Las cuentas de Macron

Los giros de guión de Baron Noir son indudablemente más ingeniosos que la realidad. Paso a paso, Emmanuel Macron va ejecutando ineluctablemente, a su pesar, el plan previsto desde hace meses, como si las parcas le hubieran entregado el libro de su legislatura a principio de su mandato. Ante la previsible debacle que ya había anticipado la primera vuelta, Macron responde con una igualmente previsible remodelación de su gobierno, comenzando por su primer ministro, Edouard Philippe. 

La caída de Philippe es poco noticiable. Las elecciones municipales no suelen irle muy bien al partido del Presidente, y son pocos los primeros ministros que han sobrevivido a ellas en el pasado. Nicolas Sarkozy fue el único Presidente de la V República que decidió finalizar su mandato con el mismo primer ministro con que lo inició, a pesar del distanciamiento, cuando no antipatía, que se daba entre ambos. Quería evitar que le sucediera en el cargo… y al final lo consiguió. Y ello, en parte, gracias a que las elecciones municipales de 2008 se celebraron lo suficientemente pronto como para beneficiarse del período de gracia del Presidente, y evitar de paso el embate de la Gran Recesión que llegaría poco después.

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Por eso, el nuevo gobierno de Jean Castex no debe leerse como un movimiento a contrapié de Macron en una coyuntura adversa, sino que responde a una lectura más de fondo: marca el fin del período duro de su presidencia, amortizando el desgaste tras ala implantación de reformas impopulares, y establece los criterios y prioridades con que Macron definirá los menos de dos años de mandato que le restan.

En primer lugar, parece que la agenda de reformas estructurales del Presidente ha dado casi todo lo que podía dar de sí. Eso no significa que Macron renuncie a seguir implementando su agenda de cambio, pero la incertidumbre del contexto económico y sanitario para el próximo año, que ya entrará en ambiente pre-electoral, no parece el mejor escenario para seguir apelando a la paciencia de empresarios, sindicatos y ciudadanos en la implementación de reformas de largo calado.

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Por el contrario, será un escenario propicio para que Macron reajuste su discurso sobre las reformas, vinculándolo a la agenda medioambiental y la escena europea, como ya ha ensayado en algunas entrevistas de los últimos meses. Incapaz de resignarse al destino, Macron apostará por convertirse en el campeón de la política medioambiental de la UE, a pesar de que un 60% de los franceses no se crean mucho su compromiso ecológico, como recogía una encuesta reciente. Algo de culpa tiene que su ministro Nicolas Hulot, figura carismática del ecologismo en Francia, le dimitiera un año después, cansado de la falta de avances en la materia. Alguien diría que los resultados de estas municipales en las grandes ciudades bien podrían parecer una venganza fría de Hulot. En todo caso, la credibilidad de Macron en el tema se le darán los socios europeos que acepten sumarse al trayecto. Ese será un buen punto de enlace si Pedro Sánchez quiere buscar argumentos y alianzas para afrontar las exigencias que la política económica y las ayudas europeas van a imponerle el próximo año.

En segundo lugar, la presidencia de Macron experimentará una derechización más evidente de lo que han sugerido sus políticas y sus apoyos en esta primera parte del mandato. Entendiendo por ‘derechización’ un discurso más tecnocrático y con mayor contención de gasto. Para ello, elige a un primer ministro de centro-derecha, que representa un retorno al patrón clásico de las élites político-administrativas francesas curtidas en la acumulación de responsabilidades en la gestión del Estado, antes que en la política primordialmente partidista y electoral. En ese sentido, Jean Castex se aparta significativamente del perfil de la mayoría de primeros ministros seleccionados durante este siglo. 

Si bien la elección de Castex demuestra que Macron no da por agotada su presidencia, sino que va a seguir haciendo más énfasis en la implementación de su agenda de políticas que en la reivindicación ideológica del balance obtenido, también sugiere una lectura política pragmática sobre la recomposición política que el presidente prevé para el próximo año. Su proximidad a Sarkozy no es nada casual ya que le permitirá a Macron mantener las buenas relaciones con el expresidente, en caso de que este plantee abiertamente su regreso en los próximos meses para intentar un nuevo salto a la presidencia de la República en 2022. Es cierto que en las anteriores elecciones ni siquiera pudo competir tras ser derrotado en las primarias de su partido. Y que desde entonces ha tenido experiencias judiciales bastante serias. Pero hoy existen pocos aspirantes disponibles en la derecha francesa que puedan igualarse en popularidad y recorrido a Sarkozy. El éxito de su honesto pero estratégico libro de memorias el año pasado demostró que sigue siendo un político que no deja impasible a próximos y adversarios.

De la izquierda, Macron temerá menos la competencia de fuertes liderazgos, que ahora no existen, que la contestación desarticulada (y por tanto difícilmente controlable) promovida por los movimientos de oposición que ahora le ven claramente débil. Ello también dependerá de cómo se restructure políticamente esa izquierda que ahora acaba de ganar en las principales ciudades, con algo de confusión: aunque los candidatos ecologistas son quienes más han subido, por primera vez en años el Partido Socialista demuestra capacidad de recuperar apoyo social y sobretodo disponer de una candidata capaz de aspirar a ganar la presidencia de la república, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Por supuesto, como Sarkozy, ha desmentido claramente cualquier interés en presentar candidatura.

En último lugar, la remodelación del nuevo gobierno va a dejar en evidencia uno de los grandes fracasos de Macron: la imposibilidad de construir un partido de gobierno que sostenga la mayoría presidencial y al mismo tiempo proporcione cargos y dirigentes en los distintos niveles institucionales del país. Éstas elecciones municipales demostraron que LREM no ha superado esa prueba. Hasta el punto de que para elegir primer ministro Macron ha tenido que volver a tirar del partido a su derecha. En este aspecto, los años de Macron se erigen como un manual de las grandezas (si es que hay) y miserias de la desintermediación política: una ejecución del poder altísimamente personalizada, capaz de construir canales de comunicación muy rápidos y eficaces con el amplio electorado, pero incapaz de organizar las lealtades necesarias durante el tiempo suficiente que requiere poner en marcha una agenda de gobierno a largo plazo

¿Hasta qué punto esto compromete las opciones de Emmanuel Macron si quiere volver a presentarse a la reelección? Aunque su círculo próximo no ha dejado de insistir en la necesidad de tener dos mandatos para completar la reforma del presidente, hay algunos indicios de que eso será más que difícil. Por un lado, la vertiginosa política francesa de la V República viene demostrando la enorme dificultad de extender la presidencia más allá de un mandato. Mitterrand fue más la excepción que la regla, antes de que Chirac resultara beneficiado por el accidente imprevisto de Lionel Jospin en 2002. Además, Macron bate récords de impopularidad y desafecto incluso entre su círculo de votantes. Todo ello sin tener en cuenta que la elección presidencial francesa suele dirimirse más bien sobre la promesa y la expectativa de un programa por estrenar que sobre el balance con claros y oscuros de la acción gubernamental realizada. Pero la falta de candidatos viables en su propio proyecto, quizá con la excepción del culto e inteligente Bruno le Maire, puede favorecerle, o más bien forzarle a asumir el reto de una elección más que imprevisible.

Las próximas elecciones regionales en la primavera de 2021 demostrarán si Macron recupera opciones con el nuevo gobierno de Castex, o bien si estas se entierran definitivamente.

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