Las ‘condiciones de posibilidad’ de la violencia de extrema derecha

Occidente se encamina hacia un cambio en su imaginario. La imagen del terrorista yihadista, fuertemente implantada en nuestra concepción de la violencia política desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, va a tener que ser desplazada, o al menos complementada, por una nueva iconografía mediática y política. Y esto es así porque prácticamente cada pocos meses vemos a atacantes que ya no vienen de familias de origen musulmán, sino que forman parte de una red muy dispersa de ultraderechistas nativos que, en su mayoría, se radicalizan (esto lo comparten en cierta medida con los jóvenes yihadistas) vía Internet y tienen poco de extranjero en su apariencia.

Esta vez el terrorismo de extrema derecha ha golpeado Alemania. No es la primera vez en los últimos meses: en octubre, un joven ultra asesinó a dos personas e hirió a otras dos tras intentar infructuosamente asaltar una sinagoga en Halle, Sajonia, y en junio Walter Lübcke, político democristiano favorable a la inmigración, fue asesinado a tiros cerca de su casa por un neonazi.

Por suerte, la Policía alemana ha conseguido en varias ocasiones atajar este tipo de ataques antes de que se produjeran, especialmente cuando estaban gestándolos grupos organizados en lugar de lobos solitarios, más difíciles de detectar con antelación. Uno de los casos más famosos se dio poco después del asesinato de Lübcke, cuando los servicios de Inteligencia alemanes desbarataron los planes del grupo neofascista Nordkreuz (Cruz del Norte), que se estaba dedicando a apilar armas y bolsas para cadáveres y contaba con una lista negra con nada menos que 25.000 nombres, creada a partir del acceso a bases de datos policiales.

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El marco político nacional en el que empiezan a proliferar este tipo de planes y ataques tiene su origen en las movilizaciones de 2014 en torno a movimientos como Pegida (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente, por sus siglas en alemán), que vieron en la polémica política migratoria de Angela Merkel y la crisis de los refugiados una oportunidad para salir de la marginalidad mediática. Como sabemos, 2014 fue también el año en el que empezó a escalar posiciones AfD (Alternativa para Alemania), el partido de extrema derecha que ha tenido particular éxito en las regiones orientales del país y que, en 2017, se convirtió en la tercera fuerza política. Parece darse, pues, una correlación entre auge de la extrema derecha (sea mediante un partido o un movimiento) y la proliferación de ataques xenófobos, algunos de ellos de tipo terrorista.

Pero esto no tiene por qué ser así, tal y como traté de mostrar aquí sobre el terrorismo de extrema derecha en Estados Unidos, país en el cual la Presidencia de Trump (pese a lo que pudiera sospecharse) no ha correlacionado con un aumento en el número de ataques. De hecho, Alemania ha sufrido ataques terroristas de extrema derecha desde los 80 hasta principios de los 2000, cuando este tipo de fuerzas políticas estaba totalmente marginado, mientras que los avances de dichos partidos en Francia, Holanda y Austria durante el mismo período no se vieron acompañados por un especial aumento de la violencia. 

Esto es así porque, como ocurre a menudo con los fenómenos políticos, más que de causación debiéramos hablar de ‘condiciones de posibilidad’, y de cómo ciertos discursos pueden no producir directamente, pero sí crear ventanas de oportunidad, para que se produzcan determinados actos. Y en una época globalizada (en la que circulan permanentemente no sólo mercancías y personas, sino también ideas), sería disparatado fijarnos exclusivamente en los discursos a nivel nacional y perder de vista la perspectiva global.

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Dicho de otra manera: debemos partir de la base de que lo que escriba un joven extremista desde su casa de Kentucky puede afectar a otro joven de Dresde de manera independiente e instantánea, sin necesidad de que a este último le haya influido ninguna fuerza política autóctona. De hecho, ni siquiera es imprescindible la comunicación directa, pues pueden ser los propios ataques terroristas (que luego suelen mencionarse en los manifiestos que dejan sus responsables) los que actúen como actos comunicativos, en tanto no dejan de ser un ejemplo de propaganda por el hecho inflada por la cobertura mediática. Nada, en realidad, que no sepamos ya, pues estas dinámicas se dan también entre los yihadistas europeos. 

Estamos, pues, ante una nueva ola de terrorismo de extrema derecha. Pero sólo quien tenga la memoria muy corta puede pensar que ésta es la primera vez que una forma de terrorismo ligada a una ideología extremista se expande por nuestro continente. La extrema izquierda tuvo no pocas vertientes terroristas entre los 60 y los 80, y el neofascismo hizo lo propio durante un periodo similar, especialmente en Italia (con el llamado terrorismo nero, en oposición al rosso) y en Francia (al calor de la guerra de Argelia); por cierto, muchas veces con cobertura española. La diferencia es que lo que tenemos hoy, más que planes más o menos profesionales para desestabilizar al Estado o preparar un golpe, son ataques individuales perpetrados por jóvenes radicalizados por medio de Internet, en foros y organizaciones descentralizadas en las que se mezclan angustias demográficas y raciales con deseos viriles de heroísmo y trascendencia. 

¿Qué hacer ante esta perspectiva? Es difícil ser optimista en un contexto en el que los discursos xenófobos parecen ir en aumento, y en el que Internet abre una vía fácil tanto para la radicalización como para la organización de ataques. Con todo, sí se pueden esbozar algunos puntos de partida a nivel político. En primer lugar, entender que el terrorismo de extrema derecha es una realidad en Occidente desde hace ya unos cuantos años, lo cual requiere, como señalábamos al principio, un giro en nuestro imaginario que evite que nos centremos en unas formas de violencia en detrimento de otras (o que presentemos unas de forma patológica e individual y otras como acto colectivo).

En segundo lugar, partir de la base de que estamos ante un fenómeno que se ejecuta a nivel nacional pero a menudo se ‘gesta’ a nivel internacional (aunque de forma vaga y descentralizada, como se ha señalado), al igual que fue el caso de otras formas de terrorismo que ha padecido Europa.

Y, finalmente, y aunque haya que tomar con mucha cautela la relación entre partidos de extrema derecha y aumento del terrorismo, entender (y señalar públicamente) que ciertos discursos pueden allanar el terreno a la violencia que recientemente ha golpeado a Alemania, y que es previsible que se manifieste de nuevo en el futuro próximo en nuestro continente. 

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