Las ciudades ante la emergencia energética y climática

Estamos inmersos en un nuevo ciclo histórico –el Antropoceno– en el que el crecimiento ilimitado de la esfera material de la economía está desbordando dramáticamente los sistemas que sostienen la vida actual en el planeta. Ha tenido que pasar medio siglo para que las advertencias del informe ‘Los límites del crecimiento’ (Club de Roma y el Instituto Tecnológico de Massachusetts. 1972), sobre el deslizamiento hacia escenarios de colapso eco-social en el planeta, hayan sido finalmente reconocidas como referencias clave para identificar los principales retos de la humanidad para el futuro.  

El proceso de desestabilización eco-social es integral y está en marcha –el cambio climático y la crisis de la biodiversidad sólo son algunas de sus manifestaciones–, y nos obliga a reconocer que la vida, tal y como la conocemos, está en juego, que las decisiones adoptadas hasta el momento son insuficientes y que tratar de eludir sus escenarios más dramáticos requiere adoptar medidas de emergencia y excepción. Así lo apunta el llamamiento, en noviembre de 2017, de 18.000 científicos (‘Pronto será demasiado tarde’) y ésas son las conclusiones del último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (2018) al reclamar una «transición rápida y sin precedentes» que re-formule los paradigmas que sustentan nuestra civilización.

La centralidad del binomio energía/clima. La construcción del mundo moderno y el acceso a sus altísimas cotas de desarrollo material sólo han sido posibles por la disponibilidad ilimitada de combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón), de alto rendimiento energético y bajo coste, en un entorno ambiental inicialmente capaz de procesar las ingentes cantidades de emisiones de gases contaminantes generadas en su procesamiento.

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Pero esas condiciones han cambiado radicalmente: se van alcanzando los picos de máxima extracción de los combustibles fósiles, sus tasas de rendimiento energético se están desplomando y las correspondientes emisiones de gases de efecto invernadero alimentan un calentamiento climático que amenaza nuestra existencia. Y, por otra parte, a pesar de las innovaciones tecnológicas, la transición hacia sistemas renovables/limpios (solar, eólica, geotérmica, etcétera) no va a ser suficiente. Y ello por su reducido rendimiento energético, que hace imposible que tales sistemas alimenten en el tiempo disponible los niveles demandados por el consumo energético.

Todo apunta a que el futuro será muy distinto y que, en todo caso, la huella energética y climática de nuestra sociedad tendrá que reducirse. De nuestra capacidad para culminar transformaciones eco-sociales profundas antes de mediados de siglo va a depender que las transiciones hacia el nuevo ciclo histórico se puedan abordar de forma civilizada. Y esa opción pasa por alumbrar sociedades más sencillas, con menores necesidades de energía, más eficientes y basadas en sistemas renovables, bien integradas en redes de ciudades/territorios con capacidad de optimizar los servicios ambientales, alimentarios y de sus economías circulares y de proximidad.

El desafío de la sostenibilidad se decidirá finalmente en las ciudades. Mientras no comprendamos por qué las ciudades y las ciudadanías son tan importantes ante los retos eco-sociales, tenemos pocas posibilidades de afrontar seriamente el cambio de época en el que estamos inmersos.

En primer lugar, hay que recordar que las ciudades, más allá de su extraordinario valor cultural y social, constituyen los asentamientos centrales de la humanidad, concentrando ya más de la mitad de la población y en torno al 80% del PIB mundial, operando como espacios centrales para la acumulación y el consumo ilimitados, factores sustanciales del desbordamiento ecológico global.

Además, se configuran como los principales centros del metabolismo humano; un metabolismo de ciclo abierto que consume el 70% de la energía y emite el 80% de los gases de efecto invernadero y de los residuos, exportando sus huellas ecológicas hacia el resto del planeta.

También, hay que reconocer la extraordinaria vulnerabilidad de las ciudades ante las crisis globales. La historia demuestra cómo ante las disrupciones, las ciudades pueden sufrir grandes crisis por su dificultad para mantener sistemas metabólicos complejos y dependientes de suministros (energía, alimentos, agua y otras materias básicas) críticos y, en muchas ocasiones, distantes.

Finalmente, como tema central en la actualidad, hay que considerar cómo en tiempos de crisis, las ciudades y las ciudadanías siempre han ejercido una influencia determinante en campos clave como la gobernanza, la cultura, la innovación, la reivindicación, la protesta, la reformulación de paradigmas y, en definitiva, en el cambio de los ciclos históricos.

La emergencia de nuevos movimientos sociales

Más allá de la importancia de iniciativas estructuradas en redes como Comunidades en Transición, el Pacto de los alcaldes, Energy Cities o C 40, y de la significativa desobediencia civil de territorios y ciudades norteamericanas ante el rechazo de Trump hacia los acuerdos de la Cumbre de París, hay que prestar atención a los nuevos movimientos sociales que empiezan a proliferar en diversas partes del mundo.

La revuelta de los ‘chalecos amarillos’ en París ante la subida del precio del gasoil en Francia (noviembre 2018). Movilización sostenida en el tiempo como protesta contra la subida indiscriminada del gasoil y sus efectos sobre amplios sectores de la población cautivos del automóvil por razones laborales y la falta de buenos servicios de proximidad. La movilización, aunque no parece disponer de un programa reivindicativo organizado, goza de la simpatía de la mayoría de los franceses y muestra la dificultad de avanzar en la lucha contra el cambio climático sin amplia información, participación y pacto social.

El ‘Día de la Rebelión’ contra el cambio climático y la ocupación de cinco puentes sobre el Támesis en Londres (noviembre 2018). La convocatoria corresponde al nuevo movimiento Rebelión contra la Extinción, que afirma que «nos enfrentamos a una emergencia global sin precedentes … donde el colapso social es inevitable, la catástrofe probable y la extinción humana posible».

L´Affaire du Siecle (El Tema del Siglo), la petición más apoyada de la historia de Francia (diciembre 2018). Cuatro ONGs han iniciado un procedimiento participativo de demanda judicial al Estado francés por considerar que su acción es insuficiente para proteger las vidas, los territorios y los derechos de los ciudadanos. La recogida de firmas superó el millón en los dos primeros días y se espera que supere ampliamente los dos millones en las próximas semanas.

 

La preservación de la vida, en el centro. Suele apuntarse que los principales retos de nuestros tiempos y ciudades se centran en la defensa/profundización democrática, la justicia social inclusiva y la seguridad existencial; pero más allá de que los tres desafíos están estrechamente interrelacionados, lo cierto es que con relación al último las resistencias a afrontar medidas de emergencia son extraordinarias y las decisiones adoptadas resultan claramente insuficientes.

Conscientes de que la adopción de medidas de emergencia (guerra contra la desestabilización global) requeriría fortalecer la acción pública y la adopción de medidas excepcionales en sectores estratégicos como el energético, el financiero, el transporte o las ciudades, los nuevos movimientos ciudadanos reclaman abrir el gran debate del siglo. Un debate en torno a la preservación de la vida que requeriría información clara, discusión a fondo sobre la superación de los paradigmas actuales y el alumbramiento de nuevos relatos generales y sobre las transiciones urbanas.

A partir de ahí, se podrían impulsar seriamente auténticas transformaciones territoriales y urbanas acordes los retos del Antropoceno y podrían ponerse en pie transiciones con proyectos compartidos de ciudad y ambiciosas hojas de ruta que, a través del trinomio ahorro, eficiencia y energías renovables, permitieran alcanzar balances de carbono 0 antes de mediados de siglo.  

Lógicamente, tales proyectos exigirían incidir sobre los modelos de ciudad y su inserción en bio-territorios, así como inter-relacionar las estrategias de mitigación y adaptación climática, las de oferta y demanda y sus correspondientes proyecciones en sectores clave como la energía, la edificación, la movilidad o los servicios y, en general, sobre las formas de vivir la ciudad, Ni que decir tiene que programas de este tipo alimentarían un ciclo de inversión y creación de empleo vinculado a la adaptación de las ciudades al cambio global.

¿Están las ciudades españolas preparadas? Recientes análisis sobre el tema, como Ciudades en movimiento, apuntan a una respuesta negativa. A pesar del indudable interés de algunas iniciativas, lo cierto es que la realidad demanda respuestas más ambiciosas que estén a la altura de los problemas que afrontamos.

De hecho, las políticas locales, encerradas en sus campos competenciales, tienden a interpretar las cuestiones energéticas y climáticas como problemas poco más que sectoriales; los establishments no tiene interés en abrir un debate serio sobre el fondo de un problema que pone en cuestión las lógicas socio-económicas imperantes; y la ciudadanía, desinformada y sin comprender que lo que está en juego es su propia subsistencia (y la de otros seres vivos), aún no siente la necesidad de alumbrar futuros alternativos.

Sin duda, lo que hagamos en nuestras ciudades (y en el país) en estos años será fundamental. Son tiempos de emergencia y excepción en los que habríamos de ser capaces de afrontar el apasionante desafío de imaginar juntos, ciudades y ciudadanías, cuál pueda ser el mejor futuro posible ante los retos formidables de un tiempo nuevo.

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