La UE cierra sus fronteras y sus mentes

Lo que ocurre en la frontera entre Grecia y Turquía es, sobre todo, una tragedia para la gente que ha sufrido abusos y ha sido tratada de esa forma tan censurable. 

Es un recordatorio (aunque innecesario) de la forma calculadora y aborrecible con la que el presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, puede llegar a actuar. Pero también refleja la actitud vergonzosa que ha asumido la Unión Europea hacia la guerra en Siria y el reto de los refugiados que ha traído consigo.  

Podemos condenar las estrategias de Erdoğan pero el miedo, la división y el cinismo que ha manifestado la UE en relación con este asunto en los últimos años ha contribuido a las iniciativas del presidente turco, insuflándole capacidad e ímpetu para chantajear a unos líderes europeos paralizados. En este sentido, cerrar las fronteras ahora, después de que Turquía ofreciera libre tránsito a los refugiados y migrantes cuando comenzaron los acontecimientos en Idlib, puede parecer la única alternativa para demostrarle a Erdoğan que no tiene mucho poder de decisión; pero, en realidad, Europa ha otorgado desde hace mucho tiempo ventajas relevantes al líder turco

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En cuanto a Grecia, si hablamos estrictamente en términos políticos, el primer ministro, Kyriakos Mitsotakis, no tenía muchas opciones distintas al cierre de las fronteras con Turquía. La migración es una de las áreas en las que su Gobierno ha tenido un pobre desempeño en las encuestas de opinión, desde su llegada al poder el verano pasado. También ha afrontado resistencias en el continente en relación con la idea de crear centros de recepción de migrantes, para así reducir la presión sobre las islas del Egeo. Los habitantes de las islas han manifestado en los últimos días que tampoco están dispuestos a aceptar la construcción de centros de detención para solicitantes de asilo en sus territorios. 

Por otro lado, personalidades importantes del partido gobernante Nueva Democracia, entre los que se encuentra el ex primer ministro Antonis Samaras, han reclamado que se desarrollen políticas migratorias más duras, pese a que el Gobierno aprobó una nueva ley de asilo con la finalidad de acelerar la repatriación de los migrantes económicos, a lo que se suman los planes para crear centros de recepción en las islas, el desarrollo de un registro oficial de ONGs e, incluso, los intentos de instalar una valla en el mar Egeo.  

Algunos integrantes del partido conservador están presionando para aplicar la teoría de la ‘gran sustitución’, que ha ganado popularidad entre los partidos de extrema derecha en Occidente. Para sus defensores, la llegada de solicitantes de asilo responde a un gran plan para debilitar la nación griega.

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En los últimos días, algunos griegos han usado las redes sociales para señalar que Erdoğan está adelantando una guerra híbrida contra su país. Algunos de estos guerreros del teclado habían pasado los últimos años apuntando hacia otra explicación: han asegurado que la afluencia de migrantes hacia Grecia era el resultado de las políticas de fronteras abiertas del Gobierno de Syriza. En este sentido, la credibilidad de estas personas está a la par de la del presidente turco.

Sin embargo, todo esto contribuye a crear cierta histeria, que limita las opciones de políticas que pudieran implementar el primer ministro griego y sus colaboradores; especialmente después de haber pasado años en la oposición tratando de convencer al público griego de que el reto de los refugiados desaparecería tras la celebración de las elecciones. Además, en los últimos meses en el poder han insistido en que la mayoría de las personas que llegan desde Turquía son migrantes económicos y que, por lo tanto, no debieran recibir protección. Pese a esos argumentos, hay datos que demuestran que eso no es del todo cierto

Desde una perspectiva más amplia, la crisis de 2015 (que llevó al cierre de fronteras en Grecia), los fallos en el acuerdo entre la UE y Turquía y la reducción del número de solicitantes de asilo que llegan a las costas griegas, hizo que muchos políticos europeos estuviesen dispuestos a engañarse a sí mismos y convencerse de que la situación estaba bajo control

De acuerdo con su punto de vista, la reducción de la cantidad de migrantes que llegaban a sus países les estaba dando la oportunidad de frenar el crecimiento de la extrema derecha, que se había visto alimentada por la crisis de refugiados. 

Se permitió durante años que las islas griegas experimentaran una superpoblación y unas condiciones bastante pésimas, por lo que existía la esperanza de que los 3,5 millones de refugiados sirios registrados en Turquía no tuvieran razones o estímulos para dirigirse al norte de Europa. También pensaron que la guerra en Siria se resolvería de una u otra forma, aunque Occidente tuvo sus objeciones y Turquía y Rusia entraron en la refriega. 

“Grecia no puede asumir ninguna responsabilidad por los eventos trágicos en Siria y no sufrirá las consecuencias de decisiones que han tomado otros”, dijo Mitsotakis recientemente. 

De forma comprensible, Atenas siente que está atrapada entre una UE calculadora, que no tuvo el más mínimo reparo en aislar a Grecia en 2015 (cuando se cerró el corredor balcánico y empezaron las discusiones sobre la exclusión del espacio Schengen) y un adversario maquiavélico al otro lado del Egeo, que está dispuesto a usar a gente desfavorecida como arma política. Pero afirmar que Grecia, o cualquier otro país europeo, puede permanecer impasible ante los acontecimientos en Siria, simplemente porque no tiene ninguna participación sobre el terreno o sólo porque así lo dicen, es el equivalente en diplomacia a taparse los oídos.    

La raíz de los retos actuales está en la situación de Siria, donde la guerra se ha recrudecido desde 2011, con un saldo de 380.000 asesinatos y millones de desplazados. Si Siria no consigue la paz y la estabilidad, las consecuencias se harán sentir en Grecia y el resto de Europa, y poco importará que sus líderes lo consideren justo o no. 

Si la UE mantiene sus tímidos acercamientos al reto de los refugiados, que se ha generado como consecuencia de la guerra siria (aquí habría que incluir el fracaso para desarrollar un nuevo proceso de asilo que se adapte a las circunstancias), Erdoğan seguirá aprovechando estos miedos. Los líderes europeos han expresado su apoyo a Grecia y su derecho de proteger el territorio, pero esto significa muy poco en este contexto. Grecia puede cerrar sus fronteras con Turquía, pero se mantendrán las rutas de acceso por el Egeo. Y aún más importante: aislarnos de la realidad no puede ser una respuesta seria a este problema, especialmente si hablamos de un grupo de naciones que se precian de estar entre las más ilustradas, prósperas y democráticas del mundo. 

El enfrentamiento en la frontera de Grecia y Turquía ha puesto de relieve la naturaleza poco escrupulosa de Erdoğan, pero también ha despojado un poco más a la UE de sus apariencias. Cerrar otra frontera es políticamente conveniente en el corto plazo, pero quienes lo aclaman como una muestra de firmeza han aprendido muy poco de la experiencia de los últimos años, y se engañan a sí mismos sobre lo que les espera en el futuro. 

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