La Tierra es redonda y los virus contagian

¿Qué quieren las y los científicos del sector público? En distintos países del mundo, pequeños grupos de manifestantes anti-ciencia protestan contra la cuarentena instituida por la pandemia y contra los expertos que la diseñaron. Representan una minoría de la población, con la excepción tal vez de Estados Unidos, donde son una parte integral del Partido Republicano. A pesar de su número escaso, estas protestas reciben una atención desmedida de los medios, especialmente en los tiempos de la Covid-19. Sin duda, llama la atención que en el año 2020 haya gente que niegue la existencia y origen humano del cambio climático, el efecto de inmunización de las vacunas, y la propiedad esférica del planeta Tierra. Sorprende también cómo el reclamo anti-ciencia se ha politizado durante la pandemia. En Buenos Aires, Brasilia, y Washington D.C., los anti-Ciencia apuntan contra los científicos del Gobierno y piden las cabezas de los responsables de la salud pública.

En Estados Unidos –un país profundamente polarizado y en crisis–, militantes anti-cuarentena amenazaron de muerte al Dr. Anthony Fauci, el principal infectólogo del país y coordinador de la política federal contra el coronavirus. Los partidarios anti-ciencia del presidente norteamericano le acusan de rechazar las recomendaciones de tratamiento que el mismo Donald Trump publicita sin evidencia científica y sin imponer medidas de distanciamiento social. En Brasil, país también polarizado y liderado por un presidente anti-ciencia, dos ministros de Salud han dimitido en el último mes por la falta de una política federal contra la pandemia basada en evidencia médica. Dada la supremacía anti-ciencia en ambos países, no sorprende que ocupen el primer y segundo puestos mundiales por número de casos Covid-19, con un millón y medio de infectados y cerca de 130.000 víctimas fatales.

En Argentina, la polarización y el movimiento anti-ciencia son menores. Sin embargo, con la ayuda de algunos referentes de la oposición al Gobierno peronista de Alberto Fernández, han logrado elevar su perfil. Critican las medidas de salud pública adoptadas en el país para aplanar la curva de contagios y evitar, así, el colapso del sistema hospitalario. A pesar de que el Gobierno argentino sigue las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y de un buen número de países, lo acusan de haber instaurado una Infectadura, en la que los expertos del sector público tienen un poder desmedido.

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Las protestas anti-cuarentena en Argentina, Brasil y Estados Unidos revelan una mezcla de intereses, ya que participan sectores de la oposición política, comerciantes desesperados, religiosos fundamentalistas y grupos de la extrema derecha antidemocrática, racista y antisemita. Pero cuando se pone en el punto de mira a la ciencia, los distintos grupos anti-cuarentena coinciden en tres condenas similares. Para ellos, las y los científicos del sector público (1) tienen un poder excesivo sobre el Estado; (2) son globalistas y (3) manipulan maquiavélicamente a los políticos. Estas presunciones contradicen todo lo que sabemos del comportamiento de los científicos.

Sin plata igual hacemos Ciencia

1- En Argentina y Brasil (e incluso EE.UU.), cuando la economía se contrae, la ciencia pública es a la primera a la que le hacen el ajuste. Para los expertos del Gobierno, el recorte presupuestario en épocas de vacas flacas es tan predecible que incluso han desarrollado estrategias compensatorias como, por ejemplo, buscar capacitación técnica fuera de su institución. Si, como afirman los manifestantes anti-ciencia, los expertos tienen un poder excesivo, llama la atención que a menudo carezcan de las herramientas necesarias para llevar adelante su trabajo.

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2- Cuando las agencias de ciencia y técnica estatales reciben menos presupuesto, sus expertos aumentan la participación en proyectos internacionales de cooperación técnica coordinados por organismos internacionales, como la Organización Internacional de Energía Atómica o el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Para suplir la falta de presupuesto y mantener la capacitación, las y los científicos del sector público en países en desarrollo aumentan la cooperación técnica Sur-Sur. La acusación de globalistas supone que expertos locales responden a actores globales como la Organización Mundial de la Salud por encima del Globierno nacional. En realidad, los organismos internacionales técnicos no tienen ningún poder formal sobre los científicos nacionales, y su principal misión es asistir en la difusión de conocimientos y capacitación.

3- Los científicos del sector público están supeditados al poder político en presupuesto y recursos institucionales. Incluso los expertos que lideran agencias y ministerios saben que pueden proponer y recomendar, pero que son los políticos los que deciden. Entienden que su lenguaje, basado en datos y probabilidades, es radicalmente distinto al de los políticos. A menudo, deben traducir sus recomendaciones a expresiones políticamente viables. El mecanismo de comunicación científica a los actores políticos no puede definirse como de manipulación maquiavélica.

Sorprende la creación de conocimiento, ciencia, y tecnología que generan los investigadores del sector público con tan magros presupuestos. Pero asombra mucho más que, en medio de una pandemia y en un mundo en riesgo por el cambio climático, haya grupos que los perciban como el mayor peligro.

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