tipo de consumidores? Y si se instala masivamente, durante las horas de generación solar la demanda caerá muchísimo, y acabarán produciéndose igualmente los mismos problemas del sistema eléctrico que queremos evitar no implantando estas fuentes intermitentes.

Y esto es sólo el principio. Con los años se extenderán las baterías, que permitirán aprovechar las ventajas del autoconsumo a quien, por sus horas de consumo, no puede aprovecharlas ahora, y maximizará las del resto. Las placas serán cada vez más eficientes y nuevos materiales probablemente se generalicen. La extensión del coche eléctrico permitirá cierta adaptación de la demanda y posibilitará flujos de electricidad en varias direcciones. En definitiva, una vez la energía solar fotovoltaica ya ha triunfado en costes, la adaptación de la tecnología para aprovecharla es sólo cuestión de tiempo.

Por todo ello, esos 37.000 MW de potencia fotovoltaica para 2030 no me parecen nada descabellados. Es más, no descartaría que fuesen más. Los países europeos en situación privilegiada como la nuestra (fundamentalmente, Portugal e Italia) tienen previsiones similares. A pesar de que la tecnología fotovoltaica no es nueva, sus costes actuales catalizarán una revolución energética imparable que será piedra angular para los próximos cambios que llegarán en el futuro: el almacenamiento de energía masivo y el transporte eléctrico. Seamos previsores y no pongamos puertas al campo.

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