La virtualización forzosa de las universidades post-pandemia

El centro de pensamiento y reflexión por antonomasia se ha trasladado a un ordenador con mascarilla de forma forzosa e intempestiva. El estallido de la pandemia el pasado mes de marzo obligó a hacer malabares en el anterior curso académico mediante una virtualización intempestiva, pero el actual se ha inaugurado junto a condiciones premeditadamente preparadas para un año que se augura digital, con muchos confinamientos preventivos y, en los peores casos, con rebrotes. Ante este escenario, la Universidad se encuentra en una cuerda floja que, si bien abre la puerta a algunos cambios que ya habían arrancado antes de la pandemia, como la digitalización, corre también el riesgo de perder toda la esencia de la enseñanza superior característica de la docta casa.

Aunque la Universidad pública es un tesoro (no demasiado reconocido) para nuestras sociedades contemporáneas, el sistema vigente acarreaba ya antes de la crisis sanitaria algunas ineficiencias internas. Los problemas de la comunidad estudiantil van desde el acceso a la falta de una igualdad real de oportunidades (por condiciones socioeconómicas y territoriales), pasando por unas tasas universitarias no progresivas (que suponen muy poco para algunos y demasiado para otros) y la dificultad de compaginar la realización de unos estudios con un trabajo o una familia. Por otra parte, la falta de inversión en Investigación, Desarrollo e Innovación (I+D+i), la precaria situación del profesorado asociado, las pocas plazas abiertas o las trabas administrativas hacen que nuestra Universidad padezca una serie de impedimentos para posicionarse entre las más potentes de Europa.

En este contexto, ya de por sí complicado, ha aparecido en cuestión de pocas semanas el coronavirus, un evento sin precedentes en nuestras sociedades contemporáneas que paraliza el mundo, recluye a la ciudadanía en sus casas y semi-paraliza el entramado productivo y empresarial. En un mundo de globalización e interacciones constantes, todo se para de repente. Pero, ¿y las universidades? ¿Qué hay de aquellos que se preparan para este mundo, que lo piensan, lo analizan y cuestionan, lo critican y lo intentan mejorar a partir de nuevas propuestas y modelos?

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Durante la pandemia, muchas universidades han movilizado fondos de apoyo para sus estudiantes, así como nuevos recursos para aquellas personas que no los tenían para seguir con el curso académico. Si bien fueron insuficientes para solucionar totalmente el problema, y tras varias semanas de confinamiento, estas ayudas permitieron a una parte importante de la comunidad seguir estudiando. Sin embargo, en la mayoría de los centros estas condiciones no se han extendido al profesorado u otros servicios de la Universidad. Además, el cambio in situ de la metodología docente y las dificultades para generar dinámicas de grupo han sido problemas añadidos a la dificultad gestionar el momento. El final del pasado año académico no fue menos caótico: exámenes virtuales, trabajos en línea sin acceso a las bibliotecas, las presentaciones de trabajos finales por internet…

Sin embargo, una vez finalizado el curso, se han abierto los procesos para preparar un nuevo año académico de lo más singular. Las restricciones de la pandemia han obligado a un nuevo modelo y metodologías docentes que permitan adaptarse a las nuevas condiciones de grupos limitados, distancia de seguridad y contacto entre diferentes cursos en casos de eventuales detecciones de casos positivos de Covid-19.

Se ha decidido, por tanto, pasar gran parte de la actividad docente al espacio digital, mediante los campus virtuales u otras herramientas como las clases por streaming. Estas medidas, sin embargo, han sido poco claras en algunos de los centros, y no sólo han repercutido en una mayor carga de trabajo para el profesorado, sino también para el personal de las universidades, que han virtualizado gran parte de los procesos de matrícula, bienvenida a nuevos alumnos y atención al estudiante (con las mismas condiciones que antes); y, por supuesto, para la comunidad universitaria, que ha visto reducida la calidad de muchas actividades docentes.

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Hay quienes afirman, como Joan Ramis, estudiante de Psicología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), que “por un lado, es positivo que la pandemia haya catalizado la digitalización de recursos académicos y la mejora del funcionamiento de los campus virtuales. Por otro lado, es importante recordar que la docencia virtual no debe sustituir la presencialidad, sino complementarla, ya que las relaciones interpersonales que se dan en el contexto académico son una de las partes fundamentales de la educación”. Otros estudiantes, como Serena Gabriela Iordache, estudiante de Periodismo y Ciencias Políticas en la Universidad Pompeu Fabra, considera que “la nueva modalidad híbrida es una muy buena herramienta para aquellas personas autodidactas, pero puede ser un dolor de cabeza para las que se dejan todo el temario para el último minuto”; y añade: “Nos obliga a permanecer demasiadas horas delante de las pantallas”. En el caso de Alba González, estudiante de Historia en la UAB, la nueva normalidad le obliga a asistir solamente a clase dos días a la semana, dejando muchas horas libres, pero imposibilita encontrar un trabajo con tanta flexibilidad horaria.

De este modo, estudiantes como Daniel Osorio, del Máster en Análisis Político y Asesoría Institucional de la Universidad de Barcelona, concluye que “se ha hecho patente la necesidad de dotar de más recursos a las universidades para no perder la calidad de la enseñanza superior pública. Se corre el riesgo de que muchos sectores de nuestra sociedad no gocen de la igualdad de oportunidades que la Universidad pública es capaz de ofrecer”. Eva Fernández, estudiante de Derecho en la Universitat Rovira i Virgili, valora la función de muchos profesores que, “aunque la organización ha sido confusa y cambiante hasta prácticamente el primer día, han preparado un buen sistema de enseñanza en línea”.

Pese a las previsiones pesimistas, hay algunas oportunidades que, utilizadas correctamente, pueden contribuir a resolver algunos de los retos endémicos del sistema universitario. El formato mixto de aprendizaje presencial y virtual puede abrir una posibilidad de una mejor conciliación con el trabajo o la capacidad de acercar la Academia a colectivos que, de entrada, se encontraban lejos de las aspiraciones universitarias, gracias a los nuevos programas de becas, mucho más acorde con las nuevas necesidades de la comunidad universitaria y de nuestras sociedades contemporáneas.

Tendremos que estar atentos a cómo se desarrolla este nuevo formato, así como su viabilidad en este estado de rebrotes, confinamientos y restricciones. La Universidad, más allá de ser preservada y protegida en tiempos de crisis, deberá luchar para adaptarse, sin perder su esencia, a los nuevos tiempos.

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