La ultraderecha europea y otros ‘ismos’: extremismo, radicalismo y populismo

En la actualidad, pocos fenómenos ocupan tantas páginas en los medios de comunicación y en foros académicos como el del populismo de extrema (o ultra) derecha. Se ha extendido la urgencia por analizar, entender, explicar y combatir su auge, desde múltiples perspectivas; y, en la mayoría de los casos, desde una común preocupación por su ascenso. Sin embargo, llama la atención la amplitud terminológica con que nos referimos a esta cuestión, y el escaso consenso que se ha generado en torno a la forma de denominar a este fenómeno. ¿A qué aludimos con los términos de ‘ultraderecha’, ‘extremismo’, ‘radicalismo’ y ‘populismo’? ¿Son intercambiables, o remiten a realidades diferenciadas? Un breve repaso cronológico al uso de estos términos puede contribuir a clarificar la cuestión.

En la inmediata posguerra, algunas formaciones que se declaraban seguidoras de los idearios nazi/fascista consiguieron breves éxitos en las urnas. Fueron denominadas post-fascistas por las continuidades históricas, ideológicas y organizativas entre sus cuadros y los de fuerzas activas antes de la contienda.

Más tarde, en los años 60, otras candidaturas como la del Movimento Sociale Italiano (MSI) consiguieron también algunos discretos (pero repetidos) triunfos electorales. El MSI se convirtió, de hecho, en el referente del movimiento neo-fascista, que aún mostraba su nostalgia por el ideario del fascismo clásico, pero presentaba ya diferencias organizativas importantes con su equivalente del período de entreguerras, y se desarrollaba en un contexto histórico muy diferente.

Décadas después, ya en los 80, fue creciendo el consenso en torno a la diferente naturaleza de nuevos movimientos políticos que amenazaban el establishment y empezaban a mostrar cierta fortaleza: la restauración de los regímenes fascistas había dejado de ser su objetivo principal. De ahí que se abriera el debate por encontrar un término con que denominarlos. Sobre todo en Alemania, ese término fue el de ‘extremismo de derechas’. Con él se alude al carácter anti-democrático de nuevos partidos que, aunque no aspiren directamente a la restauración de regímenes dictatoriales, se sitúan inequívocamente en el extremo derecho del continuo ideológico y contrarían el orden constitucional; por esta razón podrían, eventualmente, llegar a ser declaradas ilegales y, por tanto, prohibidas en este país.

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El término se utilizó habitualmente para designar a partidos políticos como el Frente Nacional francés (FN) liderado por Jean- Mari Le Pen, convertido desde finales de los años 80 en el nuevo referente de un grupo de formaciones electoralmente muy exitosas –como el Partido Liberal Austriaco– que fueron haciendo su aparición sucesivamente en varios sistemas de partidos europeos.

En paralelo, sin embargo, venían evidenciándose diferencias programáticas importantes entre todas estas formaciones de derechas. Si algunas como el FN mostraban un perfil más duro, haciendo a veces gala de componentes antisemitas en su discurso, en Escandinavia los partidos de Progreso danés y noruego avanzaban otros temas como el rechazo a Europa, la revuelta contra la excesiva carga fiscal y la crítica al tamaño del Estado, desde planteamientos típicamente (neo)liberales. Estos partidos exhibían ciertos elementos anti-sistema y de protesta contra las élites, pero eran difícilmente clasificables como anti-democráticos. Esto sugería, ya en los años 80 y 90, la existencia de distintos subtipos dentro del grupo más amplio de partidos ultras. Con el tiempo, la progresiva radicalización de algunos de los casos más moderados y la confluencia programática de todos ellos en torno al tema de la inmigración ha favorecido una denominación común: la de partidos radicales de derecha o de derecha radical.

¿Qué significa ‘radical’, y qué lo diferencia de ‘extremista’? En la tradición alemana, y si comparamos ambos términos, los partidos extremistas serían más abiertamente anti-democráticos, mientras que los meramente radicales estarían tan sólo en oposición a algunos principios constitucionales. Es decir, estarían básicamente en contra de la democracia pluralista (liberal), pero no de la democracia en sí misma.

Los partidos de derecha radical se caracterizan, así, por una apuesta ideológica que descansa en un nacionalismo exacerbado, mayoritariamente dirigido contra las minorías étnicas del sistema respectivo y manifestado en diversas formas de anti-europeísmo (desde el más suave, que critica el funcionamiento de las instituciones de la UE, hasta formas más extremas que claman por el abandono del proyecto europeo); también se reconocen por un marcado autoritarismo que no tolera la diversidad y la diferencia (la suma de ambos elementos se denomina también a veces ‘nativismo’); así como por elementos doctrinales típicamente considerados de derechas como la defensa de la ley y el orden, el endurecimiento de las penas y el aumento de los efectivos policiales; o, en el terreno moral, posicionamientos conservadores en temas de familia, aborto y/o cuestiones de género y de reconocimiento de derechos de colectivos LGTI; pero también, y muy señaladamente, por la utilización de discursos y formas de comunicación populistas.

¿Qué es el populismo y qué papel cumple en la definición de este nuevo grupo de partidos tan exitosos? La pregunta no es fácil de responder, pues históricamente el populismo se ha encarnado en distintos momentos y circunstancias históricas. Así, se ha entendido a veces como una psicología política favorable a la creencia en la conspiración contra el pueblo, una actitud mental o un síndrome, más que una doctrina en sí misma. Sin embargo, autores como G. Ionescu y E. Gellner (1969), M. Canovan (1981; 1999; 2004), C. Mudde y C.R. Kaltwasser y H-J. Puhle han analizado profusamente sus componentes más ideológicos.

Genéricamente hablando, el término designa movimientos de ideología difusa o delgada (no necesariamente de derechas), aglutinados en torno a un líder mesiánico que canaliza la protesta de amplios segmentos de la población, y que consagra el principio de supremacía de la voluntad popular, así como la importancia de la relación directa entre el pueblo y sus líderes. De aquí se deriva que con populismo se pueden abarcar múltiples realidades históricas, si bien en sus orígenes el movimiento estuvo muy vinculado a las revueltas del mundo agrícola contra los conatos modernizadores hacia las urbes.

De hecho, suele señalarse el movimiento de los narodnichestvo en la Rusia imperial (que fue, más que propiamente campesino, un movimiento de intelectuales, anti-zarista, anticapitalista y revolucionario) y el de los agricultores norteamericanos de fines del siglo XIX como los dos antecedentes remotos de los populismos actuales. Ya en el siglo XX ha habido otros ejemplos de populismo agrario: durante la década de los 60 y 70, el populismo se vinculó con movimientos políticos de varios países latinoamericanos en los que se vivieron los efectos de una rápida modernización económica y una elevada inestabilidad política; o anti-reformista, como la Unión de Defensa de los Comerciantes y Artesanos liderada por Pierre Poujade, que surgió en Francia como revuelta contra la modernización y gracias a la cual un jovencísimo Jean Marie Le Pen obtuvo su primer acta de diputado.

Estos ejemplos de populismos históricos han invocado tradicionalmente al pueblo, ejemplificado en el hombre corriente, al igual que el populismo en la actualidad legitima sus demandas políticas con referencias al sentido común de la mayoría silenciosa, y se vanagloria de representarla:

Visto así somos populistas, porque pensamos con la cabeza del ciudadano, porque luchamos por la aprobación del ciudadano, porque no nos fiamos, como hacen los viejos partidos, de la presión que ejercen el poder y la comodidad, que convierten en manejable al ciudadano

Jörg Haider, líder del FPÖ austriaco, citado en H.G. Betz, 1996, Radikaler Rechtspopulismus in Westeuropa, en Rechtsextremismus. Ergebnisse und Perspektiven der Forschung. Politische Vierteljahresschrift, Sonderheft 27.

La retórica de los partidos radicales de derecha y su parafernalia discursiva se dirigen al elector descontento y frustrado políticamente, y sus mensajes se expresan en un lenguaje corriente, directo y hasta vulgar, asequible al hombre de la calle a quien supuestamente apelan. Más aún, los populistas hoy se caracterizan por su instrumentalización de sentimientos de ansiedad y desencanto y su apelación al hombre común y a su (supuestamente) superior sentido común.

Por todo ello, se han suscitado dudas sobre el carácter democrático del populismo: para muchos éste no es tal, pues los populistas creen que el pueblo es homogéneo, uniforme, monolítico, y sólo ellos deciden quién pertenece a él, y quién es su enemigo.

La naturaleza del populismo es elusiva: desde las premisas anteriormente mencionadas resulta difícil decidir si estamos, de hecho, ante una ideología en sí misma o, como algunos creen, el populismo acompaña más bien a otras ideologías. Ésta es la razón de que haya populismos de derecha y de izquierda, si bien la versión actual más exitosa se presenta como claramente de los primeros y fuertemente nacionalista. Considerar al populismo como un rasgo más de estilo o comunicativo que ideológico permite incluir en ese grupo de partidos a aquéllos que, como Vox, no ponen especial énfasis en la dicotomía élite/pueblo, ni hacen pivotar todo su mensaje al electorado sobre la diferencia entre la casta y la gente, pero presentan características que les asemejan a partidos como el FN, el FPÖ, la Liga, los polacos PiS, etcétera.

Hay más razones para no conceder tanta importancia como se acostumbra al componente populista de los partidos de derecha radical, y sí a su discurso fuertemente identitario, autoritario y nativista: podemos llegar a perder de vista que el populismo no se agota con la ultraderecha, o que está contribuyendo a expandir principios de acción política que van más allá de la propia dicotomía élite corrupta/pueblo puro.

En este sentido, conviene recordar que las democracias iliberales pueden extenderse y consolidarse si no examinamos el contenido –y no sólo el procedimiento- de algunas propuestas liberales de gran calado. Pero también que no todos los populismos cercenan la democracia y la participación. En última instancia, nos encontramos ante la necesidad de valorar adecuadamente el fenómeno del auge de los partidos populistas de derecha radical sin menospreciar sus éxitos electorales, pero también sin sobredimensionarlos; considerándolos, por su extensión, más bien una normalidad patológica que una patología normal, como ya hicieron en 1967 E. K. Scheuch y H. D. Klingemann (Theorie des Rechtsradikalismus in westlichen Industriegesellschaften, en Hamburger Jahrbuch für Wirtschafts- und Sozialpolitik, 12: 11–19). Hacerlo así permite considerar a los partidos ya mencionados, y a otros como AfD en Alemania, el Partido por la Libertad holandés, Amanecer Dorado en Grecia, el Ukip en el Reino Unido, el Vlaams Belang en Bélgica, etc., como miembros de una nueva familia de ultraderecha en la que, pese a las diferencias de discurso y de estilo (con casos más o menos radicales/ extremistas), el énfasis en el mensaje común anti-inmigración los diferencia hoy, esencialmente, de otros grupos políticos.

Artículo elaborado en colaboración con CC.OO., en el marco del proyecto de formación de dirigentes sindicales de la Escuela de Trabajo

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