La tentación populista de un ‘one nation conservative’

A medida que avanzaba la madrugada del 13 de diciembre, los comentaristas de la BBC pasaron de analizar los resultados de los centenares de circunscripciones que pueblan el Reino Unido a centrarse en el impacto inmediato que estas elecciones generales, las cuartas en menos de 10 años, puedan tener sobre el sistema de partidos. De hecho, cuando se confirmó la noticia de que Jo Swinson, flamante líder de los liberal-demócratas, había perdido su escaño, los comentaristas andaban ya discutiendo si el espectacular resultado obtenido por Boris Johnson (que crece principalmente a costa de los feudos obreros y tradicionalmente laboristas del norte de Inglaterra) iba a conducir a una mutación del one-nation conservatism, lo que supondría una verdadera refundación para el partido más antiguo del Reino Unido

One-nation conservatism es el nombre con el que se conoce a la doctrina creada por el primer ministro Benjamin Disraeli durante la segunda mitad del siglo XIX y que, desde entonces, ha operado como armazón ideológico de la mayor parte de los estadistas conservadores británicos. Consiste, a grandes rasgos, en la defensa de los principios ideológicos derivados del liberalismo clásico, combinados con una visión conservadora de la sociedad y un cierto paternalismo. Propugna el avance social en su conjunto (de ahí su nombre) y considera que su progreso puede darse bajo las estructuras sociales existentes. Abomina, por ello, de cualquier ruptura profunda, y considera que el progreso ha de constituir un proceso de mejoría natural, casi orgánico, de la sociedad formalmente constituida. 

Durante su trayectoria como miembro del Parlamento por Uxbridge & South Ruislip, y como ministro de Exteriores y para la Commonwealth en el Gobierno de Theresa May, Johnson planteó un estilo populista de hacer política que lo distanció de sus compañeros de partido y de su tradición ideológica. Pero en esta campaña, paradójicamente (pues no pestañeó a la hora de laminar a gran parte de los tories moderados, muchos de los cuales llevaban toda la vida definiéndose como one-nation tories), Johnson ha planteado una campaña que se ha percibido como un retorno a la matriz ideológica de su partido.

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No han sido pocos quienes han recordado en el Reino Unido estos últimos meses que, durante su desempeño como alcalde de Londres (2008-2016), Johnson gobernó como un one-nation conservative, y que no le resultaría difícil, por tanto, volver a desempeñar ese rol si fuese necesario. Y así ha sido. 

La cuestión que se planteaban los comentaristas anoche, sin embargo, es algo distinta, y tiene que ver con el carácter del voto nuevo que ha recibido el partido en estas elecciones: es posible que, para contentar a ese nuevo voto ex laborista del partido, se genere sobre la marcha una reformulación doctrinaria que acoja propuestas en la línea de lo que los nuevos votantes parecen reclamar. Pasaríamos así del liberalismo no-estatista (pero con toques paternalistas) a un Gobierno liberal que tal vez no tenga empacho en recurrir a algunos de sus atributos de soberanía (como los aranceles y otras medidas proteccionistas) para proteger a las clases medias depauperadas de los cinturones industriales en declive. Una sucesión de propuestas como la de crear puertos francos para proteger la actividad de ciertas zonas (una medida controvertida propuesta por Johnson en septiembre) a lo largo de la legislatura podría terminar por alterar el sustrato ideológico de los conservadores británicos, si es que el ganador de los comicios persevera en esa vía toda vez que se consume el Brexit

Y, pasando de la prospección ideológica a auscultar los datos, ¿qué nos dicen, por otro lado, los resultados electorales sobre la salud y utilidad del sistema electoral británico? Más allá de las distorsiones que generan los distritos uninominales y el sistema mayoritario en general, lo cierto es que el nuevo Parlamento es tremendamente sugestivo por lo que respecta al análisis de la crisis de representatividad e inestabilidad política que aflige a las democracias occidentales desde hace un lustro. Como ya argumenté en otro artículo hace algunos meses, creo que la razón por la cual los cambios en el sistema de partidos operados por la Gran Recesión habían degenerado en tanta inestabilidad era porque habían engendrado una combinación inédita en los regímenes políticos de la posguerra: fragmentación parlamentaria y polarización, al mismo tiempo. Mi sospecha (y más a raíz de los resultados de anoche) es que los sistemas mayoritarios están operando como antídotos muy eficaces contra la fragmentación, pero al mismo tiempo se ven inermes ante la polarización (si es que no la aceleran).

Johnson se encontró con una mayoría parlamentaria dividida en facciones y virtualmente deshecha y, mediante unas elecciones (y un trato despiadado a los disidentes), ha obtenido una mayoría aparentemente estable. Como Macron antes que él, ha sabido adaptarse al sistema electoral que le venía asignado para maximizar así los retornos. 

Este viernes, al filo de las 4.00 am (GMT), los mismos comentaristas de la BBC con los que he abierto estas notas escritas a vuelapluma preguntaban a May acerca de por qué ella no había conseguido la mayoría histórica que los británicos acaban de entregar a Johnson. La ex primera ministra no ha profundizado mucho en su respuesta, más allá de admitir que las acciones de Johnson (y su audacia, parecía querer atreverse a decir) habían sido esenciales para llevar al partido y al país a un punto en el que sólo había una vía de salida. Quizá para May fue demasiado pronto, o quizá los costes que una estrategia así comportaba eran inasumibles para una conservadora de la vieja escuela. 

Y quizá, en definitiva, el talento de Boris sea precisamente ése: haber utilizado las herramientas de esta era populista y deseosa de autenticidad para devolver al sistema de partidos a una forma que a todos nos resulte familiar. Veremos cuánto dura.

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